LITERATURA

“La piel”, de Curzio Malaparte (1949).

Malaparte

Nadie se bate ya por la justicia, por la libertad, por el honor. Se bate por la piel, por la asquerosa piel.

“La piel” forma junto con “Kaputt” (1944) la bilogía inspirada en las vivencias de Malaparte durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente después de su conclusión. Sin embargo, aunque esté escrita en primera persona y el narrador se llame igual que el autor, no se trata de un libro de memorias, sino de una novela. El Malaparte que habla es realmente un personaje, como el Marcel de “En busca del tiempo perdido” (Marcel Proust, 1913-1927), y si bien podemos presumir que la práctica totalidad de las reflexiones con las que fortifica el relato responden a su verdadero pensamiento, debemos esforzarnos por no caer en el error de identificar la figura del autor con la del narrador: nos ahorraremos muchas decepciones y podremos disfrutar sin trabas del arte literario, y mucho más en el caso de escritores como Malaparte, cuya verdadera figura aún permanece plagada de misterios y de contradicciones aparentemente irresolubles.

Se sabe que nació en 1898 en Prato, en plena Toscana, de madre lombarda y padre alemán. Su nombre de pila ―de pila luterana, por cierto― fue Kurt Erich Suckert. A muy temprana edad eligió “Curzio Malaparte” no como un simple pseudónimo, sino como una verdadera nueva identidad. Con ello, pretendió italianizar su nombre en una época de nacionalismo desmedido en la que el simple hecho de poseer un apelativo extranjero podía llegar a suponer una seria desventaja. Es evidente que “Curzio” es una mera adaptación gráfica y fonética al italiano; pero, aunque corren multitud de anécdotas sin verificar, se ignora qué le llevó a elegir “Malaparte” como apellido. A lo largo de su vida facilitó varias explicaciones distintas, muchas de la cuales suenan a broma ―a Mussolini, por ejemplo, le respondió que si Bonaparte había acabado mal, él acabaría bien―. Su biografía está repleta de dudas instigadas por él mismo, bien movido por la voluntad de ocultar o justificar su verdadero pasado, bien por mera diversión ―al estilo de John Ford―. Aunque resulta difícil de creer que un chico de dieciséis años recién cumplidos pudiera soportar la vida de una de las unidades militares más espartanas de la historia moderna, casi todos sus biógrafos coinciden en afirmar que en 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial y antes de que Italia entrara en la contienda, se fugó de su casa para enrolarse en la Legión Extranjera francesa. Dada la propia naturaleza de la Legión, en cuyas oficinas de alistamiento tan sólo se pide un nombre y una nacionalidad ―que nadie va a molestarse en comprobar―, sus registros carecen de cualquier validez probatoria. Por otro lado, esta hipótesis justificaría plenamente su cambio de identidad, y no sólo porque constituya una tradición cambiar de nombre al convertirse en legionario, sino porque supongo que a nadie prudente se le iba a ocurrir reclutar a alguien que se llamara Kurt Erich Suckert para luchar contra los alemanes.

De algún modo, acabó la guerra como oficial del ejército italiano y sin heridas de sangre, pero seriamente afectado por su exposición al armamento químico y también horrorizado hasta la indolencia por lo que había presenciado. Este horror, sin embargo, no le impidió participar en la invasión de Etiopía y estar presente como diplomático militar y corresponsal en casi todos los frentes europeos de la Segunda Guerra Mundial, donde prácticamente se comportó como un neutral, llegando a enemistarse con el mando alemán al favorecer el refugio de familias enteras de judíos en las embajadas italiana y española de Bucarest. Con estos datos, se diría que Malaparte participaba de la idea futurista de que la guerra es una manifestación natural de higiene social, o más bien que comprendió que no es la guerra la que fabrica hombres mezquinos, sino los hombres mezquinos los que fabrican la guerra.

Malaparte por robert doisneau

Curzio Malaparte según Robert Doisneau.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, Malaparte se afilió al Partido Nacional Fascista cuando éste todavía pasaba por ser un movimiento de inspiración socialista. Participó en la marcha sobre Roma y, gracias a su astucia, a su increíble talento para el periodismo y a la protección de Galeazzo Ciano ―yerno de Mussolini―, muy pronto ascendió hasta convertirse en una especie de niño mimado del Duce. Uno de los misterios más difíciles de explicar sobre Malaparte es cómo logró escapar tantas veces de ser fusilado, porque pronto comenzó a criticar públicamente y con ferocidad las decisiones del dictador, lo que provocó que fuera expulsado del partido y del país, pero no del mundo de los vivos. Por algún extraño motivo, Mussolini le perdonaba y volvía a confiar en él una y otra vez. Nadie ha sabido explicar esta anomalía en el comportamiento de alguien tan poco dado a los sentimentalismos.

Malaparte ha pasado a la memoria popular como un escritor fascista; pero basta leer cualquiera de sus obras, incluida su “Técnica del golpe de Estado” (1931), para darse cuenta de que su ideología no comulgaba en absoluto con el fascismo: un fascista no escribe con ironía que un Estado totalitario es aquel Estado en el que todo aquello que no está prohibido es obligatorio, como podemos leer en este libro. Tampoco se le puede llamar propiamente un liberal, ni mucho menos un comunista, a pesar de que al final de su vida mostrara simpatías públicas por el PCI y por el régimen de Mao Zedong ―al que visitó personalmente―, como también las demostró por la Democracia Cristiana tras su polémica conversión al catolicismo, que siempre ha permanecido teñida por la sombra de la broma. Nadie puede catalogar la ideología de Malaparte sin recurrir a señalar que era “malapartista”. De lo que no cabe duda es de que era un verdadero cínico, pero practicante del cinismo que surge de la desesperanza. A pesar de los innumerables ensayos que se han escrito acerca de su figura, quizá haya sido Marcello Mastroiani el que más se haya acercado a su verdadera naturaleza al interpretar su personaje en, precisamente, “La piel” (Liliana Cavani, 1981) ―adaptación bastante desafortunada de la novela, a mi juicio, lo cual no quiere decir que la actuación del actor protagonista no nos coloque lo más cerca posible del auténtico Malaparte―.

¿Por qué tenían que ser gloriosas sólo las banderas inglesas, americanas, rusas, francesas y españolas? También las banderas italianas son gloriosas. Si no tuviesen gloria, ¿qué gusto hubiéramos encontrado en arrojarlas al fango? No hay pueblo en el mundo que no se haya permitido, siquiera una vez el gusto de arrojar sus banderas al pie del vencedor. Aun a las más gloriosas banderas les ocurre ser arrojadas una vez al fango. La gloria, eso que los hombres llaman gloria, pesa a menudo a causa del fango.

Para nosotros había sido un día magnífico aquel 8 de setiembre de 1943, cuando arrojamos nuestras armas y nuestras banderas, no sólo a los pies del vencedor, sino también a los pies del vencido. No solamente a los pies de los ingleses, americanos, franceses, rusos y polacos, sino también a los pies del rey, de Badoglio, de Mussolini, de Hitler. A los pies de todos, vencedores y vencidos. Incluso a los pies de los que no, tenían nada que ver con aquello, los que estaban allá, sentados, gozando del espectáculo. Incluso a los pies de los transeúntes y de cuantos tenían el capricho de asistir al insólito y divertido espectáculo de un Ejército que arrojaba sus armas y sus banderas a los pies del primer llegado. Y no porque nuestro ejército fuera mejor ni peor que tantos otros. En aquella gloriosa guerra no les había ocurrido sólo a los italianos, seamos justos, volver la espalda al enemigo, sino a todos, ingleses, americanos, alemanes, rusos, franceses, yugoslavos, a todos, vencedores y vencidos. No había un Ejército en el mundo que, durante aquella espléndida guerra, no se hubiese dado el gusto un día, de arrojar sus banderas al fango.

Si algo está claro en Malaparte, es que a lo largo de su vida demostró una habilidad sin igual para molestar a todo el mundo lo justo y necesario como para no recibir represalias serias. Tras la liberación de Nápoles, incomodó a los aliados tanto como había incomodado a los alemanes, pero fue nombrado por ellos oficial de enlace con el nuevo ejército italiano. “La piel” se inspira en las experiencias que acumuló durante esa etapa de su vida. Se trata de un libro denso que hay que saber leer con calma, a pesar de que su magnetismo apasionante dificulte esa pausa a la hora de pasar las páginas. La prosa de Malaparte desprende una belleza y fluidez difícil de igualar, sin que ello signifique la inclusión de adornos inútiles ni una sola concesión al lirismo vacuo.

La clave argumental de la novela se halla en la fuerte impresión que las tropas aliadas sufren al tomar el control sobre Nápoles en el otoño de 1943. Se trató del primer desembarco continental, y se puede decir que marcó el punto de inflexión inequívoco en el desarrollo del conflicto. El asedio había sido largo y sangriento, y sólo por ese motivo los aliados ya esperaban ser recibidos como héroes. Quizá olvidaron que hasta entonces habían sido sus bombas las que se habían encargado de ir destruyendo la ciudad poco menos que hasta sus cimientos ―después los obuses alemanes tomarían el relevo, lógicamente―. Los ejércitos occidentales encontraron una sociedad aparentemente salvaje o idiotizada, pero que combinaba ese primitivismo con un patrimonio histórico y artístico mareante. Mientras que los recién llegados se topan con una lógica vital completamente incomprensible, nada parece albergar secretos para los napolitanos, y eso hace que los libertadores se asusten de los liberados, de los que no saben si pueden esperarse un abrazo o una cuchillada, o bien ambas cosas a la vez o sin solución de continuidad. No aciertan a comprender si se han inmiscuido en una cultura que les aventaja en tres mil años de evolución o en tres milenios de degradación.

–Nápoles siempre ha sido así –dijo Jimmy.
–No, nunca ha sido así –dije–, estas cosas nunca se han visto en Nápoles. Si estas cosas no os gustasen, si estos espectáculos no os divirtiesen, estas cosas no ocurrirían en Nápoles. No se verían espectáculos semejantes en Nápoles –repetí.
–Nosotros no hemos hecho Nápoles –dijo Jimmy–. Ya la encontramos hecha.
–No la habéis hechos vosotros – dije–, pero Nápoles jamás ha sido así. Piensa cuántas vírgenes americanas, en Nueva York o en Chicago, abrirían las piernas por un dólar si América hubiese perdido la guerra. Si hubiesen perdido la guerra, habría una virgen americana sobre esa cama, en lugar de la pobre muchacha napolitana.
–No digas tonterías –dijo Jimmy–; aunque hubiésemos perdido la guerra, no se verían estas cosas en América.
–Si hubiesen perdido la guerra, cosas peores se verían en América –dije–. Para sentirse héroes, todos los vencedores necesitan ver estas cosas. Tienen necesidad de meterle el dedo a una pobre muchacha vencida.
–No digas idioteces –dijo Jimmy.
–Prefiero haber perdido la guerra y estar sentado en la cama como esa pobre muchacha, antes de ir a meter el dedo entre las piernas de una virgen para tener el placer y el orgullo de sentirme vencedor.
–También tú has ido a verla –dijo Jimmy–. ¿Por qué has ido?
–Porque soy un miserable, Jimmy, porque también yo tengo necesidad de ver estas cosas, para sentir que soy un vencido, que soy un desgraciado.

Ese pánico ante los lugareños provoca que los oficiales aliados lleguen a creerse como perfectamente factible cualquier monstruosidad que venga de ellos. Al más puro estilo lampedusiano, Malaparte aprovecha esta circunstancia para tomarles el pelo con grandes dosis de una morbosidad de lo más elegante, en la justa medida para demostrarles su superioridad sobre el terreno y, en consecuencia, la necesidad de tenerle como amigo, como si se tratara del único indígena capaz de hablar su lengua.

En aquel momento la puerta se abrió y en el umbral, precedidos del mayordomo, aparecieron cuatro criados de librea trayendo a la manera antigua, sobre una especie de angarillas recubiertas de un brocado rojo con el escudo de los duques de Toledo, un inmenso pez colocado sobre una enorme fuente de plata maciza. Un «¡oh!» de júbilo y admiración recorrió la mesa, y exclamando: «¡He aquí la sirena!», el general Cork se volvió hacia Mrs. Flat haciendo una inclinación.

El mayordomo, ayudado por los criados, colocó la fuente en medio de la mesa, delante del general Cork y de Mrs. Flat y se retiró unos pasos.

Todos miramos el pescado y palidecimos. Un débil grito de horror escapó dé los labios de Mrs. Flat y el general se puso lívido.

Una chiquilla, algo que parecía una chiquilla estaba tendida sobre la espalda en medio de la fuente, sobre un lecho de verdes hojas de lechuga, en el centro de una gran guirnalda roja de corales. Tenía los ojos abiertos, los labios entornados; y miraba con ojos de maravilla el Triunfo de Venus del techo pintado por Luca Giordano. Estaba desnuda, pero la piel oscura, brillante, del mismo color del vestido de Mrs. Flat, modelaba, como un vestido muy ceñido, sus formas todavía torpes, pero ya armoniosas, la dulce curva de los flancos, la leve prominencia del vientre, los pequeños senos virginales, los hombros anchos y llenos.

Podía tener no más de ocho o diez años, si bien a primera vista, tan precoz era, con formas ya femeninas, podía parecer quince. Aquí y allá, destrozada por la cocción especialmente sobre los hombros y los flancos, la piel dejaba ver, por los cortes y las resquebrajaduras, la carne tierna, argentina, en un punto, dorada en otro, hasta parecer vestida de violeta y amarillo, como la propia Mrs. Flat. Y, como Mrs. Flat, tenía el rostro (que el ardor del agua hirviendo había hecho saltar fuera de la piel como salta la de un fruto demasiado maduro) parecido a una reluciente máscara de porcelana antigua, y los labios salientes, y la frente alta y estrecha, los ojos redondos y verdes. Tenía los brazos cortos, una especie de aletas terminadas en punta, en forma de manos sin dedos. Un tufo de crines le brotaba de sobre la cabeza, que parecían cabellos y bajaban por los lados del pequeño rostro, como hechos de grumos, que parecía esbozar una mueca de sonrisa alrededor de la boca. Los flancos, largos y esbeltos, terminaban, como dice Ovidio, in piscem, en cola de pez. Yacía aquella chiquilla en la fuente de plata y parecía dormir. Pero, por un imperdonable olvido del cocinero, dormía como duermen los muertos, con los ojos abiertos, como aquellos a quienes nadie ha tenido la piadosa atención de bajar los párpados, con los ojos abiertos. Y miraba los tritones de Luca Giordano soplar en sus conchas marinas y los delfines enganchados en la cola de Venus, galopando sobre las olas, y Venus desnuda sentada en su áurea concha y el blanco y rosado cortejo de sus Ninfas y Neptuno, tridente en mano, correr sobre el mar arrastrado por la fuga de sus blancos cabellos, sedientos todavía de la sangre de Hipólito. Miraba aquel Triunfo de Venus pintado en el techo, aquel mar turquesa, aquellos peces argentinos, aquellos verdes monstruos marítimos, aquellas blancas nubes errantes en el fondo del horizonte y sonreía estática; aquél era su mar, aquella era su patria perdida, el país de sus sueños, el reino feliz de las sirenas.

Era la primera vez que veía una chiquilla cocida, una chiquilla hervida; y callaba, poseído de un terror sacro. Todos, en torno a la chiquilla, estaban pálidos de horror.

El general Cork levantó la vista hacia sus comensales y con voz temblorosa exclamó:

–¡Pero eso no es un pescado! ¡Es una chiquilla!

–No – dije -, es un pescado.

–¿Está seguro de que es un pescado, un verdadero pescado? – dijo el general Cork, pasándose la mano por la frente bañada en un sudor frío.

–Es un pescado -dije-, es la famosa sirena del Acuarium.

Evidentemente, los napolitanos, por mucha hambre que puedan haber llegado a pasar, no han acostumbrado nunca a cocinar niñas ―al menos no con la intención de comérselas―. Lo que se sirvió en esa cena fue en realidad un manatí hembra, animal dotado de dos mamas abultadas que recuerdan a las de las mujeres por su forma y ubicación. En un contexto normal, la aparición de semejante plato en la mesa probablemente hubiese movido a la risa; pero en esta ocasión desata el horror entre los comensales. En el caso de los norteamericanos porque su sugestión y su ignorancia les hizo no sólo creer, sino incluso presumir, que los italianos eran perfectamente capaces de hacer pasar carne humana por pescado; y por lo que respecta a Malaparte, quizá tras una breve impresión, por ver a uno de los símbolos más queridos de Nápoles convertido en un gallo de ración para contentar el capricho de los ocupantes.

–Este kuskus, en realidad, era excelente -dijo el general Guillaume.

–¡Ah, si hubiese cerrado los ojos mientras comía el kuskus! Porque hace un momento, en el sabor cálido y vivo de la carne de cordero, he sentido de repente un gusto dulzón y bajo mis dientes una carne más fría, más blanda. Miré mi plato y me estremecí de horror. En la sémola vi asomar primero un dedo, después dos, después cinco y finalmente una mano de uñas pálidas. Una mano de hombre.

–¡Cállese usted, por favor! – gritó el general Guillaume con la voz angustiada.

–Era una mano de hombre. Era seguramente la mano del desgraciado goumier que la explosión de la mina había arrancado en seco y proyectado a la gran marmita de cobre donde se cocía nuestro kuskus. ¿Qué podía hacer? He sido criado en el Colegio Cicognini, que es el mejor colegio de Italia, y de niño aprendí que no hay que turbar jamás, bajo ningún pretexto, la alegría de los demás en un baile, en una fiesta o en una comida. Me esforcé en no palidecer y me puse tranquilamente a roer la mano. La carne estaba un poco cruda, no había tenido tiempo de cocer.

–¡Cállese usted, por el amor de Dios! – gritó el general Guillaume con voz ronca, rechazando el plato que tenía delante de sí.

Los comensales estaban lívidos y me miraban con la mirada extraviada.

–Soy un huésped bien educado – dije -, y no es culpa mía que mientras roía la mano en silencio pensando en el pobre goumier, sonriendo como si no ocurriese nada, para no turbar tan agradable almuerzo, hubiesen ustedes cometido la imprudencia de burlarse de mí. No hay que poner nunca en ridículo a un invitado, sobre todo cuando éste está comiendo la mano de un hombre.

–¡Pero no es posible! No puedo creer que… – balbució Pierre Lyautey, con el rostro verde y apretándose con la mano el estómago.

–Si no me creen ustedes -dije-, miren mi plato. ¿Ven ustedes todos estos huesecillos? Son las falanges, Y aquí, alineadas en el borde del plato, vean ustedes las cinco uñas. Perdónenme si, a pesar de mi buena educación, no he sido capaz de tragarme las uñas.

–¡Dios mío! – exclamó el general Guillaume, vaciando su vaso de un trago.

–Así aprenderán ustedes a no poner en duda lo que Malaparte cuenta en sus libros.

Hay una sutil venganza en el deleite que experimenta el protagonista torturando psicológicamente a sus nuevos aliados; pero no se trata de una afición monopolizada por él. Según se desprende del texto, parece que los habitantes de Nápoles comprendieron muy pronto la manera de aprovecharse de la candidez de sus libertadores. Así, los lugareños se subastaban a los soldados como si se tratara de cerdos bien cebados, sobre todos a los negros, que eran los más cotizados precisamente por su inocencia.

El precio de un negro vivo, en Nápoles, había subido en pocos días de doscientos dólares a mil dólares, y tendía a aumentar todavía. Bastaba observar con qué ojos golosos la gente pobre contemplaba a un negro vivo, para comprender que el precio de los negros vivos fuese muy alto y continuase aumentando. El sueño de todos los napolitanos pobres, especialmente de los «scugnizzi», los chiquillos, era poder comprarse un black, aunque fuese por pocas horas. La caza al soldado negro era un juego favorito de los chiquillos. Nápoles, para los chiquillos, era una inmensa selva ecuatorial saturada de un denso olor de buñuelos dulces, donde unos negros extáticos caminaban cimbreándose sobre la cintura con los ojos fijos en el cielo. Cuando un «scugnizzo» conseguía agarrar un negro por la manga de la guerrera y arrastrarlo tras él de bar en bar, de hostería en hostería, de burdel en burdel, por el dédalo de las callejuelas de Toledo y de Forcella, desde todas las ventanas, todos los umbrales y todas las esquinas, cien bocas, cien ojos, cien manos, gritaban: «¡Véndeme tu black! ¡Te doy veinte dólares! ¡Treinta dólares! ¡Cincuenta dólares!» Era lo que se llamaba el flymg market, el mercado libre. Cincuenta dólares era el precio máximo que se pagaba por comprarse un negro para la jornada, es decir, por pocas horas; el tiempo necesario para embriagarlo, despojarlo de todo lo que llevaba encima, desde el gorro a los zapatos, y después, cerrada la noche, abandonarlo desnudo sobre el pavimento de un callejón.

El negro no sospechaba nada. No se daba cuenta de que era comprado y vendido cada cuarto de hora y caminaba inocente y feliz, orgulloso de sus zapatos relucientes, de su pulcro uniforme, de sus guantes amarillos, de sus sortijas y sus dientes de oro, de sus grandes ojos blancos, viscosos y transparentes como ojos de pulpo. Caminaba sonriendo con la cabeza inclinada sobre el hombro y la mirada perdida en el vagar remoto de una nube verde sobre el cielo de color de mar, cortando, con la cándida tijera de sus dientes, agudos, la franja azul que festoneaba los tejados, las piernas desnudas de las muchachas apoyadas en las barandas de las azoteas, los claveles rojos que desbordaban de las macetas de barro cocido en los antepechos de las ventanas. Caminaba como un sonámbulo, saboreando con delicia todos los olores, los colores, los sabores, los sonidos, las imágenes que embellecen la vida; el olor de los buñuelos, del vino, del pescado frito, una mujer encinta sentada a la puerta de su casa, una chiquilla que se rasca las nalgas, otra que se busca una pulga en el seno, el llanto de un chiquillo en la cuna, la risa de un «scugnizzo», el rayo del sol sobre el cristal de una ventana, el canto de un gramófono, las llamas del Purgatorio de cartón piedra en las que arden los condenados al pie de la Virgen en las hornacinas de las esquinas de las callejuelas, un rapaz que, con el cuchillo deslumbrante de sus dientes de nieve, arranca de la raja curva de una sandía como de una armónica, una media luna de sonidos verdes y rosa, centelleando sobre el cielo gris de un muro; una muchacha que se peina asomada a la ventana, cantando el «¡Oh, Mari…!», y mirándose en el cielo como en un espejo.

El negro no se daba cuenta de que el chiquillo que lo llevaba de la mano, que le acariciaba el pulso, hablándole dulcemente y mirándolo a la cara con ojos cariñosos cambiaba de vez en cuando. (Cuando el chiquillo vendía su black a otro «scugnizzo» confiaba la mano del negro a la mano del comprador y se perdía entre la muchedumbre.) El precio de un negro en el «mercado libre» era calculado según la largueza y generosidad en el gastar, según su gula en el beber y comer, según su manera de sonreír, de encender un cigarrillo, de mirar a una mujer.

Aparentemente, Malaparte describe una sociedad desmoralizada, y no en el sentido de que el desánimo les haya hecho abandonar toda esperanza de salir adelante, sino en el de que está dispuesta a hacerlo a despecho de cualquier atisbo de ética. Sin embargo, esa sociedad no ha perdido su moral, sino que ha ido adaptando sus principios al objetivo de la supervivencia. ¿Acaso el hombre primitivo no tenía moral? Por supuesto que la tenía; lo que no tenía era modales. No se le puede pedir una altura ética mucho más elevada a quien se ha acostumbrado a convivir entre cadáveres en diversos estadios de putrefacción ―no sólo se trataba de que las ambulancias o los carros no diesen abasto para retirarlos de las calles, sino que gran parte de ellos permanecían ocultos durante semanas bajos los escombros, y nadie podía detectarlos a través del olor, porque toda la ciudad se hallaba sumida en la peste a carne muerta―.

En ocasiones, entre el sonido de los cascos de las cuatro monturas apocalípticas, da la sensación de que Malaparte no está hablando de la Europa del siglo XX, sino de la de la Edad Media, y probablemente sea porque esa realidad medieval que acabó de gestar el carácter europeo subsiste de algún modo en nuestro interior. El escenario que se describe en la novela ya no existe. En realidad, dejó de existir al cabo de un par de años. El problema es que tampoco existía un par de años antes y nadie supo prever su aparición, así que esforzaos por evitar que se rompa la piel de Europa, porque ya sabéis lo que hay debajo.

–Para comprender a Europa –le decía yo– la razón cartesiana no sirve para nada. Europa es un país misterioso, lleno de secretos inviolables.

–¡Ah, Europa! ¡Qué país tan extraodinario! –exclamaba-. Necesito Europa para sentirme americano.

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