CINE

“El extraño” (“The Stranger”), de Orson Welles (1946).

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Aunque casi todos sus largometrajes acabaron haciéndose rentables a largo o muy largo plazo, “El extraño” fue la única película dirigida y firmada por Orson Welles que obtuvo beneficios en su estreno. Tras los fracasos comerciales de “Ciudadano Kane” (1941), motivado por la agresiva campaña de desprestigio llevada a cabo por los medios de comunicación de W. R. Hearst ―en quien se basaba el personaje de C. F. Kane—, “El cuarto mandamiento” (1942) y “Estambul” (1943), en la que incluso se optó por hacer desaparecer su nombre como codirector, tan sólo el tremendo prestigio artístico que había ido atesorando desde sus primeros trabajos en el teatro y la radio justificó la oferta que le presentó Sam Spiegel para rodar “El extraño”. El productor estaba convencido de que Welles, además de coleccionar críticas entusiastas, era perfectamente capaz de hacer ganar dinero a su compañía. Después de haber estudiado las cuentas de sus anteriores realizaciones, Spiegel se percató de que el principal problema comercial del cine de Welles se hallaba en su desprecio por el dinero ajeno, por lo que le presentó un presupuesto limitado al que el cineasta debería ceñirse estrictamente. En realidad, se trató de una especie de desafío al que Orson se prestó gustoso: el de demostrar que también estaba capacitado para crear algo “normal”, sin acumular planos de perspectiva imposible, sin mensajes sobreentendidos y con una narración lineal fácil de comprender sin esfuerzo por parte de cualquier espectador. Y, si bien tampoco puede decirse que lo hiciera con nota, Welles superó la prueba del coste-beneficio sin renunciar a la calidad de su firma.

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Uno de los pocos lujos que se le permitieron al director fue el de contar con Edward G. Robinson para encarnar el papel de Wilson, personaje en apariencia justo y afable, al que el actor, con su característica elegancia plácida, consigue imprimir ciertas sombras tenebrosas que insinúan que le mueve tanto su sentido del deber como su odio y su afán de venganza ―si en lugar de nazis hubiese tenido que perseguir vampiros, probablemente lo habría hecho de la misma manera―. Aunque el físico de Edward G. Robinson le impedía ser catalogado como un galán en el imaginario colectivo, este abogado judío, de origen rumano y con vocación de rabino, se había convertido en una de las caras más populares del cine norteamericano gracias a sus interpretaciones de gánster despiadado, mediante las que acuñaría para la posteridad las líneas fundamentales del rol. En los años inmediatamente anteriores a su participación en “El extraño”, la carrera de Robison había dado un importante giro, permitiéndole escapar de sus papeles de hampón para recrear interpretaciones mucho más humanizadas en grandes clásicos como “Perdición”, de Billy Wilder (1944), o “La mujer del cuadro” (1944) y “Perversidad” (1945), ambas de Fritz Lang. 

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Aun disponiendo de Robinson, Orson Welles se reservó para sí la interpretación del papel más difícil, el de Charles Rankin/Franz Kindler, al que impregna con la grandeza propia de un antihéroe del teatro clásico. Una vez más, Welles, que entonces tan sólo contaba con treinta años de edad, tuvo que someterse a largas sesiones de maquillaje para introducirse en un personaje bastante mayor que él. A pesar de ello, es obvio que su planta imponente de caudillo bárbaro se ajustaba mucho mejor al perfil de un hombre que hace de la autoridad su razón de ser.

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Como contrapartida lógica, el resto del reparto queda eclipsado ante el impresionante duelo de estos dos gigantes; pero conviene destacar al secundario Billy House, que encarna al entrañable Mr. Potter, el tendero del pueblo, y a Loretta Young en su papel de Mary Longstreet, la esposa de Rankin, que si bien cumple con una interpretación digna, no consigue explotar todas las posibilidades que le ofrece un personaje sumido en un marasmo de emociones contradictorias.

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Aunque, debido a su argumento, “El extraño” no pueda ser considerada una película de cine negro en el sentido más estricto del término, no cabe duda de que Welles adoptó para ella todos sus principios estéticos, hasta el punto de convertir un tranquilo y próspero pueblo de Connecticut en un escenario ideal para el desarrollo de cualquier novela gótica. Para ello, introdujo un elemento trasplantado: el reloj barroco alemán que corona la torre de la iglesia comunal, que, sin llegar a caer en lo esotérico, acaba personalizándose en un papel de demiurgo capaz de impartir justicia divina. Los sucesivos planos contrapicados de la torre, provista en su campanario de una suerte de ojo que todo lo ve, marcan el tempo de la narración, comenzando por secuencias diurnas que gradualmente se irán oscureciendo hasta la noche cerrada de la escena final. Igualmente, las dos figuras móviles que adornan el mecanismo, y que representan al arcángel San Miguel persiguiendo eternamente a Luzbel y, a la vez, siendo perseguido por él, juegan como metáfora del desafío de gato y ratón que se establece entre los protagonistas. Ambas cazas, la sobrenatural y la mundana, transcurrirán de forma paralela durante el metraje, hasta que sus planos chocarán de forma trágica en la impresionante escena final. Igualmente, encontramos otra simbolización de la trama en las diversas partidas de damas que los antagonistas sostendrán contra Mr. Potter, cuya figura sosegada preside el escenario de aparente tranquilidad bajo el que se desarrolla la tragedia.

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En “El extraño”, Welles explota el tipo de terror de quien se enfrenta por sorpresa a la evidencia de que no sabe absolutamente nada acerca de la verdadera naturaleza de los seres con los que convive. Este proceso de angustia, que suele acabar conduciendo a consecuencias catastróficas, también fue tratado por Alfred Hitchcock en “La sombra de una duda” (1943) y “Encadenados” (1946), películas con las que “El extraño” guarda importantes similitudes. Por ello, la explotación del claroscuro como recurso estético encaja a la perfección a la hora de acompañar las complejas luces y sombras de los personajes, sobre todo del interpretado por el propio Orson Welles, que vive condenado a una especie de esquizofrenia artificial en la que él mismo se ha visto forzado a sumergirse para tratar de escapar a su destino. En este sentido, encontramos también varias referencias psicoanalíticas, siendo la más evidente la fe que demuestra Wilson en el poder del subconsciente de Mary para acabar revelándole la verdad acerca de su marido.

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De acuerdo con su vocación comercial, la película aprovecha magistralmente la conmoción que supuso en la población americana el descubrimiento de la verdadera naturaleza de los campos de exterminio nazis, que motivó que los alemanes pasaran de ser considerados unos enemigos temibles ―con cierta propensión a la farándula gloriosa, como principal defecto― a unos monstruos de crueldad inaudita, y ello a pesar de los esfuerzos de la propaganda de posguerra por discriminar a los acólitos de Hitler de la generalidad del honrado y noble pueblo alemán, que en realidad había sido víctima de una especie de posesión infernal de la que ya había sido convenientemente exorcizada ―como si Hitler no hubiese ganado el poder en las urnas―. La sensación colectiva entre los norteamericanos era que habían enviado a sus hijos a Europa convencidos de que iban a luchar contra soldados, cuando en realidad se habían estado enfrentando a auténticos demonios. En ocasiones se tiende a pensar que, por el mero hecho de no haber llegado a ver atacado su territorio continental, los Estados Unidos se limitaron a contemplar la Segunda Guerra Mundial desde una posición privilegiada; pero tengamos en cuenta que, por simple estadística, todos los ciudadanos estadounidenses tenían que haber conocido personalmente a alguien que había muerto o se había dejado un pedazo de su cuerpo en Europa. Aprovechando este sentimiento, se había ido creando un verdadero subgénero de cine antinazi, que trascendía la propia guerra para centrarse en la persecución de los diablos huidos; y no sólo por hacer justicia con ellos, sino para evitar un resurgimiento al estilo del Imperio de los cien días. Evidentemente, con Alemania y Hitler reducidos a cenizas, esa posibilidad no existía; pero el miedo no tiene por qué ser racional.

One thought on ““El extraño” (“The Stranger”), de Orson Welles (1946).

  1. Una buena elección, creo que son muchos los que estarían de acuerdo en que Orson Welles fue un genio, muy versatil.

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