Icono del sitio líneas sobre arte

Junio de 2025

March Averry Kanaga
March Avery, 1950

Una gigante casi olvidada

Consuelo Kanaga (1894-1978) fue una verdadera pionera del fotoperiodismo, y no sólo como mujer, sino como una de las primeras personas en ejercer la profesión. A pesar de la sonoridad de su nombre, no tenía nada de hispana ni de japonesa. Nacida en Astoria, Oregón, su padre fue un importante jurista de lejanos orígenes suizos y su madre pertenecía a una de las familias más antiguas de los Estados Unidos. Si la bautizaron como Consuelo ―o Consuela, ni ella misma lo tenía muy claro―, fue porque les gustó el nombre, sin más.

Langston Hughes, ca. 1934
Milton Avery, 1950
Retrato de mujer, ca. 1925
Abstracción, 1948
Camelia en agua, 1927-1928

Comenzó su carrera con veintiún años en el San Francisco Chronicle y muy pronto adquirió un gran prestigio en todo el país. No sólo se codeó con ellos, sino que fue admirada y elogiada por Dorothea Lange, Alfred Stieglitz, Berenice Abbott, Ansel Adams o Edward Weston.

«Ella es un árbol de vida», 1950
Sin título, ca. 1925
Tennessee, 1950
«Tras años de trabajo duro. Tennessee», 1948
Manos, 1930
Harvey Zook, ca. 1940

Aunque siempre mostró una especial sensibilidad por denunciar situaciones injustas, especialmente las relacionadas con la segregación racial, reducirla al ámbito de la fotografía social supondría restarle importancia. Fue una retratista extraordinaria, probó el sabor de los últimos estertores del pictorialismo, desarrolló la fotografía documental, tonteó con la Nueva Objetividad, participó en la exposición “Family of Man” (1955), experimentó con la abstracción… Hay quien afirma que su obra bastaría para resumir la historia de la fotografía durante los sesenta años que se mantuvo activa. Como se verá, su estilo aúna una técnica exquisita, una gran capacidad de comunicación y, por encima de todo, una sutileza admirable.

La viuda Watson, 1922
Sin título (Nueva York), 1922-1924
Sin título, 1936
Sin título, ca. 1925
Angelo Herndon, 1936

Por qué fue inmediatamente olvidada tras su muerte es uno de esos misterios de la historia del arte que cuesta comprender. También le ocurrió, entre otros, a Bach, a Sorolla o a Proust, y hoy son referentes imprescindibles en sus respectivas artes, de modo que en cualquier momento podría llegar la rehabilitación de la fama de Consuelo Kanaga.

Sin título, 1935
Wharton Esherick, 1940
Joven de perfil, 1948
Annie Mae Merriweather, 1935

 

Un malo muy carismático

Primera aparición de Joker en las historietas de Batman, en el primer número de la revista «Batman» (primavera de 1940). Anteriormente, las aventuras del hombre murciélago venían publicándose en Detective Comics.

La polémica acerca de a quién hay que atribuirle la creación de Batman dura ya varios años y no parece que vaya a resolverse en breve. La de su archienemigo Joker, en cambio, está más que clara. Fue a Jerry Robinson al que se le ocurrió la idea de que el vengador de Gotham City se viese desafiado por un enemigo recurrente y él mismo ideó las características básicas del personaje inspirándose en el comodín de la baraja inglesa. Bill Finger, por su parte, volvió a demostrar su genialidad al elegir como modelo al personaje que interpretaba el actor Conrad Veidt en “El hombre que ríe” (Paul Leni, 1928), adaptación de la novela homónima de Victor Hugo (1868) ―cuyo protagonista es un joven aristócrata al que, siendo casi un bebé, le practicaron una operación denominada “bucca fissa” (“boca fija” en dialecto corso) para desfigurarlo y hacerle perder sus derechos sucesorios―.

Parece ser que, en esta ocasión sin demasiadas dudas al respecto, fue Bob Kane el que se encargó de amalgamarlo todo para dar a luz un diseño tan exitoso que apenas ha cambiado en más de ochenta años, al menos en las páginas impresas, donde innumerables dibujantes y guionistas, algunos de ellos entre los mejores de la historia, se han encargado de ir forjando uno de los mitos más sólidos de nuestra época.

Conrad Veidt en “El hombre que ríe” (1928)

En sus facetas cinematográfica y televisiva, y a pesar de que sus apariciones en estos medios son más bien escasas, las variaciones han resultado ser bastante más sustanciales. De lo que no se puede dudar es de que han solido ser muy exitosas.  De hecho, se da la circunstancia de que Joker es uno de los tres únicos personajes cuya interpretación ha merecido dos oscars: los ganados por Heath Ledger por “El caballero oscuro” (Christopher Nolan, 2008) y por Joaquin Phoenix por “Joker” (Todd Phillips, 2019). Los otros dos son Vito Corleone ―Marlon Brando por “El padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) y Robert De Niro por “El padrino II” (Francis Ford Coppola, 1974)― y Anita ―Rita Moreno por “West Side Story” (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961) y Ariana DeBose por “West Side Story” (Steven Spielberg, 2021)―.

Heath Ledger
Joaquin Phoenix

 

La Sarabanda que quiso Kubrick

En la actualidad, y desde hace ya bastante tiempo, las dos piezas más populares de Handel son su “Aleluya” y su “Sarabanda”. Ninguna de las dos es una obra independiente: la primera pertenece al oratorio “El Mesías”, HWV 56, (1741), de casi dos horas y media de duración, mientras que la segunda es el cuarto movimiento de su “Suite para clave n.º 4 en re menor”, HWV 437, (1703-1706). La fama de ambas composiciones es fruto de causas algo heterodoxas. Así, a lo largo de los últimos cien años, el “Aleluya” ha protagonizado bastantes más momentos cómicos que litúrgicos, habiendo llegado a institucionalizarse como tema de acompañamiento a escenas cinematográficas o televisivas en las que el protagonista se siente repentinamente aliviado por algo o se lleva una alegría del todo inesperada ―como que una obra doméstica concluya sin grandes catástrofes, que alguien se digne en descolgar el teléfono en un servicio de atención al cliente, que le ingresen en plazo una devolución tributaria, que un político reconozca haber metido la pata o sucesos incluso más milagrosos―.

La Sarabanda, por su parte, es conocida gracias a haber sido empelada en varios anuncios publicitarios, si bien la versión que se ha popularizado es una orquestación compuesta ex profeso por Leonard Rosenman para la banda sonora de “Barry Lyndon”, de Stanley Kubrick (1975). Rosenman fue alumno de Schönberg y creador de otras bandas sonoras de cierto éxito, como las de “Rebelde sin causa” (Nicholas Ray, 1955), “Al este del Edén” (Elia Kazan, 1955), “Viaje alucinante” (Richard Fleischer, 1966), “Un hombre llamado Caballo” (Elliot Silverstein, 1970) o la de “Regreso al planeta de los simios” (Ted Post, 1970), donde da rienda suelta a una brillante atonalidad ―menos inspirada en Schönberg que en Jerry Goldsmith y su partitura para la primera película de la saga antropóidea, todo hay que decirlo―. No obstante, fue el propio Kubrick quien tuvo la idea de orquestar una pieza originalmente compuesta para clavecín y que llegó a sus oídos por casualidad:

Esto surgió de otro problema sobre la música del siglo XVIII: no es demasiado dramática. La primera vez que me encontré con este tema de Handel fue a través de una interpretación de guitarra y, por extraño que parezca, me hizo pensar en Ennio Morricone. Creo que funcionó bien en el film, y la sencilla orquestación evitó que sonase fuera de lugar.

En realidad, Handel tampoco fue por completo original a la hora de componer su Sarabanda, sino que se basó en el viejo tema de la folia: una danza tardomedieval anónima surgida en algún punto de la península ibérica y que pronto se extendió por toda Europa. Desde entonces ha sido adaptada y variada hasta la extenuación, entre otros por Vivaldi, Bach, Salieri o incluso Rachmaninov.

En el siguiente vídeo podemos escuchar la Sarabanda orquestada, tal y como suena en “Barry Lyndon”, y, a continuación y tras un breve silencio, su interpretación al clavecín por Michele Benuzzi:

 

El clac más importante

Prácticamente todas las artes cuentan con sus instrumentos icónicos: el pincel y la paleta en la pintura, la propia cámara en la fotografía, el martillo y el cincel en la escultura, las zapatillas en la danza, las máscaras en el teatro, el compás en la arquitectura, el diapasón en la música… En el cine es la claqueta (clapperboard en inglés). Casi todo el mundo sabe cómo se utiliza, pero sólo un porcentaje más bien pequeño conoce su verdadera función.

No sólo sirve para lo obvio: identificar la película, el rollo ―si es que lo hay―, la escena y el número de toma que se ha filmado, sino que también tiene un cometido fundamental durante la fase de posproducción: sincronizar el sonido con la imagen, que generalmente son grabados a la vez durante el rodaje, pero en soportes independientes. Ése es el motivo por el que se hace chocar la barra superior ―o inferior en algunos casos― de la claqueta con su cuerpo inferior ―o superior―: ese clac marca el punto de referencia a partir del cual hay que unir ambas pistas en el estudio de montaje. Por supuesto, para que pueda lograr su propósito, el golpe debe ser muy rápido.

Como es lógico también, esta operación no resultaba precisa en los tiempos del cine mudo, de modo que la claqueta tan sólo comienza a emplearse a partir de finales de la década de 1920 ―aunque la primera prueba conocida de su uso en Hollywood data de 1932―. Su invención se le atribuye tradicional e informalmente al actor australiano Frank Thring, famoso por sus interpretaciones de Poncio Pilatos en “Ben-Hur” (William Wyler, 1959) y de Herodes Antipas en “Rey de reyes” (Nicholas Ray, 1961).

En cualquier caso, si realmente fue obra suya, no le resultó muy rentable el esfuerzo, porque a nadie hasta la fecha se le ha ocurrido registrar el ingenio ―no corran, por favor: les prometo que la Oficina de Patentes y Marcas va a desestimar sus solicitudes; quizá incluso con cierto sarcasmo administrativo―. No hay, por lo tanto, un inventor oficial de la claqueta, aunque sí que tendría cierto sentido que fuese Thring, porque su padre fue el propietario de unos importantes estudios cinematográficos en Melbourne y él trabajó allí desde pequeño.

A continuación, les invito a disfrutar de una de las secuencias más bonitas de una obra maestra como “La noche americana”, de François Truffaut (1973). En ella no sólo es posible apreciar en dos ocasiones el modo de utilización de una claqueta, sino también la belleza de la “Grand Choral”, pieza principal de la banda sonora de tintes barrocos compuesta por Georges Delerue, y la no menor belleza del rostro y las manos de Jacqueline Bisset:

Revista de prensa

Gagosian Quarterly – Painting Jazz: la revista trimestral de Gagosian incluye un artículo de John Szwed, uno de los expertos en jazz y cultura negra norteamericana más prestigiosos de la historia. En él analiza la conexión que siempre ha existido entre ese tipo de música y otras artes, sobre todo la pintura. Es un texto largo y, como resultará evidente, está en inglés; pero se trata de una exposición comprensible, amena y llena de referencias interesantes y reproducciones de cuadros que quizá supongan todo un descubrimiento para más de uno. Muy recomendable.

Finestre sull’Arte – Quando il mosaico contemporaneo è un inno alla vita. L’arte di Enzo Tinarelli: El mosaico nunca ha sido una disciplina artística fácil de clasificar. Con elementos comunes con la pintura, la escultura o la arquitectura, no acaba de ser ninguna de esas tres cosas, sino otra forma de arte con su propia personalidad. En la actualidad es frecuente que sea calificado más bien de artesanía, y creo que eso es debido a que es visto como una vía de expresión muerta que dejó de evolucionar en algún punto del tiempo, tal y como lo hicieron el latín o el sánscrito. No en vano, mientras que el arte permite la creación individual y original, la artesanía se basa en la réplica semiautomática de modelos establecidos. Y es obvio que entre nosotros siguen existiendo artesanos del mosaico ―podemos encontrar ejemplos de sus obras hasta en los baños de los hoteles―; pero también artistas, y a uno de ellos, Enzo Tinarelli, le dedica Finestre sull’Arte el siguiente artículo. Estoy seguro de que la obra de este italiano de Rávena, nacido en 1961, sorprenderá a muchos, y quizá a más de uno le despierte el interés por el mosaico contemporáneo.

Studio International – Christian Krohg: The People of the North: A menudo se identifica al naturalismo pictórico con el literario, y no cabe duda de que el espíritu de los artistas de ambas disciplinas estaba en plena sintonía: el caso de Blasco Ibáñez y Sorolla es paradigmático. No obstante, conviene no olvidar que prácticamente cada país tuvo su propia forma de naturalismo, adaptado a sus peculiaridades sociales, lo cual quizá permita incluir a los nacionalismos musicales en la ecuación.

«La madre dormida», 1883

Uno de los Estados más nacionalistas de aquella época, tanto en el sentido artístico como en el político, fue Noruega, y tuvo en el pintor Christian Krohg a su máximo exponente naturalista en las artes plásticas. Muy poco conocido fuera de Escandinavia, el Museo de Orsay le está dedicando una exposición que permanecerá abierta hasta el 27 de julio. Con ese motivo, la revista Studio Internacional le dedica un interesante artículo con varias reproducciones de su obra. Como se verá, llama mucho la atención su diferencia, casi oposición en el fondo y en la forma, con la de su compatriota y coetáneo Edvard Munch.

ArtNews – Debate Rages over Whether Rediscovered Klimt Painting Was ‘Smuggled’ out of Hungary: siempre que se descubre o, como en este caso, más bien se redescubre, un cuadro desconocido de un pintor famoso resulta difícil no sentir cierta extrañeza ante un elemento nuevo que, en mayor o menor medida, casi siempre viene a alterar el canon establecido de ese artista. En marzo ocurrió con el de un creador tan popular como Klimt, de quien en la feria TEFAF Maastricht se presentó ante el público el retrato del príncipe Guillermo Nii Nortey Dowuona, pintado en 1897 y visto por última vez en 1928. Klimt reflejó al príncipe ganés con un realismo rayano en lo fotográfico sobre un fondo difuminado. De algún modo, el estilo inconfundible del vienés está presente; pero con colores muy alejados de su paleta típica y con un lenguaje simbólico mucho más parco de lo habitual. Lo cierto es que no se trata de ninguna rara avis en esta etapa de la carrera del pintor: es sólo que se trata de la menos conocida por el público.
Este mes el cuadro ha vuelto a ser noticia, aunque por motivos algo más turbios. Realmente, no se sabe qué ha pasado con él durante casi un siglo, aunque todo indica que fue expoliado por los nazis ―de hecho, antes de volver a exhibirlo se llegó a un acuerdo monetario con los herederos del último propietario conocido, un coleccionista judío―. Según la galería austriaca que lo presentó, Wienerroither and Kohlbacher, una pareja apareció en su sede en 2023 para venderlo, sin tener ni idea de que se trataba del único óleo de Klimt en el mercado mundial. Sin embargo, ahora se ha denunciado que el cuadro permaneció en Hungría, en manos privadas, al menos entre 1950 y 2021, sin que se sepa ni cómo llegó a ese país ni cómo lo abandonó. Ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, sus consecuencias siguen provocando serios quebraderos de cabeza en los tribunales de medio mundo.

Recomendaciones

Patricia Highsmith: Diarios y cuadernos, 1941-1995.- Los diarios no tan íntimos ―de algún modo, sabía que tarde o temprano serían editados― y los cuadernos de notas y reflexiones de la creadora de Tom Ripley han sido reunidos en un volumen de más de 1.200 páginas editado por Anagrama. Se trata de una lectura apasionante tanto para los aficionados a la obra de Highsmith, que podrán saborear casi día a día como su carrera avanzó de la nada al éxito, como para los no iniciados, que contemplará cómo una joven llena de alegría y pasión va convirtiéndose en una señora medio alcohólica y tan harta de todo que termina prefiriendo la compañía de los caracoles a la de sus congéneres. Todo ello, además, con más de medio siglo XX como telón de fondo: la Segunda Guerra Mundial, las cazas de brujas, la guerra fría, los asesinatos de los Kennedy, las tensiones raciales y otros muchos sucesos históricos comentados día a día por la escritora en una suerte de hemeroteca privada. ¿Sabían ustedes que el hoy respetado y casi admirado Dwight D. Eisenhower fue considerado un populista inculto y ultraconservador cuando fue elegido presidente? Pues parece que así fue.

«El dibujante de Estambul», de Ersin Karabulut (2022).- Titulado originalmente «Journal inquiet d’Istanbul», se trata del primer tomo de la crónica autobiográfica del dibujante turco, que con un gran humor y soltura aúna en el mismo relato su pasión por el mundo del cómic con su terror por la deriva política de su país. En cierto modo, podemos hablar de una «Persépolis» (Marjane Satrapi, 2000) à la turque. El segundo volumen ya se ha lanzado en francés, pero aún no ha sido traducido al castellano.

«The Polaroid Book».- La compañía Polaroid fue fundada por Edwin H. Land en 1947, tras anunciar la invención de la fotografía instantánea ante la Sociedad Óptica de América. Desde el principio, decidió contratar a fotógrafos de prestigio para que pusiesen sus productos a prueba y dirigiesen su desarrollo, y el primero de ellos fue ni más ni menos que Ansel Adams, que permaneció treinta años en la empresa. Adams también fue el encargado de ir adquiriendo fotografías de grandes autores para formar la llamada Library Collection, que se convirtió en la piedra de toque de Polaroid: si una de sus cámaras no era capaz de igualar en calidad a la obra de los grandes maestros, era desechada. Posteriormente, la colección se fue agrandando con las mejores fotos obtenidas durante las pruebas, y aún más cuando se puso en marcha el programa de ayuda a artistas, mediante el que se regalaban equipos completos a fotógrafos prometedores. Este volumen recoge una selección de todos esos trabajos y constituye una gran oportunidad tanto de contemplar obras curiosas de grandes figuras (Helmut Newton, David Hockney, Robert Mapplethorpe, el propio Adams…), como de descubrir la de creadores de gran talento que no llegaron a alcanzar las mismas cotas de popularidad.

Salir de la versión móvil