PINTURA

“El absenta”, de Edgar Degas (1876).

absenta

Cuando era igual de tonto que ahora, pero con mucha menos experiencia, me dio por despreciar a Degas como un pintor bastante cursi que sólo se fijaba en niñitas pijas en tutú. Tuve que viajar a París, aguantar bajo la lluvia una cola eterna en Orsay y dejar que este cuadro se plantara delante de mis narices para que me diera cuenta de lo equivocado que estaba. Pero mi error no venía provocado por el mal gusto ni por nada que se le pareciera, sino por la más absoluta ignorancia. Conducido por esa pereza innata que de vez en cuando me arrastra a la negligencia, me había creído lo que decían los libros del colegio sin comprobar las cosas por mi cuenta. En ellos sólo se hablaba compulsivamente de las jodidas bailarinas de Degas, sin hacer la más mínima mención a sus retratos ni a sus desnudos, ni mucho menos a las circunstancias personales del artista. No había más que decir de Degas. (Degas-bailarinas, niño, ¡y punto! Eso es todo: pasemos a Toulouse-Lautrec, que lo único que realizó en su vida fueron carteles para el Folies Bergere.) Y hoy, cuando gracias únicamente a la casualidad y a un cierto interés individual por mi parte, Degas se ha convertido en mi impresionista favorito ―junto con Renoir― y considero que sus maravillosas bailarinas desprenden el mismo colorido que un gigantesco castillo de fuegos artificiales, me da por preguntarme cómo narices puede alguien esperar que, con manuales como los que nos hacían comprar, un adolescente cualquiera se interese lo más mínimo por el arte. Espero que la cosa haya ido mejorando: lo ignoro; pero también lo dudo mucho.

Evidentemente, lo primero que me llamó la atención de “El absenta” (también conocido como “En un café”) fue la expresión de la mujer. Yo me encontraba en la misma sala que ella, distraído en la contemplación de un Van Gogh o del escote de alguna turista maciza, cuando toda una tribu germánica, atenta a la explicación en inglés de un guía con acento mejicano, se plantó delante del cuadro que nos ocupa. La verdad es que el empleado del museo era simpático y se expresaba a las mil maravillas, pero me recordó a mis libros de bachillerato: lo único que se le ocurrió decir mientras señalaba al personaje femenino es que éste se encontraba en evidente estado de embriaguez y, acto seguido, dirigió su dedo acusador a la copa, iniciando una serie de pequeños giros envolventes alrededor del líquido verde que aquélla contenía; y de ahí, como no podía ser de otra manera, dio comienzo a una auténtica conferencia en miniatura acerca del ajenjo, del tipo de gente que se lo tomaba, de lo malo que estaba, de lo fuerte y barato que era, de que había que mezclarlo con azucarillos, de sus propiedades alucinógenas y estomagantes, de su ulterior prohibición, de las licencias especiales que en la actualidad concede el gobierno francés para su producción testimonial… Y una vez que todos aquellos pazguatos se enteraron de mucho más de lo que necesitaban saber sobre una bebida que no iban a probar en su vida, le siguieron a otra sala y me dejaron a solas para que se me cayera la cara de vergüenza ante el de las niñitas pijas en tutú.

Supe al instante que nunca me había enfrentado con una plasmación tan acertada de la amargura, incluso llegué a dudar si el cáliz rebosaba absenta o, por el contrario, se trataba de pura bilis. ¿Que la señora estaba como una cuba? Por supuesto, pero para semejante revelación no necesitábamos a ningún guía, como espero que tampoco nos hiciera falta para darnos cuenta de que la buena mujer se había puesto de punta en blanco para buscar clientes o, sencillamente, para distraerse un rato. Todo eso, en el fondo, da igual; lo verdaderamente importante son los motivos que la han arrastrado a ese estado emocional y, dado que todos hemos adoptado un gesto similar en alguna o varias ocasiones a lo largo de nuestro devenir, es al espectador al que le corresponde adivinarlos basándose en su propias vivencias. No se trata de una furcia borracha, sino de una persona harta, agotada y profundamente decepcionada. Algo le ha ido mal esta noche y las cosas han acabado como casi siempre ―la actitud despreocupada de su acompañante no deja lugar a dudas acerca de la habitualidad de la escena―. Por eso, y gracias al magistral efecto dinámico que le conceden las pinceladas cortas, podemos pasarnos horas contemplando su rostro con la falsa certeza de que, de un momento a otro, dejará escapar una risilla amarga o romperá a llorar; incluso es posible que lleguemos a percibir la ilusión de que su expresión facial realmente evoluciona separada del lienzo.

En cuanto a la parte más técnica, encontramos una perspectiva cuidada al extremo y llena de líneas ilógicas que, paradójicamente, al igual que el éntasis de las columnas del Partenón y su colocación imperfecta, contribuyen a dotar a la escena de realismo y naturalidad. Del mismo modo, el encuadre rompe con las reglas clásicas de la pintura para abrazar las de la fotografía: la figura femenina en brazos del licor más destructivo que se conoce es lo que interesa al artista, mientras que el resto de la obra no contiene más que elementos de fondo que sólo figuran por encontrarse allí en el momento de tomar la instantánea. Así, apreciamos cómo el personaje masculino aparece despiadadamente cortado, y sólo se nos permite fijamos plenamente en él después de haber examinado un buen rato a la mujer. Lo cierto es que Degas era un buen fotógrafo ―lo que, con los medios disponibles en aquellos tiempos, suponía un mérito similar al de ser un buen navegante a vela―; pero casi siempre se limitó a emplear la cámara como una herramienta complementaria de los bocetos y apuntes que después trasladaba al lienzo. En cualquier caso, queda demostrado que este creador, como todos los grandes genios en sus respectivas disciplinas, disfrutaba de la capacidad de dirigir la mirada del público dónde y cómo deseaba.

Y, para terminar, una pequeña desilusión: lo único natural de este cuadro es la idea. La escena no fue pintada en el mismo café ―llamado “de la Nouvelle-Athénes”―, sino en el estudio del artista; y los personajes no son reales, sino modelos, profesional en el caso de ella ―la actriz Ellen André―, ocasional por lo que se refiere al varón ―el pintor-grabador con fama de bohemio Marcellin Desboutin―. La artificialidad llega a tal extremo que el propio Degas se vio obligado a desmentir públicamente el alcoholismo de los retratados, dado que la popularidad que acabó mereciendo la obra puso en peligro el prestigio profesional de éstos. En cualquier caso, existen muy pocas posibilidades de que alguien sea capaz de reproducir una expresión semejante si con anterioridad no la ha contemplado con sus propios ojos. Por cada Mme. André que nunca se vio en la necesidad de cegarse con absenta, probablemente hubo cien chicas anónimas que en algún momento no supieron volver a su casa.

2 thoughts on ““El absenta”, de Edgar Degas (1876).

  1. La verdad es que los ojos medio entornados y los labios al borde de la sonrisa si que indican que llevo alguna copita de más.
    Yo soy un tanto ignorante en cuestiones de arte, y a lo mejor digo una burrada, pero muchas veces me cuesta distinguir cuadros impresionistas, me resultan todos demasiado parecidos.
    Este me recuerda mucho al de Manet, “La camarera del Folies-Bergere” también mirada triste y rostro de no es la vida que quiero.
    Pero no podría afirmar o decantarme por algún artista concreto dentro de este estilo, Borissot, me gustan los cuadros que le he visto, y además es chica, que eso suma puntos jajaja.

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