PINTURA

“Los amantes”, de René Magritte (1928).

amantes de magritte

“Es preciso ignorar lo que pinto para asociarlo a un simbolismo pueril o sabio. Por otra parte, lo que yo pinto no implica una supremacía de lo invisible sobre lo visible. […] Me parece deseable evitar en lo posible la confusión en este sentido: se trata de objetos (cascabeles, cielos, árboles, etc.) y no de símbolos.” De esta manera comentaba su obra el propio Magritte en el catálogo de la exposición “Le sens propre”, organizada en París en 1964, y, efectivamente, la mayoría de sus cuadros ofrecen muy pocas interpretaciones posibles. Cuestión distinta es que la realidad que nos muestran consista en la que estamos acostumbrados a percibir como objetiva. Sus lienzos surrealistas suelen cautivar instantáneamente a todo el que toma un primer contacto con ellos, y este efecto probablemente se deba, entre otros motivos, a la sensación de empatía que generan al plasmar en imágenes sentimientos e ideas profundas que casi todos nos hemos planteado en alguna ocasión. Se ha dicho de él que era el pintor del misterio; sin embargo, en mi opinión, sería más exacto definirle como el revelador de lo oculto o, en ocasiones, de lo olvidado por sobreentendido.

Cuando, hace ya más de dos años, colgué este mismo cuadro en mi muro sin acompañarlo de texto alguno más allá del título y el autor, una mujer comentó muy acertadamente que sobraban las palabras. No puedo estar más de acuerdo con ella: no hay nada que decir que no haya dicho ya el artista; sin embargo, quizá porque a mí también me ha obsesionado siempre lo que puedan ocultar las personas que más me importan ―y una de mis pasiones favoritas consiste en elucubrar teorías al respecto―, me apetece verter sobre esta tela unas cuantas líneas por completo superfluas.

Los amantes de Magritte aparecen besándose en esta ocasión, aunque el pintor creó toda una serie de cuadros con el mismo título y con idénticos protagonistas vistos desde otras perspectivas o en diferentes actitudes. Lo único que permanece constante son los velos con los que se ocultan el uno al otro. No se trata de una pareja en concreto, sino del concepto mismo de pareja. En términos absolutos, es evidente que todo amante-amado es percibido en el fondo como un completo enigma para su amado-amante. Seguramente, si se pusiera de manifiesto toda la verdad que guardan dentro de sí cada uno de ellos, ambos descubrirían que lo ignorado hasta entonces constituía una porción mucho más pequeña que lo sabido; pero es precisamente esa incapacidad física de leer las mentes ajenas y la certeza de que esa cara oscura existe ―puesto que todo ser humano la posee― la que provoca la tendencia a imaginarla sobredimensionada y, en algunos casos, como un apasionante campo ilimitado de sorpresas que urge descubrir a mayor velocidad de lo que permite el trato cotidiano. Eso y el enamoramiento, por supuesto: las personas que no nos importan ni sienten ni padecen, nos tiene completamente sin cuidado su lado oculto.

No obstante, si bien el velo reviste esta vez un sentido de una claridad diáfana, no es menos cierto que su presencia en la obra de Magritte es constante durante una etapa de su vida, y no siempre de una manera tan justificada como en esta ocasión. Se cuenta que, con tan sólo catorce años, el joven René descubrió, junto a su pandilla de amigos, el cadáver de su madre flotando casi desnudo en el río a cuya orilla acudían a jugar habitualmente. Al parecer, la mujer se había lanzado al agua vestida con un camisón blanco y la fuerza de la corriente había ido replegándoselo sobre la cabeza, de modo que apareció con la tela pegada al rostro. Es cierto que ese suicidio ocurrió y que la madre de Magritte tan sólo llevaba esa prenda cuando fue hallada; pero el resto de los detalles sólo se conocen a través de testimonios indirectos: el propio pintor nunca ofreció públicamente su versión de lo sucedido, a pesar de que era asiduo a conceder entrevistas. Lienzos como “La astucia simétrica”, “La invención de la vida”, “Homenaje a Mack Sennet” o “La filosofía en el dormitorio” parecen cobrar un nuevo sentido trágico a la luz de esas revelaciones; sin embargo, Magritte nunca se mostró traumatizado al respecto en su vida personal ni tampoco se le conoce ningún tipo de especial fetichismo hacia las telas blancas. De hecho, al contrario que la mayoría de sus compañeros de movimiento, no sólo no evidencia ninguna curiosidad hacia el psicoanálisis, sino que lo denuesta abiertamente: “Nuestro amigo Freud…”, solía manifestar con sorna cada vez que alguien se empeñaba en buscarle tres esquinas a sus cuadros. La verdad es que, desde un punto de vista freudiano, esa aversión tan acérrima podría querer decir muchas cosas; pero si él no le daba importancia, tampoco lo vamos a hacer nosotros ahora, ¿no?

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