LITERATURA

“El lobo estepario”, de Hermann Hesse (1927).

El lobo estepario 1

Un lobo estepario perdido entre nosotros, dentro de las ciudades, en medio de los rebaños, más convincente no podría presentarlo otra metáfora, ni a su misántropo aislamiento, a su rudeza e inquietud, a su nostalgia por un hogar de que carecía.

Hermann Hesse ya había cumplido 50 años cuando publicó “El lobo estepario”, lo que podría hacernos pensar que se trata de una novela de madurez. Sin embargo, y aunque efectivamente lo sea desde el punto de vista literario, lejos de hallar entre sus páginas un compendio de sabiduría contrastada, el lector se topará con una obra iniciática que aporta muchas más preguntas que respuestas, capaz de reabrirle dudas existenciales que consideraba resueltas sin ofrecerle una solución alternativa. Quizá por ello, “El lobo estepario” es un libro que puede leerse varias veces a lo largo de una vida con la impresión de estar enfrentándose a una novela distinta en cada una de ellas. Evidentemente, no habrán sido las letras impresas las que hayan cambiado su orden para fabricar un mensaje nuevo, sino la evolución de sus circunstancias vitales las que habrán mutado la mentalidad del receptor de ese mensaje. La conclusión es obvia y única: “El lobo estepario” no es una novela cualquiera, sino un espejo literario que forzará al que se mire en él a revisar ese tipo de detalles de sí mismo que habitualmente se esfuerza por olvidar.

En una de esas hipérboles eufóricas a las que le obligaba el mantenimiento de su imagen pública, Henry Miller dijo de Hesse que lo habría entendido en cualquier lengua del mundo, aunque no supiera una palabra de ella. Dejando a un lado que se trata de un juicio a posteriori realizado por alguien que sostenía poder emborracharse con agua, no cabe duda de que el espíritu de la frase será plenamente compartido por todo aquel que se guíe por una visión vitalista de la existencia. De hecho, Miller fue uno de los que más activamente contribuyeron a la difusión de la obra de Hesse en los Estados Unidos, lo cual no es de extrañar: se trata de dos de los escritores que más profundamente estudiaron los efectos de la soledad sobre el individuo y que más hicieron para liberar al ser humano del miedo a padecerla ―es decir, del miedo a encontrarse con uno mismo―: “Un hombre tiene derecho a estar a solas con la muerte sin que lo importunen los extraños”, cita atribuida a Meng Hsich, figuraba en el cartel de “bienvenida” que Hesse colgó en la puerta de su remoto refugio campestre de Montagnola.

Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines de otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza  hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella  época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama. Ahora ya esto había pasado, este cáliz había sido apurado, y ya no me lo volverían a llenar. ¿Habría  que lamentarlo? No. No había que lamentar nada de lo pasado. Era de lamentar lo de  ahora, lo de hoy, todas estas horas y días que yo iba perdiendo, que yo en mi soledad  iba sufriendo, que ya no traían ni dones agradables ni conmociones profundas.

Los padres de Hesse habían sido misioneros luteranos en la India, por lo que creció rodeado de objetos procedentes de aquellas culturas. Fruto de ello y de sus posteriores viajes al subcontinente y a diversas zonas de Indochina, sentía una gran atracción por las religiones orientales, especialmente por el budismo y el hinduismo. Por supuesto, eso no quiere decir que las profesara, ni mucho menos que, de haber tenido la desgracia de vivir lo suficiente como para conocerla, hubiese respetado esa especie de ensalada de bote simplista y errónea que actualmente se difunde en las redes sociales y en los centros cívicos. Hesse, por el contrario, las estudió en profundidad desde un punto de vista intelectual y extrajo su esencia filosófica para contrastar la lógica occidental desde otra perspectiva. En su opinión, las filosofías orientales le venían pequeñas al hombre del siglo XX, pero resultaban perfectamente aptas para integrar las lagunas de la forma de vida europea. En “El lobo estepario”, sin embargo, apenas vamos a encontrar una mínima referencia a ese orientalismo tan frecuente en su obra: por el contrario, son frecuentes las referencias a determinados iconos básicos de la cultura occidental, algunos de los cuales, como Mozart o Goethe, incluso tomarán vida como personajes en distintas partes del relato.

Aparté mi vaso, que la tabernera quería volver a llenarme, y me levanté. Ya no necesitaba más vino. La huella de oro había relampagueado, me había hecho recordar lo eterno, a Mozart y a las estrellas. Podía volver a respirar una hora, podía vivir, podía existir, no necesitaba sufrir tormentos, ni tener miedo, ni avergonzarme.

[…]

Un cementerio era nuestro mundo cultural, aquí era Jesucristo y Sócrates, eran Mozart y Haydn, Dante y Goethe, nombres borrosos sobre lápidas de hojalata llenas de orín, rodeados de hipócritas y confusos circunstantes, que hubieran dado cualquier cosa por haber podido creer todavía en las lápidas de latón que en otro tiempo les habían sido sagradas, y cualquier cosa por poder decir aunque sólo fuera una palabra seria y honrada de tristeza y desesperanza acerca de este mundo desaparecido, y a los cuales, en lugar de todo, no les quedaba otra cosa que el confuso y ridículo estar dando vueltas alrededor de una tumba. Furioso, acabé por cortarme la barba en el sitio de costumbre y estuve un rato tratando de arreglarme la herida; pero hube, sin embargo, de volver a cambiarme el cuello que acababa de ponerme limpio y no podía explicarme por qué hacía todas estas cosas, pues no tenía la menor gana de acudir a aquella invitación.

Si algo destaca sobremanera en la prosa de Hesse, es su tendencia a la introspección, tan acusada que supera el subgénero de la novela autobiográfica para exponer un verdadero análisis interior en tres de sus obras más celebradas: “Demian” (1919), “Shidarta” (1922) y la propia “El lobo estepario”, de las que se ha dicho que pueden ser consideradas como verdaderos ejercicios psicoanalíticos ―disciplina a la él mismo se sometió con discípulos directos de Carl Jung, o incluso con el propio Jung en contadas ocasiones―. Quizá ni siquiera en su poesía resulte tan evidente esta desnudez ante el público como en “El lobo estepario”, novela que horrorizó a buena parte de la crítica; no por el contenido en sí ―realmente duro, por otra parte―, sino porque evidenciaba que dentro de todo ser humano, incluso del más culto que se pueda imaginar, habita una fiera a cuyos instintos tan sólo frena un cierto sentido del decoro. Asesinatos, violaciones, antropofagia… Los verdaderos deseos refrenados de esa fiera dejan en meras convenciones sociales los principios éticos comúnmente aceptados: qué importancia podrían tener detalles frívolos como la propiedad privada o la libertad de pensamiento cuando la fiera pretende matar a quien le molesta y poseer a quien desea.

Uno, un tipo joven y elegante, saltó riendo al pecho de Pablo, lo abrazó y echó a correr con él. Y otro, que me gustaba a mí singularmente, un jovenzuelo de dieciséis o diecisiete años, echó a correr como un rayo por el pasillo, se puso a leer, ávido, las inscripciones de todas las puertas. Yo corrí tras él; se quedó parado ante una; leí el letrero:

TODAS LAS MUCHACHAS SON TUYAS.
ECHE UN MARCO.

El simpático joven se incorporó de un salto, de cabeza se arrojó por la ranura y desapareció detrás de la puerta.

También Pablo había desaparecido, también el espejo parecía que se había disipado y con él todas las numerosas imágenes de Harry. Me di cuenta de que ahora me encontraba abandonado a mí mismo y al teatro, y fui pasando curioso de puerta en puerta, y en cada una leía una inscripción, una seducción, una promesa. La inscripción ¡A CAZAR ALEGREMENTE! MONTERÍA DE AUTOMÓVILES me atrajo, abrí la puerta estrechita y entré.

Me encontré arrebatado, en un mundo agitado y bullicioso. Por las calles corrían los automóviles a toda velocidad y se dedicaban a la caza de los peatones, los atropellaban haciéndolos papilla, los aplastaban horrorosamente contra las paredes de las casas. Comprendí al punto: era la lucha entre los hombres y las máquinas, preparada, esperada y temida desde hace mucho tiempo, la que por fin había estallado. Por todas partes yacían muertos y mutilados, por todas partes también automóviles apedreados, retorcidos, medio quemados; sobre la espantosa confusión volaban aeroplanos, y también a éstos se les tiraba desde muchos tejados y ventanas con fusiles y con ametralladoras. En todas las paredes anuncios fieros y magníficamente llamativos invitaban a toda la nación, en letras gigantescas que ardían como antorchas, a ponerse al fin al lado de los hombres contra las máquinas, a asesinar por fin a los ricos opulentos, bien vestidos y perfumados, que con ayuda de las máquinas sacaban el jugo a los demás y a hacer polvo a la vez sus grandes automóviles, que no cesaban de toser, de gruñir con mala intención y de hacer un ruido infernal, a incendiar por último las fábricas y barrer y despoblar un poco la tierra profanada, para que pudiera volver a salir la hierba y surgir otra vez del polvoriento mundo de cemento algo así como bosques, praderas, pastos, arroyos y marismas. Otros anuncios, en cambio, en colores más finos y menos infantiles, redactados en una forma muy inteligente y espiritual, prevenían con afán a todos los propietarios y a todos los circunspectos contra el caos amenazador de la anarquía, cantaban con verdadera emoción la bendición del orden, del trabajo, de la propiedad, de la cultura, del derecho, y ensalzaban las máquinas como la más alta y última conquista del hombre, con cuya ayuda habríamos de convertirnos en dioses.

Lo cierto es que la historia personal de Hermann Karl Hesse es la historia de un desarraigo innato. Vino al mundo el 2 de julio de 1877 en una pequeña ciudad ―o pueblo grande― de Suabia llamada Calw, de la que una vez diría “aquí siempre me han tomado por medio extranjero, y la verdad es que lo soy”. Desde un punto de vista técnico, no mentía al afirmar tal extremo: su niñez y adolescencia transcurrió entre dicha localidad y Basilea, de donde era su madre, mientras que su familia paterna, históricamente asentada en Estonia, era de origen prusiano. Sin embargo, el novelista se refería más bien a una suerte de extranjería espiritual que le hacía sentirse fuera de lugar entre una población rústica con la que difícilmente podría haber sintonizado ―la incomprensión mutua entre el escritor y su ciudad natal parece tan condenada a la eternidad que, para honrar su memoria en la actualidad, al municipio no se le ha ocurrido mejor idea que organizar todos los años un festival de rock, lo que viene a ser como si en Tupelo, Misisipi, convocaran un ciclo de conferencias literarias para conmemorar el nacimiento de Elvis Presley―.

Con unos 13 años, fue internado por su padre en un seminario para que se integrara en la estirpe de misioneros que había dado sentido a su apellido durante sus últimas generaciones. No obstante, lo único que consiguió al sumergirlo en un ambiente tan opresivo fue que su hijo abandonase anticipadamente una carrera estudiantil que hasta entonces venía resultando brillante. Igualmente, en una carta fechada en 1892, Hesse se confiesa por primera vez asustado por sus tendencias suicidas, idea recurrente que ya le rondaría durante el resto de su vida. Por suerte, el futuro literato tuvo los arrestos necesarios como para abandonar el seminario e iniciar una precaria vida independiente probando suerte en múltiples oficios, entre los que se incluyen el de relojero o el de librero. Basándose en algunas de sus cartas, se sabe que ya en su adolescencia había decidido “ser escritor o nada”, por lo que seguramente tan sólo buscaba alguna forma de manutención temporal en dichos empleos, en los que rara vez aguantaba más de un par de meses.

El lobo estepario 2Tras mudarse a Basilea y haber conseguido publicar, sin éxito alguno, unos cuantos poemas y relatos, en 1904 sale a la venta su primera novela: “Peter Camenzind”, con la que obtuvo tal éxito que a partir de entonces pudo dedicarse exclusivamente a la literatura ―un caso tan inaudito como esperanzador―. El resto de su vida, sin embargo, no le regaló demasiados momentos de felicidad. Se casó en tres ocasiones y, con la posible excepción de su último enlace, sus convivencias maritales no fueron sino un carrusel de desencuentros y crisis psicóticas. Por si fuera poco, al igual que le ocurrió a otros escritores del ámbito germánico, como Stefan Zweig o Thomas Mann ―con quienes, por cierto, le unía una buena amistad―, su defensa del pacifismo y su tibieza a la hora de expresar opiniones políticas en público hicieron que fuera tachado de cobarde y traidor a la patria por los sectores más reaccionarios de la sociedad alemana ―que en aquellos momentos eran mayoritarios―. No obstante, al contrario que Zweig, que se definía a sí mismo como europeo, y a pesar de sus lazos con Suiza, Hesse siempre afirmó sentirse alemán y desear la victoria de su país en la Primera Guerra Mundial. De hecho, si no participó activamente en el conflicto ―en su lugar, sirvió en la Cruz Roja―, fue porque ya en 1900 había sido declarado inútil por culpa de su miopía.

Mucho tiempo estuve reflexionando también durante aquel paseo nocturno acerca de mi extraña relación con la música, y reconocí una vez más que esta relación tan emotiva como fatal para con la música era el sino de toda la intelectualidad alemana. En el espíritu alemán domina el derecho materno, el sometimiento a la naturaleza en forma de una hegemonía de la música, como no lo ha conocido nunca ningún otro pueblo.

Nosotros, las personas espirituales, en lugar de defendernos virilmente contra ellos y de prestar obediencia y procurar que se preste oídos al espíritu, al logos, al verbo, soñamos todos con un lenguaje sin palabras, que diga lo inexpresable, que refleje lo irrepresentable. En lugar de tocar su instrumento lo más fiel y honradamente posible, el alemán espiritual ha vituperado siempre a la palabra y a la razón y ha mariposeado con la música. Y en la música, en las maravillosas y benditas obras musicales, en los maravillosos y elevados sentimientos y estados de ánimo, que no fueron impelidos nunca a una realización, se ha consumido voluptuosamente el espíritu alemán, y ha descuidado la mayor parte de sus verdaderas obligaciones. Nosotros los hombres espirituales todos no nos hallábamos en nuestro elemento dentro de la realidad, le éramos extraños y hostiles; por eso también era tan deplorable el papel del espíritu en nuestra realidad alemana, en nuestra historia, en nuestra política, en nuestra opinión pública. Con frecuencia en otras ocasiones había yo meditado sobre estas ideas, no sin sentir a veces un violento deseo de producir realidad también en alguna ocasión, de actuar alguna vez seriamente y con responsabilidad, en lugar de dedicarme siempre sólo a la estética y a oficios artísticos espirituales. Pero siempre acababa en la resignación, en la sumisión a la fatalidad. Los señores generales y los grandes industriales tenían razón por completo: no servíamos para nada los «espirituales», éramos una gente inútil, extraña a la realidad, sin responsabilidad alguna, de ingeniosos charlatanes. ¡Ah, diablo! ¡La navaja de afeitar!

En 1946 se le concede el premio Nobel, que bien pudo constituir un consuelo tras haber contemplado como sus libros eran prohibidos y quemados por el III Reich. Aunque ya por aquel entonces su salud era bastante débil y apenas le quedaba algo de vista, el chico que ya quería suicidarse a los 15 años aún tendría que esperar hasta el 9 de agosto de 1962 para morir de un derrame cerebral mientras dormía, a la edad de 85 años.

Según Mario Vargas Llosa, “El lobo estepario” es la novela expresionista por excelencia, construida alrededor de un universo tan ficticio como simbólico donde las ideas son lo verdaderamente importante y donde los hechos tan sólo sirven como pretextos para desarrollarlas. Vargas Llosa equipara la prosa de Hesse con la pintura de George Grosz, y difícilmente alguien podría hallar una relación más acertada. No resulta complicado imaginarse a los personajes que deambulan por el libro con la apariencia, tan característica, de las figuras caricaturescas que pueblan los lienzos del pintor berlinés. Con sus deformidades, ambos reflejan una sociedad a la vez traumatizada, esquizofrénica y paranoica: el tipo de sociedad destrozada por una guerra terrible que hace todo lo posible por desencadenar otra peor.

Cuando editó su obra más polémica, Hesse ya contaba con un nutrido grupo de seguidores que la acogieron con verdadera incredulidad. No se trataba, ni mucho menos, del tipo de novela de alto contenido espiritual que esperaban de él. En su lugar, buena parte de su público se encontró con lo que se tomaron como una exaltación hedonista de todos los vicios a los que daban acceso los bajos fondos urbanos. Para rematar la función, a nadie le pasó desapercibido que las iniciales del protagonista de la novela, Harry Haller, eran las mismas que las de su autor, por lo que entendieron que en realidad se trataba de la confesión de un pretendido intelectual que en realidad se pasaba la vida de juerga. Y la verdad es que tampoco andaban tan desencaminados: el naufragio de su segundo matrimonio le había hecho refugiarse en el alcohol para mitigar el dolor, y durante una temporada fue asiduo de todo tipo de cabarets, tabernas y tugurios varios. Esa etapa, sin embargo, no había durado demasiado, y su final prácticamente coincide con el inicio del proceso creativo de “El lobo estepario”, por lo que, con ciertas dosis de misericordia, podemos tomárnosla como un mero ejercicio de “recopilación de experiencias”.

Tuve que bailar con ella dos o tres veces, y en un intermedio me presentó al que tocaba el saxofón, un hombre moreno, joven y bello, de origen español o sudamericano, el cual, como ella dijo, sabía tocar todos los instrumentos y hablar todos los idiomas del mundo. Este «señor» parecía ser muy conocido y amigo de Armanda, tenía ante sí dos saxofones de diferente tamaño, que tocaba alternativamente, mientras que sus ojos negros y relucientes estudiaban atentos y alegres a los bailarines. Para mi propio asombro, sentí contra este bello músico inofensivo algo como celos, no celos de amor, pues de amor no existía absolutamente nada entre Armanda y yo, pero unos celos de amistad, más bien espirituales; no me parecía tan justamente digno del interés y de la distinción sorprendente, puede decirse veneración, que ella mostraba por él.

Irónicamente, hoy en día “El lobo estepario” se ha convertido en una especie de libro de culto para todo tipo de inadaptados sociales, que creen ver en sus páginas un mensaje de simpatía y solidaridad sólo comprensible por huraños convencidos de su superioridad mental ―¡Ah, Harry, nos vemos precisados a taconear por tanta basura y por tanta idiotez para poder llegar a nuestra casa! Y no tenemos a nadie que nos lleve; nuestro único guía es nuestro anhelo nostálgico―. Sin embargo, basta realizar una lectura mínimamente atenta para determinar que la novela es, en realidad, todo lo contrario. Es cierto que Halles se comporta como una persona extremadamente insociable que demuestra una tendencia acusada a la soberbia intelectual, y no cabe duda de que, para reflejarlo de una manera tan fidedigna, Hesse comprendía de sobra ese tipo de mentalidad. No obstante, en realidad no la alaba, sino que la critica duramente, hasta el punto de que el libro no narra más que el proceso de cura de su protagonista, consistente en una reconquista de su propia sensualidad mediante su reconciliación con el mundo. Curiosamente, si no he contado mal, la palabra “soledad” se repite doce veces a lo largo del texto, “aislamiento” siete, “individuo” nueve y “odio” trece, pero todas ellas se encuentran en su primera mitad. El vocablo “amor”, por su parte, aparece en cincuenta y nueve ocasiones, cincuenta y ocho de ellas a partir del ecuador de la trama. Seguramente se trate de una casualidad.

El lobo estepario


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