LITERATURA

“Hojas de hierba”, de Walt Whitman (1855-1892).

 

1

Camerado, esto no es un libro:
quien lo toca, toca a un hombre.

Walt Whitman nació el 31 de mayo de 1819 en una granja de Long Island, Nueva York, cuatro años después de la derrota definitiva de Napoleón y apenas cinco más tarde de que los Estados Unidos confirmaran su independencia mediante el Tratado de Gante. Su padre se llamaba como él y, además de granjero, era carpintero y un poco palurdo. A pesar de su incultura, y por motivos que se ignoran, había sido amigo íntimo de Thomas Paine, a quien admiraba de tal modo que probablemente habría matado por defender sus ideas americanistas. Tal era su fanatismo nacionalista que bautizó a tres de sus ocho hijos como George-Washington, Thomas-Jefferson y Andrew-Jackson ―imagino que, de haber vivido lo suficiente, al último lo habría llamado Barak-Obama―. Sin embargo, y a pesar de las apariencias, este personaje pintoresco debía de asemejarse mucho más a un hooligan que a un romántico liberal, por lo que la infancia de Whitman no fue precisamente la más indicada para forjar a un hombre de letras. Walt padre no sólo era un alcohólico notorio y desmesurado, sino el borrachín oficial de cualquier grupo humano al que se asociara. Parece ser que transmitió su adicción a casi toda su descendencia, de tal modo que Andrew-Jackson murió con el hígado reventado antes de cumplir los 30 años de edad ―este hito marcaría el divorcio definitivo de Whitman con la bebida, que pasó de atribuir todo su talento al oporto a condenar a los bebedores con la misma furia que un imán radical―. Además, el poeta tuvo un hermano esquizofrénico ―que una buena noche trató de asesinar a toda la familia―, otro aquejado de un retraso mental severo y una hermana psicótica a la que su marido azotaba todos los días “para curarla”.

2Por si fuera poco, el padre debía de ser un verdadero lince para los negocios, así que malvendió la granja para mudarse a Brooklyn a especular con terrenos urbanizables cuando Walt tenía 4 años. Como no podía ser de otra manera, el buen señor arruinó a toda la familia en menos de lo que canta un gallo, así que Whitman tuvo que conformarse con acudir a una escuela primaria pública ―estamos hablando de principios del siglo XIX en un país que acababa de dejar de ser una colonia, por lo que podemos imaginarnos cuál era el nivel de la enseñanza gratuita―. El futuro literato aparentó ser bastante torpe en todas las materias, por lo que su maestro le calificó oficialmente como gandul y le conminó a abandonar cualquier estudio con 11 años de edad. A pesar de este dictamen, es probable que el fracaso de Whitman se debiera más a la desmotivación que a la ineptitud, porque mientras suspendía examen tras examen se pasaba la vida acudiendo por su cuenta a museos, bibliotecas y conferencias. Trabajó como recadero para varios médicos y abogados, pero su primer empleo serio fue como aprendiz de impresor en el periódico liberal Long Island Patriot.

Sin que se sepa muy bien cómo lo logró, en noviembre de 1833 publicó su primer artículo en el New York Mirror ―sí, con 15 años y medio―, lo que parecía augurarle una carrera periodística de una brillantez nunca vista. Sin embargo, en lo que sería otra muestra de la mala suerte que le persiguió durante toda su vida, dos incendios devastadores arrasaron las redacciones en las que trabajaba, por lo que tuvo que retornar a Long Island, donde se colocó como maestro de escuela durante los siguientes seis años. Gracias a varias cartas que envió durante esta etapa, sabemos que su trabajo le asqueaba, más por tener que codearse con padres cerriles y por no poder dedicarse a su vocación que por las jornadas laborales agotadoras y el salario exiguo. Aguantó ese periodo tratando de agarrarse al periodismo con uñas y dientes, incluso llegando a editar él mismo su propio diario, una aventura que duraría poco más de diez meses y con la que perdió los pocos ahorros que había acumulado. Su salvación llegaría en 1841, cuando aceptó un trabajo como cajista y regresó a Nueva York decidido a vivir de la literatura costase lo que costase. Tras unos cuantos rechazos por parte de las editoriales, no sólo cayó en la autopublicación, sino que se dedicó a enviar reseñas elogiosas con nombre falso a diversas revistas literarias. Así consiguió mover su primera y única novela, “Franklin Evans, el borracho” (1842), de la que sorprendentemente llegó a colocar 20.000 ejemplares, y también las dos primeras ediciones de “Hojas de hierba”, de las que apenas alcanzó a vender quinientas copias en total. No obstante, el texto cayó en manos de un grupo de pequeños editores de Boston que le ofrecieron costear la tercera edición, iniciándose así la verdadera carrera profesional de Whitman.

I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you.

I loafe and invite my soul,
I lean and loafe at my ease observing a spear of summer grass.
My tongue, every atom of my blood, form’d from this soil, this air,
Born here of parents born here from parents the same, and their parents the same,
I, now thirty-seven years old in perfect health begin,
Hoping to cease not till death.

Yo mismo me celebro y me canto,
Y cuanto aprehendo será tuyo también,
Porque no hay átomo en mí que no sea tuyo.

Holgazaneo e invito a mi alma,
Me tumbo y holgazaneo a mi antojo, contemplando una brizna de hierba estival.
Mi lengua, todos los átomos de mi sangre, están formados de este suelo, de este aire,
Nacido aquí de padre nacidos aquí, lo mismo que sus padres, y sus padres lo mismo,
Yo, con treinta y años y en perfecto estado de salud, empiezo,
Y espero no cesar hasta la muerte.

“Hojas de hierba” no es un simple poemario, sino una compilación que el propio Whitman fue completando a lo largo de su vida y en la que reunió prácticamente toda su creación en verso, o al menos toda la que él consideró digna de ser leída. Llegó a editarla en nueve ocasiones, la última de ellas tan inmediatamente antes de su muerte que su necrológica y la crítica del libro aparecieron el mismo día en el New York Times. Esa coincidencia dio lugar a una de las anécdotas periodísticas más gloriosas de todos los tiempos: a la vez que su figura era despedida entre grandiosas loas, un crítico literario afirmaba en otra página que “No puede decirse que Whitman sea un gran poeta, a menos que le neguemos a la poesía su categoría de arte”. Como bien sabemos, si cualquier artista desea que su obra sea unánimemente apreciada por la crítica, no tiene más que morirse.

3

El libro se estructura internamente en doce poemarios que el autor fue agregando en orden cronológico: “Dedicatorias”, “Hijos de Adán”, “Cálamo”, “Aves de paso”, “Los restos del naufragio”, “Al borde del camino”, “Redobles de tambor”, “Recuerdos del presidente Lincoln”, “Riachuelos de otoño”, “Susurros de la muerte celestial”, “Del mediodía a la noche estrellada” y “Cantos de despedida” ―que se cierra con un expresivo poema titulado “¡Hasta luego!”―. Hay que advertir que el poeta revisaba todos sus versos antes de cada nueva edición, así que para hacerse una verdadera idea de su evolución personal y estilística no basta con leer la versión consolidada, sino que es preciso acudir a la primera aparición de cada una de las doce partes.

Listen! I will be honest with you,
I do not offer the old smooth prizes, but offer rough new prizes,
These are the days that must happen to you:
You shall not heap up what is call’d riches,
You shall scatter with lavish hand all that you earn or achieve,
You but arrive at the city to which you were destin’d, you hardly settle yourself to satisfaction before you are call’d by an irresistible call to depart,
You shall be treated to the ironical smiles and mockings of those who remain behind you,
What beckonings of love you receive you shall only answer with passionate kisses of parting,
You shall not allow the hold of those who spread their reach’d hands toward you.

¡Escucha! Te voy a ser franco:
No te ofrezco los mismos premios de siempre, sino otros nuevos, más arduos,
Son los días que deberán sucederte.
No atesorarás eso que llaman riquezas,
Repartirás con mano pródiga todo lo que ganes u obtengas,
En cuanto llegues a la ciudad a la que estabas destinado, apenas te hayas acomodado serás [invocado por una irresistible llamada a partir.
Serás obsequiado con sonrisas irónicas y burlas por aquellos a los que dejes atrás,
A los reclamos de amor que recibas sólo has de responder con apasionados besos de [despedida.
No permitirás que te retengan los que tienden las manos hacia ti.

Whitman funciona como un vértice dentro de la historia de la poesía ―no sólo anglosajona, sino mundial― por haber hecho que su canto de libertad tomara coherencia en la propia forma de sus versos. Su mérito, quizá, no estribe tanto en haber conseguido sacudirse todas las ataduras formales de la métrica, sino en haberlo logrado sin por ello romper la línea evolutiva directa que le conecta con los clásicos. Él mismo citó como sus principales influencias a Virgilio, Ovidio, Cervantes, Lope de Vega, Dante y Shakespeare, así como reconoció haber encontrado en la Biblia una fuente inagotable de inspiración. Pero, partiendo de esos mimbres, su ambición era la de crear una forma de expresión poética nueva para un hombre nuevo surgido de un mundo nuevo: “La expresión de poeta americano ha de ser trascendente y nueva. Ha de ser indirecta, no directa, descriptiva o épica”. Whitman chapurreaba muchas lenguas extranjeras, e incluso alguna indígena; pero parece ser que no dominaba ninguna hasta el punto de poder leer verso en ellas ―realmente estaba convencido de que su famoso camerado, sonoro vocablo con el que le gustaba interpelar al lector, era castellano de Valladolid, y sus páginas se hallan repletas de otras muchas patadas ortográficas y semánticas a los diccionarios de varios idiomas―. Así, según apuntan varios académicos, es probable que su ligereza a la hora de transgredir las normas estilísticas tradicionales tuviera bastante que ver con el hecho de haberse nutrido de textos traducidos ―resulta prácticamente imposible trasladar al inglés la estructura de un soneto español, por ejemplo―. Sin embargo, aunque su revolucionario verso libre fue objeto de ensañamiento por parte de los críticos de la época, los ataques más furibundos que recibió en vida vinieron más por motivos de fondo que de forma: fueron los temas que trató, y no la manera de hacerlo, lo que le granjeó la enemistad de los sectores más conservadores y lo que le impidió gozar de las mieles del éxito mucho antes de que su cuerpo debilitado ya no lo necesitara. No deja de resultar paradójico, por lo tanto, que su poema más conocido ―y cinematográfico― sea precisamente uno de los pocos en los que decidió plegarse a la métrica clásica y a la rima:

O Captain my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won;
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring:
But O heart! heart! heart!
O the bleeding drops of red,
Where on the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.
O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up—for you the flag is flung—for you the bugle trills;
For you bouquets and ribbon’d wreaths—for you the shores a-crowding;
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;
Here Captain! dear father!
This arm beneath your head;
It is some dream that on the deck,
You’ve fallen cold and dead.
My Captain does not answer, his lips are pale and still;
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will;
The ship is anchor’d safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won;
Exult, O shores, and ring, O bells!
But I, with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead.

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán! Ha terminado nuestro aterrador viaje,
El barco ha sorteado todos los escollos y hemos ganado el precio que pedimos,
El puerto está cerca, escucho las campanas, la gente está exultante,
Mientras sus miradas siguen la firme quilla, el valiente y audaz navío.
Pero, ¡oh corazón, corazón, corazón!
Oh, rojas gotas de sangre
Sobre el puente de mando, donde yace mi capitán,
Caído frío y muerto.
¡Oh, capitán, mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate: por ti ondea la bandera, por ti el clarín resuena,
Por ti los ramos y las coronas engalanadas, por ti los muelles colmados de gente,
A ti te aclama la multitud, hacia ti vuelven sus rostros anhelantes:
¡Aquí, capitán! ¡Padre querido!
¡Reposa en mi brazo tu cabeza!
Ha de ser un sueño que sobre el puente
Hayas caído frío y muerto.
Mi capitán ya no responde; sus labios están lívidos e inmóviles.
Mi padre no siente más mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
El barco está anclado, sano y salvo, su travesía ha concluido.
Del aterrador viaje el barco victorioso vuelve con su trofeo.
¡Exultad, oh costas!, ¡y tañed las campanas!,
Pero yo, con paso vacilante,
Recorro el puente donde yace mi Capitán,
Caído frío y muerto.

Como ya habrá podido adivinarse, “Oh Capitán, mi Capitán” no es sino una pequeña elegía al presidente Abraham Lincoln, un personaje que ha trascendido su naturaleza histórica para convertirse en una especie de héroe mitológico para los estadounidenses, en parte gracias a la devoción demostrada por Whitman. Mucho se ha escrito acerca de hasta dónde llegaba el patriotismo del escritor, llegando a haber sido catalogado en varias ocasiones como un ultranacionalista fanático. Sin duda, estaba muy ilusionado con la idea de unos Estados Unidos de América libres y prósperos, y se sentía muy orgulloso de poder participar en su construcción; pero no creo que puedan deducirse rasgos nacionalistas de sus versos, al menos no en el sentido peyorativo que solemos darle en Europa a esa palabra. A través de ellos, percibimos a un Whitman que no considera a su nación superior a las demás en ningún aspecto y que tampoco señala a ningún enemigo externo; todo lo contrario: el poeta soñaba con un planeta que celebrara su diversidad unido por la cordialidad entre los pueblos. Ante todo, era un humanista: “Escucho y veo a Dios en cada cosa pero no / lo comprendo lo más mínimo, / ni comprendo cómo puede existir algo más / prodigioso que yo mismo”. Para él, los Estados Unidos no eran un país prodigioso por determinación natural o designación divina, sino porque constituían la prueba palpable de que una república liberal podía progresar en un mundo todavía dominado por los despotismos. El Whitman poeta parecía ser consciente del origen artificial de la nación norteamericana, y no perdía ocasión para reivindicar y honrar la importancia capital de sus herencias indígena, anglosajona, francesa o española. Por lo tanto, podemos afirmar que si fue un fanático, lo fue de la humanidad, de la democracia y de la libertad.

O while I live to be the ruler of life, not a slave,
To meet life as a powerful conqueror,
No fumes, no ennui, no more complaints or scornful criticisms,
To these proud laws of the air, the water and the ground, proving my interior soul impregnable,
And nothing exterior shall ever take command of me.

Oh, mientras viva para ser el soberano de la vida, no un esclavo,
Para afrontar la vida como un conquistador poderoso,
Sin iras, sin hastíos, sin más quejas ni desdenes,
A las leyes orgullosas del aire, del agua y de la tierra demostrarles mi alma inexpugnable,
Y nada exterior podrá nunca gobernarme.

Pero estas palabras tan sólo resultan aplicables al Whitman poeta, porque la imagen que desprende el Whitman prosista, al menos durante la primera mitad de su vida, es muy distinta, si no absolutamente incompatible. Si ya en su verso podemos encontrar algunos ejemplos aislados de crítica a la mediocridad de los dirigentes estadounidenses, es en su obra en prosa donde definitivamente se explaya, llegando a afirmar que un potencial humano como el estadounidense no podía conformarse con gobernantes estúpidos y timoratos, sobre todo por lo que se refería a las relaciones con Méjico. Su postura ante la Batalla de El Álamo y ante la guerra de 1846 sólo cabe ser calificada como de apología del imperialismo, una línea ideológica que reafirmaría quince años más tarde mediante artículos de prensa, tan románticos como incendiarios, en los que arengaba a los jóvenes para que se alistasen en el ejército de la Unión tras la escaramuza de Fort Sumter. Es muy probable que Whitman no hubiese oído un solo disparo en toda su vida, y que esa actitud belicista seguramente viniera motivada por no conocer el verdadero significado de la palabra “guerra”, un error tan comprensible como común en todos los que jamás nos hemos visto envueltos en ninguna y del que pronto se vería sobradamente vacunado: en poco menos de dos años pasó a darse cuenta de que cualquier conflicto armado era “un montón de pies, brazos, piernas, etcétera, acumulados bajo un árbol, delante de un hospital”, como relataría a su madre en una carta. Que se sepa, Whitman jamás tomó las armas, pero sí que participó en la Guerra de Secesión como enfermero ―al servicio de la Unión, claro está, pero atendiendo a heridos de ambos bandos―. Sin duda, esta experiencia horrible supuso un punto de inflexión en su mentalidad, que nunca más volvería a demostrarse belicosa. No era, por lo tanto, la estupidez la que motivaba su ligereza a la hora de exigir mano dura, sino la ignorancia.

Hold it up sternly-see this it sends back (Who is it? Is it you?)
Outside fair costume, within ashes and filth,
No more a flashing eye, no more a sonorous voice or springy step,
Now some slave’s eye, voice, hands, step,
A drunkard’s breath, unwholesome eater’s face, venerealee’s flesh,
Lungs rotting away piecemeal, stomach sour and cankerous,
Joints rheumatic, bowels clogged with abomination,
Blood circulating dark and poisonous streams,
Words babble, hearing and touch callous,
No brain, no heart left, no magnetism of sex;
Such, from one look in this looking-glass ere you go hence,
Such a result so soon, and from such a beginning!

Sostenlo con firmeza y mira lo que te devuelve (¿Quién es éste?, ¿eres tú?)
Por fuera un hermoso disfraz, por dentro cenizas y mugre,
Ya no hay ojos vivaces, ya no hay voz sonora ni andar desenvuelto
Ahora son los ojos, la voz, las manos y el andar de un esclavo,
El aliento de un borracho, el rostro malsano de un glotón, la carne de un sifilítico,
Pulmones que se pudren y se despedazan, ardor de estómago y úlceras,
Reúma en las articulaciones, tripas estreñidas de abominaciones,
Sangre que corre oscura y arterias emponzoñadas,
Habla pastosa, oído y tacto insensibles,
Ya no hay cerebro, ni queda corazón, ni atractivo sexual;
Así te ves en este espejo de mano antes de partir,
Qué rápido has llegado a esto, ¡y con aquel comienzo!

Prácticamente todos los estudiosos actuales coinciden en afirmar que Whitman era un grandísimo farsante. No en cuanto a la calidad de su literatura, por supuesto, sino por lo que se refiere al mensaje y a la imagen de sí mismo que transmitía con ella. Todo parece indicar que el poeta tenía poco de ese hombre apasionado, luchador, epicúreo, enérgico y humanista que traslucen sus versos, siendo en realidad una persona tímida y de salud precaria que no ambicionaba nada más que vivir sin preocupaciones y trabajar lo mínimo posible. Es posible que su creación simplemente refleje cómo le gustaría haber sido, o bien que descubriera que eso era lo que el público esperaba leer de él. No en vano, como ya se ha apuntado, su poesía, su narrativa y su ensayística parecen escritas por tres plumas diferentes ―que además seguramente se habrían acabado llevando muy mal entre ellas―.

Dazzling and tremendous how quick the sun-rise would kill me,
If I could not now and always send sun-rise out of me.

We also ascend dazzling and tremendous as the sun,
We found our own O my soul in the calm and cool of the daybreak.

My voice goes after what my eyes cannot reach,
With the twirl of my tongue I encompass worlds and volumes of worlds.

Speech is the twin of my vision, it is unequal to measure itself,
It provokes me forever, it says sarcastically,
Walt you contain enough, why don’t you let it out then?

Come now I will not be tantalized, you conceive too much of articulation,
Do you not know O speech how the buds beneath you are folded?

Deslumbrante y tremenda, qué pronto me mataría la aurora
Si no fuera yo capaz, ahora y siempre, de emanar mi propia aurora.

Nosotros también nos elevamos deslumbrantes y tremendos como el sol,
Encontramos nuestra propia aurora, ¡oh alma mía!, en la calma y el frescor del alba.

Mi voz alcanza donde no llegan mis ojos,
Con la vibración de mi lengua abarco mundos y montones de mundos.

La palabra es la hermana gemela de mi vista, ella es incapaz de comedirse,
Siempre me provoca, me dice con sarcasmo:
Walt, ya tienes bastante, ¿por qué no lo dejas salir?

Un mérito que no se le puede negar es haber sido el primer escritor estadounidense en hablar de sexo sin tinte alguno de romanticismo, incluyendo un libro entero dedicado a las relaciones homosexuales: “Cálamo”, que en su momento fue tomado inocentemente como un ejercicio de exaltación de la amistad entre varones. En este sentido, sus biógrafos han lanzado todo tipo de especulaciones acerca de la sexualidad de Whitman sin llegar a ninguna conclusión sólida: como solía ser habitual en todas las facetas de su vida, la audacia que demostraba escribiendo se convertía en un celo absoluto cuando se trataba de proteger su privacidad. De lo que no cabe ninguna duda es de que desde poco después de iniciar su madurez tan sólo se relacionaba con hombres jóvenes de aspecto rudo y origen rural, con alguno de los cuales llegó a convivir ―y que desde luego no parecían idóneos para satisfacer sus inquietudes intelectuales―. Hay algún biógrafo que apunta que, lejos de la voluptuosidad que se le suele presumir, lo que en realidad le movía era una especie de sentimiento paternal que se le habría despertado durante la Guerra de Secesión ―de hecho, uno de ellos, quizá el más cercano de todos, era un antiguo soldado confederado―, donde se calcula que tuvo a atender a no menos de cien mil heridos, varios de los cuales murieron entre sus brazos. Tal y como ocurría al hablar de sus posiciones políticas, la máxima de que las explicaciones más simples suelen ser las certeras se tambalea cuando nos enfrentamos a una inteligencia emocional tan compleja como la que demostró poseer ―o sufrir― nuestro camerado de Long Island.

I have press’d through in my own right,
I have sung the Body and the Soul—War and Peace have I sung,
And the songs of Life and of Birth—and shown that there are many births.

I have offer’d my style to everyone—I have journey’d with confident step;
While my pleasure is yet at the full, I whisper, So long!
And take the young woman’s hand, and the young man’s hand, for the last time.

Yo he abierto camino por derecho propio,
He cantado al cuerpo y al alma, a la guerra y a la paz he cantado, y canciones de vida y muerte,
Y cantos de nacimiento, y demostrado que son muchos los nacimientos.

A todos he ofrecido mi pluma, he viajado con paso confiado,
Y mientras mi placer se halla aún en plenitud, musito ¡hasta luego!
Y cojo la mano de la mujer joven y del varón joven por última vez.

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