LITERATURA

“Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig (1922).

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Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.

Jamás se ha escrito un relato más desgarrador. “Carta de una desconocida” es uno de los relativamente pocos textos de la literatura universal dotados de efecto multiplicador, en el sentido de que puede generar cientos de páginas a partir de las apenas setenta que abarca en una edición de bolsillo común y corriente. En ocasiones me pregunto si la gente capaz de escribir obras tan grandiosas en contenido como escuetas en palabras es realmente consciente de lo que tiene entre las manos mientras escribe, de cómo cada pulsación de sus dedos o cada rasgo de su estilográfica van a quedar eternamente grabados en oro en la historia en las letras. En mi opinión, probablemente sí; y probablemente también estén tentados de arrojar todo el trabajo a la papelera en cuanto comienzan a releerlo por primera vez. Por suerte, rara vez se hace esto último.

A pesar de que contiene numerosas variaciones sobre la historia original, el argumento de “Carta de una desconocida” es bastante popular gracias a la adaptación cinematográfica que en 1948 realizó Max Olphus —con Joan Fontaine y Louis Jordan en sus papeles protagonistas—. A diferencia del libro, y aun siendo también una obra excepcional, Olphus no puede evitar caer en cierta medida en el influjo del folletín melodramático que tan de moda estaba en el Hollywood de la época, algo que en gran parte vino provocado por la imposibilidad de incluir los momentos más pasionales de manera explícita ―no es que se trate de una novela erótica, por supuesto, pero sí que contiene las suficientes referencias sexuales como para no tomar a la protagonista como una simple niñata enamoradiza―. Zweig, en cambio, pudo transcribir su idea con completa libertad y, haciendo gala de su característica crudeza amable, en todo momento fue capaz de esquivar la sensiblería a la que la trama se presta como anillo al dedo. El planteamiento es sencillísimo y prácticamente viene resumido en el título de la obra: un novelista de éxito, al que se le llama “R.”, recibe una carta sin remite el día de su cuadragésimo primer cumpleaños ―Cuarenta y uno, se dijo; pero esta constatación no le agradaba ni le desagradaba”―. En un principio, pospone su lectura a favor del periódico y del desayuno, pues su volumen le hace suponer que no se trata más que de otro manuscrito que le envía algún escritor en ciernes. Cuando por fin se enfrenta a ella, se encuentra con la confesión de una mujer tremendamente desgraciada que le ha estado amando en secreto durante los últimos dieciséis años y que recuerda detalles de su vida que él mismo ha olvidado.

Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches he tenido que luchar con la muerte que rondaba a esa pequeña y frágil vida. Permanecí sentada al lado de su cama cuarenta horas, mientras la gripe agitaba su pobre cuerpo ardiente. Sostuve paños fríos sobre su hirviente sien y, día y noche, sujeté sus intranquilas manos. La tercera noche me derrumbé. Mis ojos ya no podían más, se me cerraban sin darme cuenta. Estuve durmiendo tres o cuatro horas en el duro asiento y, entretanto, se lo llevó la muerte. Ahora, pobrecito, está aquí tendido, mi querido niño, en su estrecha cuna, igual que en el momento de morir; sólo le han cerrado los ojos, sus ojos oscuros e inteligentes; le han cruzado los brazos encima de la camisa blanca, y queman cuatro cirios en los cuatro extremos de su cama. No me atrevo a mirar, no me atrevo a moverme porque, cuando oscilan, los cirios deslizan sigilosamente sombras sobre su rostro y su boca cerrada, y es como si sus facciones cobraran vida y yo pudiera pensar que no está muerto, que volverá a despertarse y con su voz clara me dirá alguna chiquillada. Pero sé que está muerto y no quiero volver a mirarlo para no volver a tener esperanzas, no quiero engañarme otra vez. Lo sé, lo sé, mi hijo murió ayer. Ahora sólo te tengo a ti en el mundo, sólo a ti, que no sabes nada de mí, que juegas o coqueteas con personas y cosas, sin sospechar nada. Sólo a ti, que nunca me has conocido pero al que siempre he querido.

El camino vital de Zweig fue muy distinto del que eligió para la protagonista de su novela, pero no por ello menos desesperante hasta su último día, en el que tomó la determinación de acabar con todo de una vez. No existió una autopsia como tal, pero sí un detallado informe forense que reveló que su segunda esposa, Lotte, tardó unas cuantas horas más que él en suicidarse. No quiero ni imaginarme cómo debieron de ser esas horas… Sus cadáveres fueron encontrados plácidamente acostados; el de ella agarrando la mano gélida del que en vida había sido su marido. Existen fotografías del hallazgo fácilmente localizables, pero yo no las voy a publicar: nunca he compartido esa idea de que las personas pierden automáticamente su derecho a la intimidad por el mero hecho de morirse.

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Nacido en Viena el 28 de noviembre de 1881, le tocó ser austriaco y judío en la peor época para ser ambas cosas, por lo que trató de superar esos condicionantes adoptando un europeísmo casi fanático. Su nota de suicidio no deja lugar a dudas de hasta dónde llegaba este sentimiento. Si Horacio consideraba que dulce et decorum est pro patria mori, no sé cómo habría calificado el poeta latino al que se deja matar de desesperación por ella.

Declaración

Antes de dejar la vida por voluntad propia, con la mente lúcida, me impongo un último deber: brindar un cariñoso agradecimiento a este maravilloso país, Brasil, que me ha ofrecido, a mí y a mi obra, tan gentil y hospitalario refugio. Aprendí a amar más este país cada día que pasé en él, y en ninguna otra parte hubiera preferido reconstruir mi vida ahora que el mundo de mi propia lengua está perdido y Europa, mi hogar espiritual, se destruye a sí misma.

Pero, pasados los sesenta años, son necesarias fuerzas excepcionales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de peregrinar como un apátrida. Así, en buena hora y obrando con rigor, consideré lo mejor concluir una vida en la que el trabajo intelectual fue la más pura alegría, y la libertad personal el más preciado bien sobre la tierra.

Saludo a todos mis amigos. Que se les permita ver la aurora de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes.

 Stefan Zweig
Petropolis 22. II 1942.

Verdaderamente sí que fue impaciente, porque le hubiese bastado con esperar unos pocos meses para empezar a disfrutar de las primeras derrotas serias del Eje. Sin embargo, un análisis un poco más profundo de sus palabras nos permite intuir que, lejos de tratarse de una declaración para eximir de responsabilidad a terceros, Zweig, de una manera muy sutil y en una línea muy similar a la que adopta la protagonista anónima de su novela con respecto a su amado, culpa de su propia desgracia al resto de la humanidad. Estoy seguro de que le hubiese gustado poder enterarse de las reacciones a su fallecimiento, lo cual me lleva a pensar que uno de los intelectos más privilegiados del siglo XX guardaba algún resquicio de puerilidad en su interior —una idea tan deprimente como consoladora—. En mi opinión, probablemente deprimido y con la cabeza trastocada por los hipnóticos que su insomnio crónico le obligaba a consumir, se tomó su suicidio como una especie de llamada de atención, incapaz de comprender que no obtendría ningún beneficio de ella aunque fuese atendida. En cierto modo, y salvando muchísimo las distancias, sobre todo por lo que se refiere a la parafernalia que acompañó a la del japonés, la base de la muerte de Zweig es muy similar a la de la que unos treinta años más tarde protagonizaría Yukio Mishima: ambos sentían que les habían despojado de su patria y que había sido la actitud inconsciente de la masa la que les había conducido a la desgracia. Curiosamente, los puntos de partida de ambos son formalmente opuestos: el pacifismo más manso frente al ardor guerrero más ancestral; pero les llevaron a confluir en la misma consecuencia fatal. Sin embargo, ninguno de los dos fue lo suficientemente sincero consigo mismo como para darse cuenta de que en realidad sus respectivas patrias les importaban sendos pimientos y que lo único que les ocurría es que no se sentían reconocidos en la medida que estimaban justa, no como artistas, sino como líderes morales. (Nunca llegaré a entender cómo personas dotadas de una capacidad tan asombrosa para radiografiar las mentes de los demás pueden evidenciar una ceguera tan desbordante cuando se trata de analizarse a sí mismos.)

No obstante, aunque resulte evidente que Zweig sentía que a nadie le importaba su mensaje, no es menos cierto que nunca se pronunció abiertamente acerca de nada que no fuera la necesaria unidad de Europa, el pacifismo y la universalidad del arte. Esta aparente tibieza constituyó el motivo favorito de la crítica para cargar contra él con un despliegue de furia que, desde luego, no se merecía. En aquel momento resultaba incomprensible que el autor, siendo además judío, permaneciera callado ante los primeros abusos del nazismo y que, entre otras cosas, mantuviera su amistad con Richard Strauss, que durante una etapa de su vida compartió simpatías mutuas con la plana mayor hitleriana ―que precisamente terminaron cuando el compositor se negó a eliminar el nombre de Zweig de los carteles del estreno de “La mujer silenciosa” (1935), para la que el vienés había escrito el libreto―. Se le acusó de cobardía, pero es obvio que no era el miedo lo que le mantenía en silencio: sus libros fueron de los primeros en ser quemados en las hogueras de Hitler y su casa fue registrada cuando Austria seguía siendo un país independiente, de modo que no necesitaba levantar la voz para ser el objetivo número uno de las SA.

En cualquier caso, nadie puede dudar que Zweig compensó con creces su silencio aportando una capacidad de análisis que rozaba la clarividencia. Así, fue uno de los primeros en darse cuenta de que la Segunda Guerra Mundial no se estaba desarrollando como un conflicto ordinario entre potencias nacionales, sino como una verdadera guerra civil europea que repetía en cada territorio el esquema trágico aprendido en España: ultraizquierdas y democracias se enfrentaban a los fascismos con mayor o menor equilibrio de fuerzas en Francia, en Italia, en Bélgica, en Dinamarca, en Yugoslavia, en Grecia, en Hungría, en Bulgaria, en Rumanía o en la propia Alemania. Sin embargo, él se limitaba a exponer sus conclusiones, esperando que fueran atendidas por alguien dotado del poder suficiente como para hacer uso de ellas. Como él mismo decía,  “El artista que cree en la justicia nunca puede fascinar a las masas ni darles eslóganes. El intelectual debe permanecer cerca de sus libros. Ningún intelectual ha estado preparado para lo que requiere el liderazgo popular”. No seré yo el que esté de acuerdo con esas palabras, pero comprendo lo que deseaba expresar.

No cabe duda de que sus hechos hablaban por él cuando los últimos años de su vida prácticamente se redujeron a huir de los nazis. Tras sufrir los primeros atropellos, se exilió en Londres y después en Bath, pero en ninguno de los dos sitios encontró la paz ansiada. En 1938, tras el Anschulss, le fue retirado su pasaporte, por lo que su estatus civil en Gran Bretaña pasó a ser el de apátrida asilado. La anexión de Austria por parte del III Reich no sólo le desposeyó de su nacionalidad de origen, sino que puso fin a su primer matrimonio. No se puede decir que su primera esposa fuese filonazi, pero sí que consideraba que se exageraba mucho en las críticas a Hitler y que merecía la pena darle una oportunidad. De todos modos, esta ruptura prácticamente constituyó un alivio para él, porque hacía tiempo que mantenía una relación paralela con su secretaria, Charlotte Elisabeth Altmann (Lotte), por lo que aprovechó las circunstancias para contraer segundas nupcias con ella. Con el estallido de la guerra su situación empeoró aún más, pues comenzó a ser tratado como ciudadano de un Estado enemigo, pese a que su cabeza estaba tan expuesta a las bombas de la Luftwaffe como la de cualquier inglés. Gracias a las presiones de sus amigos, un año más tarde se le concede la nacionalidad británica, lo que aprovechará para mudarse a Nueva York, donde se estableció unos meses, y después a Brasil, con la esperanza de que jamás llegara hasta allí la influencia nacionalsocialista.

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En “Carta de una desconocida” quizá sea donde más exacerbada encontremos su tendencia al dramatismo extremo. Precisamente, una de las principales virtudes de su narrativa es que siempre consigue contextualizarlo, de manera que un sentimiento que en general podría parecer sobreactuado o incluso ridículo le resulta perfectamente lógico al lector. No se trata de que escribiera muy bien, que lo hacía, sino de que estaba dotado de una capacidad empática y de análisis sentimental verdaderamente impresionante. Ello no evitó que hiciera sufrir a los que le rodeaban, pero sí que le obligó a pagar por ello un precio desmesurado en remordimientos.

Yo sólo tenía trece años, y no sabía que la curiosidad especial con la que te miraba y espiaba se llamaba amor. Pero todavía recuerdo perfectamente el día y la hora exacta en que te entregué mi corazón para siempre. Había salido a dar un paseo con una amiga del colegio y estábamos charlando en el portal. Llegó un coche, se paró, y de él saliste tú de ese modo impaciente y espontáneo que todavía hoy me enloquece. Viniste hacia la entrada. No sé qué me impulsó a abrirte la puerta y ponerme en tu camino, de modo que casi tropezamos. Me miraste con calidez, suavemente, y me sonreíste con ternura —sí, con ternura, no lo puedo describir de otra forma—. Me dijiste con una tenue y afable voz:

—Muchas gracias, señorita.

Eso fue todo, querido. Pero desde ese segundo, desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced. Después comprendí que esa mirada que atrae, que te envuelve y te desnuda a la vez, esa mirada de seductor consumado, era tu modo de mirar a todas las mujeres que se cruzaban en tu camino, a cualquier vendedora que te atendía, a cualquier criada que te abría la puerta.

La figura del seductor es casi una constante en la obra de Zweig. Al estudio de la personalidad del más grande de cuantos hayan existido, Giacomo Casanova, le dedica un profundo ensayo que se publicaría en 1932 en el tríptico “Tres poetas de sus vidas”, en el que el supuesto veneciano compartía protagonismo y contrastes con Tolstoi y Stendhal. Al igual que ocurre en “Carta de una desconocida” y en “Ardiente secreto” (1911), Zweig afronta la figura del seductor con una mezcla de curiosidad, admiración, envidia mal disimulada y a la vez cierta superioridad condescendiente, esforzándose por alejarlo del mito de Don Juan, al que considera un falso seductor que emplea cualquier truco o artificio para satisfacer su propio narcisismo, mientras que un seductor puro no sería más que un apasionado por las mujeres dotado del suficiente atractivo como para desarrollar su pasión. Independientemente de que sus protagonistas tengan que recurrir a determinadas artimañas ocasionales para entrar en contacto con el objeto de turno de su deseo, una vez trabado ese contacto no requieren de ninguna mentira más, puesto que con casi total seguridad se verán correspondidos de manera natural.

Desde aquel momento te quise. Sé que muchas mujeres te lo han dicho a menudo, a ti, tan mal acostumbrado, pero créeme, ninguna te ha querido tan devotamente como yo, ninguna te ha sido tan fiel ni se ha olvidado tanto de sí misma como lo he hecho yo por ti. No hay nada en el mundo que sea equiparable al secreto amor de una niña que permanece en la penumbra y tiene pocas esperanzas. Es humilde y servil, tan receloso y apasionado como nunca puede serlo el amor inadvertidamente exigente y lleno de deseo de la mujer adulta.

Se ha llegado a especular bastante acerca de la posible naturaleza autobiográfica de “Carta de una desconocida”, y si bien las circunstancias externas del novelista R. ―el receptor de la misiva― son prácticamente calcadas a las del autor, no existe ninguna base para afirmar que Zweig pudiera haberse visto en algún momento ante la situación dramática en la que le coloca su amante desconocida. Si realmente existe algún elemento autobiográfico, éste es interno, en el sentido de que el autor se coloca en una doble idealización: por un lado, se describe como realmente le gustaría ser; por otro, elabora una situación extrema en la que volcar los tremendos remordimientos que solía acumular con gran facilidad por hechos con mucha menor trascendencia que los descritos. No es de extrañar, por lo tanto, que Zweig sintiera la misma fascinación que pánico ante el género de la autobiografía, al que en el prólogo de “Tres poetas de sus vidas” se refiere de esta manera: “Gran osadía se necesita para marchar por ese sendero tortuoso y resbaladizo que, bordeando nuestros propios abismos, va descendiendo por entre olvidos voluntarios, propios engaños y mentiras, hasta la última soledad: esa soledad consigo mismo donde, como en el Fausto, se ciernen inmóviles, sin vida, las imágenes de la propia existencia, símbolos ya tan sólo de una vida que fue”.

De los dos personajes protagonistas, es la desconocida la que queda más brillante y profundamente retratada, mientras que de R., y salvo alguna que otra pincelada indirecta al comienzo y al final del libro, tan sólo conocemos la imagen que ella se ha formado de él, que perfectamente puede estar equivocada. Cualquiera que alguna vez se haya obsesionado con alguien a quien apenas conoce o a quien no conoce en absoluto sabrá lo sencillo que es idealizar a ese alguien y elaborar para él una personalidad completa a partir de los datos que nos proporcione la observación. Serán nuestra imaginación y nuestro deseo los encargados de rellenar las lagunas con deducciones que, por supuesto, siempre responderán a los rasgos que más nos ilusionen: al fin y al cabo, lo que realmente caracteriza a la persona de la que nos enamoramos es que a nuestros ojos es perfecta hasta en el exquisito gusto que demuestra a la hora de elegir sus imperfecciones. Según ella, R. es un ser bondadoso e inteligentísimo, pero tremendamente frívolo; eso sí, de una frivolidad encantadora y además no reprochable, porque él es como es y no podría ser de otra manera:

Sé que eres bueno y generoso de todo corazón, ayudas a todos, también a los desconocidos que te lo piden. Pero tu bondad es peculiar, está abierta a cualquiera para darle todo lo que le quepa en las manos, tu bondad es grande, infinitamente grande, pero es —discúlpame— indolente. Quiere que la reclamen, que la busquen. Ayudas cuando te llaman, ayudas por vergüenza, por debilidad, no por placer. Déjame que te lo diga sinceramente: te gusta más un compañero en la fortuna que un pobre necesitado. Y a las personas que son como tú, aunque sean muy buenas, cuesta pedirles cualquier favor.

[…]

Te di el número de un apartado de correos; no quería darte mi nombre porque guardaba mi secreto. Me volviste a dar unas rosas a modo de despedida… a modo de despedida. Durante dos meses estuve preguntando cada día si había algo para mí… pero no, ¿para qué describirte ese tormento infernal de la espera, del desconsuelo? No te culpo, te quiero tal como eres, ardiente y distraído, olvidadizo, entregado e infiel, te quiero así, sólo así, como siempre has sido y como aún eres. Ya hacía tiempo que habías vuelto, lo veía en tus ventanas iluminadas, y no me escribías. Aún no tengo ni una línea tuya en mi última hora, ni una línea de aquel hombre al que he entregado mi vida. Esperé, estuve esperando y esperando como una desquiciada, pero no me llamaste, no me escribiste ni una línea… ni una…

La que sí que se nos presenta con toda la complejidad que puede albergar un ser humano es la redactora de la carta. Una primera impresión puede devolvernos a una mujer de una pureza moral intachable y dotada de una sorprendente vocación de mártir. Pero una lectura atenta nos revelará todas sus sombras: la pasión que agota su vida no es el amor, sino algún tipo de obsesión morbosa. La carta está repleta de cariño formal y de toda clase de signos y confesiones que hacen verosímil que su emisora realmente adore al receptor más que a nada en el mundo; pero hay algo que no encaja del todo: el mero hecho de su redacción y envío ya sugiere un decidido ánimo de venganza movido por el despecho y el rencor. Si ella le hubiese amado tanto como afirma, la carta nunca habría debido ser echada al correo, puesto que tan sólo podría causar dolor y desasosiego a su receptor y no existía ningún motivo por el que él debiera conocer los hechos narrados. Si realmente ella ya ha muerto cuando R. abre el sobre —algo que no tenemos manera de saber con certeza—, el verdadero gesto de amor por su parte habría sido llevarse su secreto a la tumba; pero, en vez de ello, le deja un regalo envenenado que él no se ha buscado, y además privándole conscientemente de cualquier posibilidad de remediar las cosas.

He tenido amigos ricos, amantes ricos. Primero los buscaba yo, después me buscaban ellos a mí, porque yo era —¿te diste cuenta alguna vez?— muy bonita. Me ganaba el cariño de todos aquellos a los que me ofrecía, todos me han estado agradecidos, me han dado afecto, todos me han querido… ¡Tú no, tú eres el único que no me ha querido! ¿Me desprecias porque te he confesado que me he vendido? No, sé que no me desprecias, sé que lo entiendes, aunque también entenderás que lo he hecho por ti.

[…]

Pero, ¿de qué me sirve contarte todo esto, la obsesión frenética contra mí misma, compulsiva, tan trágica y desesperada, de una niña abandonada? ¿De qué sirve contárselo a alguien que nunca lo ha sospechado, que nunca lo ha sabido?

[…]

Sólo he necesitado hablarte esta vez; después volveré a mi tenebrosidad, como siempre, muda, tan muda como siempre lo he sido a tu lado. Pero este grito no lo oirás mientras yo viva. Sólo cuando esté muerta recibirás este escrito de una que te ha querido más que ninguna y a la que no has reconocido nunca, que siempre te ha esperado y a la que no has convocado ninguna vez. Quizá, quizá me llamarás luego y entonces te seré infiel por primera vez; entonces, cuando esté muerta, ya no te podré oír. No te dejo ninguna fotografía ni ninguna señal, del mismo modo que tu no me has dejado nada y nunca me reconocerás, nunca. Era mi destino en la vida; que lo sea también en la muerte.

En ocasiones he oído y leído a quien tildaba esta novela de machista. Nada más absurdo: las mismas pasiones y vivencias que experimenta la protagonista del libro podría experimentarlas un varón —salvo las que dependen de poseer determinados órganos físicos, claro está—. Las mujeres sufren, las mujeres pueden caer en una relación de dependencia, pueden sentirse inferiores a otra persona y pueden comportarse como verdaderas estúpidas por su causa: nada que no deba ser narrado y nada de lo que esté libre un hombre. De hecho, como ya he insinuado anteriormente, mucho me temo que Zweig reveló involuntariamente en su carta de despedida cuál de los dos personajes principales de esta novela tiene más de sí mismo.

3 thoughts on ““Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig (1922).

  1. Agradecida y emocianada de que se obre al fin el milagro de que alguien “ose” comentar sobre literatura sin barroquismos ni vanidades, sin corromper el lenguaje lírico en odas hacia parte alguna, sin pretensiones, al fin. Agradecida y emocionada de leer tan bien y tan informado. La lagrimilla me está cayendo…

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