PINTURA

“Terraza de café por la noche”, de Vincent Van Gogh (1888).

van gogh

Gracias a la abundante correspondencia que mantuvo con su hermano Theo, su hermana Wil y con su amigo y rival Paul Gauguin, Van Gogh es uno de los artistas muertos mejor estudiados en la actualidad. A través de estas cartas no sólo sabemos que manejaba la prosa con una soltura casi comparable a la que demostraba con sus pinceles, sino también prácticamente todo acerca de sus procesos creativos y de sus verdaderas intenciones a la hora de acometer una obra. Así, tal y como le confesó a su hermana, este cuadro constituye su segundo intento de plasmar el verdadero color de la noche ―tras “Noche estrellada sobre el Ródano”, con el que no quedó del todo satisfecho―. Van Gogh había observado que los nocturnos clásicos abusaban del negro y de las tonalidades grises, y eso chocaba con la realidad que él percibía. Para Vincent la noche resplandecía repleta de colorido, y se mostraba convencido de poder reflejarlo sin necesidad de oscurecer de manera artificial las imágenes diurnas. En su opinión, el secreto residía en seguir a rajatabla la máxima impresionista ―incumplida una y otra vez por parte de la mayoría de los creadores adscritos a esa corriente― que imponía pintar los exteriores in situ: las luces del firmamento no merecían ser reproducidas de memoria. Resulta complicado verificarlo, pero se supone que fue el primero en intentar tal proeza. Semejante logro podría parecer una tontería a bote pronto, pero tengamos en cuenta la dificultad que supone proveerse de una luz que, a la vez que permita realizar el trabajo y mezclar los colores con fidelidad, no vele o difumine lo que se pretende captar. El cómo lo consiguió continúa dentro del terreno del misterio; aunque se han propuesto varias teorías, tan alambicadas como agotadoras para el artista, como que iluminaba convenientemente el caballete y después se dedicaba a pegarse carreras de ida y vuelta a la oscuridad. En cualquier caso, a la vista del resultado, parece que el método es lo de menos: “¡Ahí lo tienes! [Escribió entusiasmado a Wil en su séptima carta de este periodo] Un cuadro nocturno sin una mota de negro, sólo con maravillosos azul, violeta y verde”.

 

Contrariamente a lo que se suele pensar, la localización no corresponde a París, sino a Arlés, donde Vincent emigró en busca de la tranquilidad e inspiración que podrían proporcionarle los paisajes provenzales, y también con la esperanza de reencontrarse con Gauguin, con quien finalmente convivió unos pocos meses infernales en los que a punto estuvieron de matarse el uno al otro. Se trata del único exterior puramente urbano que Van Gogh pintó durante su estancia en esa pequeña ciudad; y ello es debido a que, consciente de su debilidad hacia el alcohol ―que, por lo que se desprende de los síntomas que él mismo describe en sus cartas, a sus treinta y dos años ya le había provocado un principio de cirrosis y una magnífica úlcera ―, procuraba acercarse lo menos posible a los lugares que olieran a vino o a absenta. Si en esta ocasión se permitió una excepción, fue por su deseo de reflejar con fidelidad el ambiente nocturno y porque sabía que el trabajo le mantendría alejado de la tentación hasta que cerraran los cafés. No obstante, esa veracidad obsesiva que perseguía en sus creaciones se limitaba exclusivamente a su pasión por el color, y no dudaba en trastocar las formas si con ello obtenía el efecto que deseara en cada momento. Dado que se sabe que el cuadro fue elaborado a principios de septiembre de 1888 ―quizá tal día como hoy―, se han identificado algunas de las estrellas figurantes como pertenecientes a la constelación de Acuario; sin embargo, Van Gogh modificó ligeramente la posición de los tres astros principales para alinearlos en una semidiagonal que apunta decidida hacia el foco de la composición: la terraza. Y se valió del mismo recurso con las canalizaciones, que en lugar de transcurrir por el centro de la calzada ―como era habitual― desaparecen bajo el tablado, convergiendo en el farol del café con la dirección trazada por los luceros y escondiendo a la atención del espectador distraído la carroza con aspecto de coche fúnebre que, recubierta de un extraño halo cian, avanza inexorable desde el fondo de la calle. Resulta obvio que la aparición de este siniestro vehículo no es casual, ya que ocupa el centro geométrico del lienzo y, a pesar de que el propio autor no realiza ni la más mínima mención a este elemento, casa perfectamente con su afición a completar sus instantáneas con frutos propios de su imaginación o de su estado de ánimo, que conceden a cada una de sus pinturas una suerte de alma individual. Teniendo en cuenta que sólo desnudaba su interior ante personas extremadamente queridas y a las que sabía muy preocupadas por su salud, no resulta extraño que un Vincent enfermo y torturado omitiera explicarles este elemento casi imperceptible; y más si consideramos que no le quedaban por delante ni dos años de vida: en términos existenciales, un periodo de tiempo tan breve como lo que tardaría esa carroza oscura en alcanzar el punto de vista del pintor.

One thought on ““Terraza de café por la noche”, de Vincent Van Gogh (1888).

  1. … hay una especie de magia, nos hubiese concedido el privilegio, de observar y sumergirnos en la noche, desde una terraza de café. Colores irrumpiendo, vívidos, contrastantes, partiendo del amarillo, destacando planos que van de la luz a la obscuridad, con un fondo recóndito, y la explosión de todos ellos, nos hablan de su inspiración, de una impresionante vida interior, alucinante, ajena al mundo exterior …

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