PINTURA

“Desnudo Rojo”, de Amedeo Modigliani (1917).

modigliani

Se cuenta que Modigliani terminaba sus cuadros en una sola sesión frenética y nunca se atrevía a retocarlos una vez que sus modelos habían abandonado el estudio. También se dice que declamaba versos o cantaba a voz en grito mientras movía pinceles y paletas como un loco. Si realmente hacía todo eso, imagino que lo que de verdad deseaba era acabar pronto, cobrar y largarse a disfrutar de lo que realmente parecía gustarle: el alcohol, las drogas, las mujeres y las buenas conversaciones ―en compañía de alcohol, drogas y mujeres, por supuesto―; si bien ciertos estudiosos sostienen que únicamente se entregaba al desenfreno con la intención de enmascarar u olvidar los síntomas de la tuberculosis que padecía y que le condenaban a cierto ostracismo social.

Existen testimonios de féminas que posaron para él y que refieren haberse sentido coritas más allá de la mera ausencia de ropa, incluso hay quien se atreve a afirmar que muchas de ellas se masturbaban mientras el artista les descerrajaba miradas fugaces que instantáneamente traducía en colores sobre la piel de su caballete. Me cuesta creer que algún tercero fuera llamado a presenciar aquellas sesiones, tanto como que las confesiones provengan de las propias retratadas, así que entiendo que se trata de una aseveración sin base testifical y motivada exclusivamente por las fantasías que generan sus peculiares desnudos. Sin embargo, hay una cosa cierta, y es que no se limitaba a reflejarlas sin resto de vestimenta, sino que sus figuras femeninas dan la impresión de estar transitando por alguna de las fases de la excitación sexual. Quizá por ello, aun pintándolas visualmente deformadas, cualquier mujer consagrada por Modigliani resulta sensual hasta la hiperoxia.

Si en la obra de otros pintores el erotismo se halla plenamente presente de una u otra manera, en Modigliani encontramos un tipo de voluptuosidad guiada por el deseo contenido que, hasta donde yo he tenido la oportunidad de contemplar, no observábamos en el mundo occidental desde los lienzos de Lucas Cranach el Viejo. Coetáneos suyos, como Pascin o Schiele ―quizá el más similar en espíritu―, cargaban sus representaciones más tórridas con un poso de amargura y sordidez que puede resultar admirable en sí mismo, pero que ya implica elementos ajenos al placer puro y duro. Las escenas casi pornográficas dibujadas por Toulouse-Lautrec llevan la firma de la tristeza o de la pasión frustrada. Courbet exacerba la corporalidad hasta hacerla prácticamente patente al olfato. Renoir, Manet, Casas o Fortuny apuestan por la desnudez íntima sin más implicaciones: sus modelos ignoran que están siendo observadas y se comportan con la naturalidad más cotidiana. Klimt, en cambio, opta por la idealización de mujeres mágicas e inalcanzables, auténticas ninfas acuáticas. Velázquez y Sorolla, aun participando en contadas ocasiones del mismo sentimiento que nuestro protagonista, lo hacen de forma aislada y cegados por el amor monógamo. Los prerrafaelistas, por su parte, demuestran una perspectiva descaradamente sadomasoquista desde el punto de vista más indemne, y los academicistas franceses se esfuerzan en la exaltación de unas formas femeninas tan perfectas que desprenden la frialdad del mármol helenístico. Modigliani, en cambio, era un perfecto voyeur, en el sentido más parafílico que pueda albergar el término, y por eso destaca los reclamos sexuales que la evolución se ha visto obligada a colocar sobre las hembras humanas. Señalando a Desmond Morris, éstos consistirían en los recuerdos de la grupa y la vulva del mono cuadrúpedo que se han ido desperdigando a lo largo y ancho de la anatomía femenil ―y también de la masculina, sólo que a Modigliani ésta última parecía tenerle sin cuidado―. Semejante afición por las mamas abultadas, las aréolas encarnadas, las bocas provistas de labios vueltos e inflamados, las caderas ensanchadas y el vello púbico y axilar le costó en 1917 la clausura administrativa de la única exposición con cierto éxito de toda su vida ―bastante corta, por cierto: poco más de treinta y cinco años―.

Quizá en “Desnudo rojo” sea donde con más claridad se reúnen las características del estilo de Modigliani, probablemente el más inconfundible de la historia. El color importa tanto como la forma, pues es aquél el que acaba definiendo a ésta. Tanto en la figura como en el fondo, emplea tonos vivos y sin estridencias internas que ayudan a determinar los límites de la carne humana y también la emoción que ésta contiene. ¿Acaso desprendería tanto erotismo este cuerpo si el artista hubiese optado por el malva o el gris para enmarcarlo? Apreciamos en el rostro el gusto por el primitivismo africano que también desarrollarían Picasso y Matisse ―y que, en mi opinión, tan sólo a Modigliani consagra Man Ray en su “Black and White”―. Vemos las líneas alargadas y aparentemente esquemáticas, y el cuello hipertrofiado que tan extraño resulta en un primer acercamiento a su obra. Y, por supuesto, también podemos sentirnos golpeados por los reclamos reproductivos de los que hablaba anteriormente, con la peculiaridad de que en este caso, como sucedía con Degas y su absenta, el artista nos agarra la cara y nos la dirige donde él desea: al rostro de la modelo. Es ahí donde se concentra la carga erótica del cuadro. Para ello, atenúa la sombra púbica, reduce la axilar a la categoría de testimonial y minimiza el botón mamario a la mínima expresión, mientras que destaca la boca de la chica y dota al conjunto de sus ojos y cejas del negro de la magnetita. Para compensar, la coloca en la clásica postura de exhibición frontal aprendida de “La Venus de Urbino” y reproducida en “La maja desnuda” y “Olimpia”, y abulta caderas y muslos como suerte de contrapeso; pero siempre teniendo en cuenta que los occidentales leemos de izquierda a derecha.

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