
Una gigante casi olvidada
Consuelo Kanaga (1894-1978) fue una verdadera pionera del fotoperiodismo, y no sólo como mujer, sino como una de las primeras personas en ejercer la profesión. A pesar de la sonoridad de su nombre, no tenía nada de hispana ni de japonesa. Nacida en Astoria, Oregón, su padre fue un importante jurista de lejanos orígenes suizos y su madre pertenecía a una de las familias más antiguas de los Estados Unidos. Si la bautizaron como Consuelo ―o Consuela, ni ella misma lo tenía muy claro―, fue porque les gustó el nombre, sin más.
Comenzó su carrera con veintiún años en el San Francisco Chronicle y muy pronto adquirió un gran prestigio en todo el país. No sólo se codeó con ellos, sino que fue admirada y elogiada por Dorothea Lange, Alfred Stieglitz, Berenice Abbott, Ansel Adams o Edward Weston.
Aunque siempre mostró una especial sensibilidad por denunciar situaciones injustas, especialmente las relacionadas con la segregación racial, reducirla al ámbito de la fotografía social supondría restarle importancia. Fue una retratista extraordinaria, probó el sabor de los últimos estertores del pictorialismo, desarrolló la fotografía documental, tonteó con la Nueva Objetividad, participó en la exposición “Family of Man” (1955), experimentó con la abstracción… Hay quien afirma que su obra bastaría para resumir la historia de la fotografía durante los sesenta años que se mantuvo activa. Como se verá, su estilo aúna una técnica exquisita, una gran capacidad de comunicación y, por encima de todo, una sutileza admirable.
Por qué fue inmediatamente olvidada tras su muerte es uno de esos misterios de la historia del arte que cuesta comprender. También le ocurrió, entre otros, a Bach, a Sorolla o a Proust, y hoy son referentes imprescindibles en sus respectivas artes, de modo que en cualquier momento podría llegar la rehabilitación de la fama de Consuelo Kanaga.
Un malo muy carismático
La polémica acerca de a quién hay que atribuirle la creación de Batman dura ya varios años y no parece que vaya a resolverse en breve. La de su archienemigo Joker, en cambio, está más que clara. Fue a Jerry Robinson al que se le ocurrió la idea de que el vengador de Gotham City se viese desafiado por un enemigo recurrente y él mismo ideó las características básicas del personaje inspirándose en el comodín de la baraja inglesa. Bill Finger, por su parte, volvió a demostrar su genialidad al elegir como modelo al personaje que interpretaba el actor Conrad Veidt en “El hombre que ríe” (Paul Leni, 1928), adaptación de la novela homónima de Victor Hugo (1868) ―cuyo protagonista es un joven aristócrata al que, siendo casi un bebé, le practicaron una operación denominada “bucca fissa” (“boca fija” en dialecto corso) para desfigurarlo y hacerle perder sus derechos sucesorios―.
Parece ser que, en esta ocasión sin demasiadas dudas al respecto, fue Bob Kane el que se encargó de amalgamarlo todo para dar a luz un diseño tan exitoso que apenas ha cambiado en más de ochenta años, al menos en las páginas impresas, donde innumerables dibujantes y guionistas, algunos de ellos entre los mejores de la historia, se han encargado de ir forjando uno de los mitos más sólidos de nuestra época.
En sus facetas cinematográfica y televisiva, y a pesar de que sus apariciones en estos medios son más bien escasas, las variaciones han resultado ser bastante más sustanciales. De lo que no se puede dudar es de que han solido ser muy exitosas. De hecho, se da la circunstancia de que Joker es uno de los tres únicos personajes cuya interpretación ha merecido dos oscars: los ganados por Heath Ledger por “El caballero oscuro” (Christopher Nolan, 2008) y por Joaquin Phoenix por “Joker” (Todd Phillips, 2019). Los otros dos son Vito Corleone ―Marlon Brando por “El padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) y Robert De Niro por “El padrino II” (Francis Ford Coppola, 1974)― y Anita ―Rita Moreno por “West Side Story” (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961) y Ariana DeBose por “West Side Story” (Steven Spielberg, 2021)―.
La Sarabanda que quiso Kubrick
En la actualidad, y desde hace ya bastante tiempo, las dos piezas más populares de Handel son su “Aleluya” y su “Sarabanda”. Ninguna de las dos es una obra independiente: la primera pertenece al oratorio “El Mesías”, HWV 56, (1741), de casi dos horas y media de duración, mientras que la segunda es el cuarto movimiento de su “Suite para clave n.º 4 en re menor”, HWV 437, (1703-1706). La fama de ambas composiciones es fruto de causas algo heterodoxas. Así, a lo largo de los últimos cien años, el “Aleluya” ha protagonizado bastantes más momentos cómicos que litúrgicos, habiendo llegado a institucionalizarse como tema de acompañamiento a escenas cinematográficas o televisivas en las que el protagonista se siente repentinamente aliviado por algo o se lleva una alegría del todo inesperada ―como que una obra doméstica concluya sin grandes catástrofes, que alguien se digne en descolgar el teléfono en un servicio de atención al cliente, que le ingresen en plazo una devolución tributaria, que un político reconozca haber metido la pata o sucesos incluso más milagrosos―.
Esto surgió de otro problema sobre la música del siglo XVIII: no es demasiado dramática. La primera vez que me encontré con este tema de Handel fue a través de una interpretación de guitarra y, por extraño que parezca, me hizo pensar en Ennio Morricone. Creo que funcionó bien en el film, y la sencilla orquestación evitó que sonase fuera de lugar.
En realidad, Handel tampoco fue por completo original a la hora de componer su Sarabanda, sino que se basó en el viejo tema de la folia: una danza tardomedieval anónima surgida en algún punto de la península ibérica y que pronto se extendió por toda Europa. Desde entonces ha sido adaptada y variada hasta la extenuación, entre otros por Vivaldi, Bach, Salieri o incluso Rachmaninov.
En el siguiente vídeo podemos escuchar la Sarabanda orquestada, tal y como suena en “Barry Lyndon”, y, a continuación y tras un breve silencio, su interpretación al clavecín por Michele Benuzzi:
El clac más importante
Prácticamente todas las artes cuentan con sus instrumentos icónicos: el pincel y la paleta en la pintura, la propia cámara en la fotografía, el martillo y el cincel en la escultura, las zapatillas en la danza, las máscaras en el teatro, el compás en la arquitectura, el diapasón en la música… En el cine es la claqueta (clapperboard en inglés). Casi todo el mundo sabe cómo se utiliza, pero sólo un porcentaje más bien pequeño conoce su verdadera función.
Revista de prensa
Gagosian Quarterly – Painting Jazz: la revista trimestral de Gagosian incluye un artículo de John Szwed, uno de los expertos en jazz y cultura negra norteamericana más prestigiosos de la historia. En él analiza la conexión que siempre ha existido entre ese tipo de música y otras artes, sobre todo la pintura. Es un texto largo y, como resultará evidente, está en inglés; pero se trata de una exposición comprensible, amena y llena de referencias interesantes y reproducciones de cuadros que quizá supongan todo un descubrimiento para más de uno. Muy recomendable.
Finestre sull’Arte – Quando il mosaico contemporaneo è un inno alla vita. L’arte di Enzo Tinarelli: El mosaico nunca ha sido una disciplina artística fácil de clasificar. Con elementos comunes con la pintura, la escultura o la arquitectura, no acaba de ser ninguna de esas tres cosas, sino otra forma de arte con su propia personalidad. En la actualidad es frecuente que sea calificado más bien de artesanía, y creo que eso es debido a que es visto como una vía de expresión muerta que dejó de evolucionar en algún punto del tiempo, tal y como lo hicieron el latín o el sánscrito. No en vano, mientras que el arte permite la creación individual y original, la artesanía se basa en la réplica semiautomática de modelos establecidos. Y es obvio que entre nosotros siguen existiendo artesanos del mosaico ―podemos encontrar ejemplos de sus obras hasta en los baños de los hoteles―; pero también artistas, y a uno de ellos, Enzo Tinarelli, le dedica Finestre sull’Arte el siguiente artículo. Estoy seguro de que la obra de este italiano de Rávena, nacido en 1961, sorprenderá a muchos, y quizá a más de uno le despierte el interés por el mosaico contemporáneo.
Studio International – Christian Krohg: The People of the North: A menudo se identifica al naturalismo pictórico con el literario, y no cabe duda de que el espíritu de los artistas de ambas disciplinas estaba en plena sintonía: el caso de Blasco Ibáñez y Sorolla es paradigmático. No obstante, conviene no olvidar que prácticamente cada país tuvo su propia forma de naturalismo, adaptado a sus peculiaridades sociales, lo cual quizá permita incluir a los nacionalismos musicales en la ecuación.
Uno de los Estados más nacionalistas de aquella época, tanto en el sentido artístico como en el político, fue Noruega, y tuvo en el pintor Christian Krohg a su máximo exponente naturalista en las artes plásticas. Muy poco conocido fuera de Escandinavia, el Museo de Orsay le está dedicando una exposición que permanecerá abierta hasta el 27 de julio. Con ese motivo, la revista Studio Internacional le dedica un interesante artículo con varias reproducciones de su obra. Como se verá, llama mucho la atención su diferencia, casi oposición en el fondo y en la forma, con la de su compatriota y coetáneo Edvard Munch.
Recomendaciones
Patricia Highsmith: Diarios y cuadernos, 1941-1995.- Los diarios no tan íntimos ―de algún modo, sabía que tarde o temprano serían editados― y los cuadernos de notas y reflexiones de la creadora de Tom Ripley han sido reunidos en un volumen de más de 1.200 páginas editado por Anagrama. Se trata de una lectura apasionante tanto para los aficionados a la obra de Highsmith, que podrán saborear casi día a día como su carrera avanzó de la nada al éxito, como para los no iniciados, que contemplará cómo una joven llena de alegría y pasión va convirtiéndose en una señora medio alcohólica y tan harta de todo que termina prefiriendo la compañía de los caracoles a la de sus congéneres. Todo ello, además, con más de medio siglo XX como telón de fondo: la Segunda Guerra Mundial, las cazas de brujas, la guerra fría, los asesinatos de los Kennedy, las tensiones raciales y otros muchos sucesos históricos comentados día a día por la escritora en una suerte de hemeroteca privada. ¿Sabían ustedes que el hoy respetado y casi admirado Dwight D. Eisenhower fue considerado un populista inculto y ultraconservador cuando fue elegido presidente? Pues parece que así fue.
«El dibujante de Estambul», de Ersin Karabulut (2022).- Titulado originalmente «Journal inquiet d’Istanbul», se trata del primer tomo de la crónica autobiográfica del dibujante turco, que con un gran humor y soltura aúna en el mismo relato su pasión por el mundo del cómic con su terror por la deriva política de su país. En cierto modo, podemos hablar de una «Persépolis» (Marjane Satrapi, 2000) à la turque. El segundo volumen ya se ha lanzado en francés, pero aún no ha sido traducido al castellano.
«The Polaroid Book».- La compañía Polaroid fue fundada por Edwin H. Land en 1947, tras anunciar la invención de la fotografía instantánea ante la Sociedad Óptica de América. Desde el principio, decidió contratar a fotógrafos de prestigio para que pusiesen sus productos a prueba y dirigiesen su desarrollo, y el primero de ellos fue ni más ni menos que Ansel Adams, que permaneció treinta años en la empresa. Adams también fue el encargado de ir adquiriendo fotografías de grandes autores para formar la llamada Library Collection, que se convirtió en la piedra de toque de Polaroid: si una de sus cámaras no era capaz de igualar en calidad a la obra de los grandes maestros, era desechada. Posteriormente, la colección se fue agrandando con las mejores fotos obtenidas durante las pruebas, y aún más cuando se puso en marcha el programa de ayuda a artistas, mediante el que se regalaban equipos completos a fotógrafos prometedores. Este volumen recoge una selección de todos esos trabajos y constituye una gran oportunidad tanto de contemplar obras curiosas de grandes figuras (Helmut Newton, David Hockney, Robert Mapplethorpe, el propio Adams…), como de descubrir la de creadores de gran talento que no llegaron a alcanzar las mismas cotas de popularidad.
