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“Embajada a Tamorlán”, de Ruy González de Clavijo (1406).

CLAVIJO
Retrato idealizado de Ruy González de Clavijo. Biblioteca Nacional.

En 1402, Enrique III de Castilla envió unos embajadores a los lejanos y desconocidos dominios de Tamorlán, un simple guerrero asiático que, a base de carisma, astucia, brutalidad y ciertas actitudes de lo más arteras, había conseguido levantar un inmenso imperio alrededor de la legendaria ciudad de Samarcanda. Esta apasionante crónica, que ha sido comparada a “El libro de las maravillas” de Marco Polo, y cuyo verdadero y sencillo título es Vida y hazañas del gran Tamorlan con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, escrita por Ruy González de Clavijo, camarero del muy alto y poderoso señor Don Enrique Tercero de este nombre, rey de Castilla y de León, con un itinerario de lo sucedido en la embajada que por dicho señor rey hizo al dicho príncipe, llamado por otro nombre Tamurbec, año del nacimiento de mil y cuatrocientos y tres”, no narra la primera embajada enviada desde Castilla al misterioso imperio de Tamorlán, sino la segunda, puesto que Enrique III había librado una misión previa, que retornó con un emisario llamado Mahomat Alcagi. Lo poco que se sabe de él es que era un hombre de gran cultura que impresionó a la corte castellana con sus conocimientos. Una de las encomiendas de la expedición de González de Clavijo fue precisamente acompañar a este sabio de regreso a su patria. Todos los historiadores coinciden en que sin sus explicaciones y traducciones hubiese resultado imposible, no sólo la escritura de este libro, sino el viaje en sí.

Desconocido en la actualidad por la mayor parte de la población occidental, Tamorlán ocupa en la historia de las naciones centroasiáticas y de Oriente Medio un lugar de una importancia comparable a la de Carlos V o Napoleón en Europa, y está considerado como el segundo mayor conquistador asiático de todos los tiempos, tras Gengis Khan, del que algunos historiadores le consideran descendiente ―lo cual, teniendo en cuenta el número de inseminaciones exitosas que se le atribuyen al buen Khan, tampoco resultaba ningún prodigio―. A pesar de su trascendencia histórica, sus orígenes no están claros. Normalmente, en un ejercicio de ambigüedad sobresaliente, se le califica como “turco-mongol”, en referencia a las hordas otomanas y turcomanas que fueron arrastradas por Gengis Khan en su avance hacia poniente. Ruy González de Clavijo, que es el único cronista que le conoció en persona, nos habla de él como perteneciente a una tribu de tártaros; pero esto viene a ser como no decir nada, ya que en aquella época no existían los conceptos de etnia ni de nación y se denominaba tártaro prácticamente a todo guerrero nómada asiático:

Y esta mezquita y palacios era una de las cosas magníficas que el Señor hizo y mandó hacer hasta hoy: y estas obras mandó él hacer aquí por honor de su padre, que yacía allí enterrado, y por cuanto fue natural de aquella ciudad; y como quiera que él fuese natural de esta ciudad, no era de la generación de allí de esta tierra; antes fue de una generación que se llamaba Chacatays, que fueron Tártaros de natura, que vinieron de Tartaria a esta tierra, cuando otra vez la conquistaron Tártaros, y la señorearon según adelante vos será contado; y de aquí tuvieron este nombre Chacatays.

En los países de habla hispana se ha afianzado la grafía Tamorlán o Tamerlán; sin embargo, este personaje ha sido conocido como también Timur ―de hecho, es frecuente referirse a su imperio como Timuria o Timúrida―, Timurlenque, Tamurbeque, Timurbeque y Tamurbec, nombre éste por el que convenía referirse a él en su presencia:

y otrosí el Tamurbec es su nombre propio éste, y no Tamorlan, como nos lo llamamos, ca Tamurbec quiere decir en su propia lengua, tanto como Señor de hierro, ca por Señor dicen ellos Bec, y por hierro Tamur, y Tamorlan es bien contrario del su Señor, ca es nombre que le llaman en denuesto; porque Tamorlan quiere decir tullido, como lo cual él lo era tullido de la una anca derecha, y de los dos dedos pequeños de la mano derecha, de heridas que le fueron dadas robando carneros una noche, según adelante os será más largamente contado.

Reproducción en bronce del único busco original conocido de Tamorlán, donde se puede apreciar una combinación de rasgos mongoloides y caucásicos.

El envío de esta embajada hay que contextualizarlo dentro de la política exterior, muy avanzada para su época, que practicaba el monarca castellano. Ésta se estructuraba sobre dos pilares fundamentales: la paz perpetua con los reinos de la Cristiandad y todo tipo de hostigamientos y acciones preventivas contra las potencias musulmanas, a las que consideraba el enemigo común. En realidad, no era contra la fe musulmana contra la que se movía su animadversión, sino que ésta venía motivada por el pánico que en Occidente provocaba el avance imparable de los turcos por los Balcanes y el Mediterráneo oriental. Precisamente, el propósito de Enrique III a la hora de enviar unos emisarios al fin del mundo era el de trabar una alianza con Tamorlán para atrapar al Imperio Otomano en una especie de pinza. A Occidente habían llegado los relatos de las victorias de este caudillo sobre los turcos, a los que había arrebatado gran parte de sus territorios. Sin embargo, los monarcas europeos habían recibido una versión tan tergiversada que ni siquiera sabían que el propio Tamorlán era musulmán, sino que, probablemente espoleados en su fantasía por la ligera similitud fonética de ambos nombres, creyeron que se trataba del Preste Juan, un rey cristiano de leyenda ―o, más bien, una estirpe de reyes cuyo primer miembro habría sido uno de los Reyes Magos― que luchaba en tierras orientales contra la expansión del Islam. El origen de este mito se encuentra en un número indeterminado de misteriosas cartas que varios papas y emperadores bizantinos afirmaron haber recibido por parte del Preste. En teoría, en ellas describía su reino como riquísimo y poderoso, y daba ánimos al resto de la Cristiandad para acabar con los sarracenos, que tampoco eran tan fieros como se los pintaban. Hoy se sabe que la leyenda del Preste Juan contaba con una sólida base real, aunque no en la zona en la que se la situaba. Así, según posteriores testimonios de navegantes portugueses, este personaje de naturaleza casi feérica no sería sino el negus de Etiopía, que efectivamente era cristiano. No existe ninguna certeza de que los neguses enviaran esas supuestas misivas, pero no parece descabellado pensar que, ante la presión que árabes o turcos ejercieran sobre su territorio, en algún momento solicitaran ayuda militar a sus correligionarios europeos, así como que ofrecieran en contraprestación alguna de las riquezas que, sin duda, poseían los emperadores abisinios.

Precisamente, una de las cosas que Clavijo se preocupa de dejarle bien claro a su monarca ―que es a quién se dirige la crónica― es que su pretendido aliado es también mahometano; aunque de su relato se infiere que no se le podía citar como un seguidor del Corán precisamente ejemplar, puesto que sus días transcurrían entre orgías desmedidas donde el vino corría a hectolitros y se asaban caballos y carneros como si fueran patatas. De hecho, uno de los mayores honores que nadie podía recibir de Tamorlán era beberse de un trago y sin rechistar el inmenso copón de vino que él mismo le iba volcando en la cavidad bucal. Queda también claro que en Oriente no se tenía, al menos entonces, una concepción del mundo musulmán equivalente y contrapuesta a la de Cristiandad, sino que su día a día político se basaba en un juego de conquistas y reconquistas entre los caudillos de turno, a los que las creencias de sus enemigos no les importaban tanto como el valor de sus tierras. Hacía tiempo que esta situación, muy parecida a la que se daba entre los imperios de la Edad Antigua, se había vuelto inconcebible para la mentalidad occidental, puesto que si las guerras entre reyes cristianos también eran frecuentes, siempre se exigía contar con una mínima base jurídica para arrebatarse territorios entre sí.

La Eurasia política en 1403. Mapa extraído de Geacron.

El Tamorlán que se encuentran los embajadores resulta ser un monarca magnífico, convencido de llevar sobre su cabeza la corona más importante que jamás conociera el mundo; pero también un bárbaro de proporciones diabólicas:

Y este día hizo tan gran calor, y viento recio y caliente, que fue gran maravilla, y el viento era tan caliente que parecía que salía del infierno, y este día se ahogó el un halcón gerifalte: y de fuera de esta ciudad cuanto un trecho de ballesta estaban dos torres tan altas como un hombre podía echar una piedra en alto, que eran hechas de lodo y cabezas de hombres, y estaban otras dos torres caídas en tierra. Y estas torres que de cabezas eran hechas, eran de unas generaciones de gente que llamaban Tártaros Blancos. Y éstos eran naturales de una tierra que es entre la Turquía y la Siria. Y cuando el Tamurbec se partió de Sabastria, que la entró y se fue para Damasco: cuando la destruyó halló en el camino esta generación de gentes, y pusiéronle la batalla y venciólos, y tomó muchos de ellos presos, y enviólos a esa tierra de Damogan que poblasen en ella, que estaba mal poblada, y de que allí fueron, ayuntáronse todos en uno, y hacían su vida en el campo como solían: y de que fueron todos ayuntados en uno, quisiéronse tornar para su tierra, y metiéronse a robar y destruir cuanto hallaban, y caminaban cuanto podían por se tornar para sus tierras. Y ellos estando cerca de esta ciudad llegó la hueste del Señor, que los desbarató, y mataron cuantos hallaron, y de las sus cabezas mandó el Señor hacer aquellas cuatro torres, y eran hechas un lecho de cabezas, y otro de lodo.

Entre otras cosas sorprendentes, los embajadores descubrieron que la relación de Tamorlán con los otomanos no era ni mucho menos de guerra perpetua, sino que se había limitado a combates puntuales, generalmente motivados por desavenencias personales con el sultán del momento; pero no les consideraba sus enemigos mortales, entre otros motivos porque Tamorlán no concebía que en el mundo hubiese quien pudiera poner en duda su poder. Si de lo narrado hubiera que elegir a alguien que remotamente ocupara ese lugar, éste sería sin duda el emperador de Catay (China), que se atrevía ―sin demasiado éxito― a reclamarle tributos con la legitimidad que le confería portar el título de Gran Khan, dotado de una grandeza inimaginablemente superior a la de Emperador de la Cristiandad. Por todo ello, y porque tampoco daba la impresión de ser un hombre demasiado letrado, parece que Tamorlán no estaba en condiciones de comprender del todo bien el objeto de la misión castellana. Si bien les trató con un respeto y una cordialidad exquisita, en el tono cariñoso, pero naturalmente soberbio y paternalista, con el que habla de Enrique III se percibe, sin lugar a dudas, que nunca pasó de considerar como un halago muy sensato que uno de los muchos reyes de los francos ―como allí se conocía a todos los occidentales― quisiera rendirle pleitesía:

y de sí preguntóles por el señor Rey, diciendo: ¿Cómo está mi hijo el Rey? ¿Y cómo, le va? Y si era bien sano. Y los dichos Embajadores le respondieron, y dijeron su embajada bien cumplidamente, que los escuchó bien todo lo que quisieron decir; y de que hubieron dicho, el Tamurbec se volvió a unos Caballeros que estaban a sus pies sentados, que decían que era el uno de ellos hijo del Emperador Totamix, Emperador que fue de Tartaria; y otro que era del linaje de los Emperadores de tierra de Samarcante, y otros hombres grandes de su linaje del Señor, y díjoles: Catad aquí estos Embajadores que me envía mi hijo el Rey de España, que es el mayor Rey que hay en los Francos, que son en el un cabo del mundo; y son muy gran gente y de verdad; y yo le daré mi bendición a mi hijo el Rey: y bastara harto que me enviara él a vosotros con su carta sin presente, ca tan contento fuera yo en saber de su salud y estado, como en me enviar presente.

Es muy llamativo el empleo aparentemente indistinto de los títulos de Rey de Castilla y Rey de España; sin embargo, de una lectura atenta se infiere que el primero es el que se utiliza normalmente, mientras que el de Rex Hispaniae sólo se invoca en situaciones de conflicto o de gran honor. Así, Tamorlán habla del rey de España a mayor gloria propia, ensalzando la categoría de sus admiradores, mientras que los embajadores sólo afirman venir encomendados por el rey de España cuando, en el curso de su viaje de ida, una tropa de bandidos cae sobre ellos saliendo de Trapisonda:

Y otro día jueves, que fue primero día de Mayo, en la mañana el dicho Cabasica descendió de su castillo, y vino para do estaban los dichos Embajadores, y venían con él hasta treinta de caballo con sus arcos y flechas, y él venía en un buen caballo, y traía otrosí su arco y flechas, y de sí descendió él y todos los suyos, y sentóse, e hizo asentar a los dichos Embajadores cerca de sí, y díjoles: que él estaba en aquella tierra tan fragosa, como ellos velan, y era paso que se debía guardar de los Turcos, que eran sus vecinos, y que siempre vivía en guerra con ellos: y que no tenía que comer él ni los que con él estaban, salvo lo que le daban los que por allí pasaban, y robaban de tierra de sus vecinos; por ende que le quisiesen hacer alguna ayuda y cortesía de alguna ropa y de dineros: y los dichos Embajadores le dijeron, que ellos no eran mercaderes, salvo Embajadores, que su señor el Rey de España enviaba al señor Tamurbec, y que ellos no tenían otra cosa salvo aquello que llevaban al dicho Tamurbec.

Enrique III de Trastámara, «el Doliente», Rey de Castilla y de León. (Anónimo del siglo XV.)

Otro de los pasajes más interesantes del libro es la visita a Constantinopla, donde son recibidos por Manuel I, emperador de Bizancio, cuyo territorio por aquel entonces ya estaba reducido a la propia ciudad y cuatro o cinco islotes mal contados. Sin embargo, eso no era motivo para que este monarca siguiera comportándose como el único y verdadero descendiente de los césares, exhibiendo una grandeza desmesurada y algo paranoica, como si ignorara que su existencia era tan sólo tolerada por turcos, genoveses y venecianos, a los que les convenía contar con un puerto neutral en la zona para poder mercadear entre ellos. De este concreto relato descubriremos también que Clavijo llama Romanía a toda la zona balcánica que alguna vez estuvo dominada por Bizancio, y que se refiere a la capital indistintamente como Constantinopla y como Estómboli, revelando así que el origen del nombre de la actual Estambul es griego y no turco. Particularmente minuciosa resulta la descripción de la ciudad, que les es exhibida personalmente por la familia imperial como si se tratara de un cortijo, y en la que se habla de monumentos hoy ya desaparecidos, como la Columna de Justiniano:

En esta misma plaza ante la Iglesia estaba una columna de piedra muy alta a maravilla, y encima de ella estaba puesto un caballo de cobre, a tan alto y tan grande como podrían ser cuatro caballos grandes, y encima de él estaba una figura de Caballero armado, así mismo de cobre, con un plumaje muy grande en la cabeza a semejanza de cola de pavo. Y el caballo tenía unas cadenas de hierro atravesadas por el cuerpo que estaban atadas a la columna, que lo tenían que no cayese ni le derrocase el viento; el cual caballo es muy bien hecho, y está figurado con la una mano y con el un pie alzado, como que quiere saltar ayuso, y el Caballero que está encima tiene el brazo derecho alto, y la mano abierta, y con la mano izquierda del otro brazo tiene la rienda del caballo, y una pella redonda dorada en la mano, el cual caballo y Caballero es tan grande, y la columna tan alta que es una maravillosa cosa de ver: y esta maravillosa figura de Caballero que encima de esta columna estaba, dícese, que era del Emperador Justiniano, que edificó esta figura y esta Iglesia, e hizo grandes y notables hechos con los Turcos en su tiempo.

Ha sido esta detallada descripción, y no otra, la que ha servido para realizar las reproducciones artísticas de esa escultura ―derribada por los turcos pocas décadas más tarde― que hoy conocemos. No obstante, no podemos obviar la inexactitud histórica que encierra este pasaje: en los tiempos de Justiniano (483-565), los turcos eran aún un puñado de tribus nómadas perdidas por las estepas, por lo que es muy probable que el reconquistador de Roma ni siquiera hubiese oído hablar de ellos en toda su vida, como no fuera a través de relatos llegados por la Ruta de la Seda. La mención de los turcos como enemigos de uno de los monarcas más mitificados de la Edad Media se justifica, una vez más, por el inconcebible desasosiego que su amenaza provocaba a los soberanos occidentales.

Del viaje de ida también destacan las múltiples referencias que se hacen a las guerras habidas en el Mediterraneo occidental entre dos reyes a los que se llama Luis y Lanzalago. No he podido determinar con completa certeza a qué personajes históricos se refiere, entre otras cosas porque sólo he podido hallar referencias al nombre “Lanzalago” en la Crónica de Juan II, que prácticamente se limita a reproducir las palabras de Clavijo. Sin embargo, me atrevo a aventurar que se está refiriendo a Luis II de Anjou y a Ladislao de Nápoles, que en aquellos tiempos eran rivales al trono de este reino italiano. Como apoyo, en el texto se señala que la primera consorte de Lanzalago se llama Constanza y la segunda María, y lo cierto es que Ladislao de Nápoles estuvo casado con Constancia de Clermont, María de Lusignan y María de Enghien:

…y estos dichos lugares habían sido del Conde de Fondi, y ahora son del Rey Lanzalago, que se los había quitado por ocasión de la su guerra, y del Rey Luis: y las casas de la ciudad de Gaeta son muy hermosas de ver de partes de fuera, por cuanto dicen en ladera hasta el puerto, y son muy altas y con ventanas hasta el mar, y lo más hermoso de la ciudad es una calle llana que va a par del mar, y las otras calles son angostas y altas, malas de andar. Y en esta calle mayor es el meneo de esta ciudad, y en esta ciudad se tratan muchas mercaderías de cada año, y cuando el Rey Lanzalago había su guerra con el Rey Luis perdió todo el Reino, salvo esta ciudad, y de aquí salió y cobró todo su señorío.

Estando el Rey Lanzalago en esta ciudad, y siendo casado con Madama Costanza, hija de Monfrey de Charamete, partióse de ella, y casóla él mismo por fuerza con un su vasallo hijo de Micer Luis de Capua, y decían que el Rey mismo estando en la dicha Iglesia de la Trinidad les tomó las manos, y los casó a ojo de muy gran gente que allí estaban, y les hizo sus bodas, y decían que el Rey mismo tomó por la mano este día de sus bodas a la dicha su mujer, y que danzó con ella. Y la dicha su mujer decía muchas cosas y feas por plaza y calles, y decían que esto hacía el Rey por consejo de Madama Margarita su madre. Y después el Rey casó con la hermana del Rey de Chipre, que llamaban Doña María, y el Rey no tuvo hijos en Madama Costanza su mujer, como quiera que la tuvo un año y medio: pero el que ahora casó con ella ha hijos de ella, y el Rey Lanzalago ha una hermana que llaman Madama Joanela, y casó con el Duque de Sterlic, que es el Duque de Babera, y alábanla por muy hermosa mujer.

El viaje de regreso está narrado con mucho menor detalle, sobre todo por lo que se refiere a la travesía marítima, ya que en su práctica totalidad devuelve el mismo itinerario que el de ida. Sin embargo, las circunstancias de este retorno, inesperado y precipitado, resultaron ser mucho más dramáticas que las de la ida. Citados con Tamorlán un día cualquiera, al presentarse descubren de improviso que algo ha cambiado y que el caudillo no desea recibirlos. Pronto se enteran de que se halla gravemente enfermo, y a los dos días se les conmina a abandonar el país cuanto antes. Unas jornadas más tarde, ya en camino, se les informa de que el gran Señor ha muerto, y como si de la descomposición de un cuerpo se tratara, cada uno de sus feudos se lanza a tal orgía de violencia y anarquía que deben adentrarse en el desierto para conservarse con vida hasta llegar a tierra cristiana. La impresión que dan estos pasajes se asemeja a la que podemos experimentar cuando en una película se nos muestra a alguien tratando de escapar de un edificio en llamas que, pieza a pieza, va derrumbándose sobre su cabeza. Y no deja de resultar paradójico, y quizá moralizante, cómo finalmente consiguen salvar el pescuezo gracias a la colaboración con otros diplomáticos enviados por la persona contra la que, en principio, venían a trabar una alianza: el Gran Turco.

Ruta aproximada que siguieron los embajadores de Castilla.

Como ya hemos podido comprobar, “Embajada a Tamorlán” no es un libro de lectura sencilla. En realidad, la versión original en castellano bajomedieval puede llegar a hacerse insoportable o, en el mejor de los casos, muy difícil de comprender para quien no esté habituado. Por suerte, en 1984, Miraguano Editores lanzó una versión adaptada a la ortografía contemporánea, si bien respetando en la medida de lo posible el vocabulario y las estructuras gramaticales. Evidentemente, es a ésta versión a la que corresponden los fragmentos que he ido reproduciendo. Como muestra del lenguaje en que realmente fue escrita esta obra, reproduzco aquí un pequeño fragmento en el que se describe a una jirafa ―animal del que los embajadores ni siquiera habían oído hablar― que el sultán de Babilonia enviaba como regalo a Tamorlán:

…é otrosi llevaba seis avestruces é una alimania que es llamada jornufa, la qual alimania era fecha desta guisa : avia el cuerpo tan grande como un caballo, é el pescuezo muy luengo, é los brazos mucho mas altos de las piernas, é el pie avia asi como el buey fendido, é desde la uiía del brazo fasta encima del espalda avia diez y seis palmos: é desde las agujas fasta la cabeza avia otros diez y seis palmos, é quando queria enfestar el pescuezo, alzábalo tan alto que era maravilla, é el pescuezo avia delgado como de ciervo, é las piernas avia muy cortas según la longura de los brazos, que ome que la non oviese visto bien pensarla que estaba asentada aunque estoviese levantada, é las ancas avia derrocadas á yuso como búfano: é la barriga blanca, é el cuerpo avia de color dorado é rodado de unas ruedas blancas grandes: é el rostro avia como de ciervo , en lo baxo de fácia las narices: é en la frente avia un cerro alto agudo, é los ojos muy grandes é redondos é las orejas como de caballo, é cerca de las orejas tenia dos cornezuelos pequeños redondos, é lo mas dellos cobiertos de pelo, que parescian á los del ciervo quando le nascen, é tan alto avia el pescuezo é tanto lo estendia quanto queria, que encima de una pared que oviese cinco ó seis tapias en alto podria bien alcanzar á comer: otrosi encima de un alto árbol alcanzaba á comer las fojas del, que las comía mucho. Asi que ome que la nunca oviese visto, le páresela maravilla de ver.

Aun así, a pesar de la adaptación, el libro sigue manteniendo un estilo y una forma de expresión repleta de reiteraciones, repeticiones y subordinaciones concatenadas que rozan lo imposible, y que hoy en día resultarían intolerables desde un punto de vista literario. Sin embargo, no debemos caer en el tremendo error de juzgarlo con criterios actuales, porque una vez que nos adentremos en su lectura, comprobaremos que la obra está dotada de un ritmo difícil de emular, y que todas esas rarezas, que hoy condenaríamos como crímenes de redacción imperdonables, no son más que los principios estéticos de la época. La composición está tratada con gran delicadeza, y refleja una apariencia global tan armónica que me lleva a sospechar que Clavijo, posiblemente de manera automática, medía las sílabas de sus proposiciones casi como si se tratara de versos, con el fin de que no aparecieran grandes contrastes entre ellas, facilitando así al lector el acomodo en una lectura plácida y continua. Porque, aunque Clavijo ha pasado a la historia precisamente por protagonizar y narrar esta aventura, en su momento era bastante reconocido como escritor, si bien se ha perdido la práctica totalidad de sus obras.

En distintos pasajes de la obra puede detectarse que Clavijo también estaba dotado de un sentido del humor muy elegante, aunque parece que se contuvo en su exhibición, probablemente debido al carácter oficial de su crónica:

Y hacían venir a hombres que guardasen a los dichos Embajadores y a sus cosas de día y de noche, y que les guardasen otrosí los caballos, y si algo se hacía menos, habían de pagarlo aquel Concejo y lugar donde estuviesen, y si los del lugar donde llegaran, a cualquier hora que fuesen, no traían luego súbito lo que era menester, dábanles tantos palos y azotes que era maravilla, o enviaban luego por los mayordomos de la ciudad o villa o lugar donde llegaban, y traíanles ante estos Caballeros, y la primera pregunta que les hacían era de palos y de porrazos, que les daban tantos y tan sin duelo que era maravilla.

En definitiva, si alguien desea sumergirse en la lectura de “Embajada a Tamorlán”, antes debe mentalizarse de que se va a encontrar con algo que no se parece en nada a lo que probablemente esté habituado; pero si consigue adentrarse en ella libre de prejuicios y con ánimo curioso, pronto quedará atrapado por esta pieza fundamental de la prosa castellana y llegará a sentir la misma sorpresa y la tan reiterada maravilla que les aguardaba a los embajadores en cada uno de los días de su odisea hacia lo desconocido. Es tal la extrañeza que a veces demuestra Clavijo ante lo que se va encontrando, que supongo que el primer viaje que emprenda el ser humano hacia otros mundos habitados ―si es que alguna vez se descubre un mundo habitado― se asemejará a éste en muchos aspectos.



Recomendaciones: aunque parezca mentira, el libro de Ruy González de Clavijo no es una pieza fácil de encontrar en buenas condiciones. A la espera de que la RAE se decida a incluirlo dentro de su Biblioteca Clásica, la mejor edición que he visto, sin ser perfecta, es la que lanzó Castalia en 1999.



 

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