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Septiembre de 2025

Las tinieblas de Léon Spilliaert

Autorretrato, 1909

Lo lógico sería que Léon Spilliaert gozase hoy en día de mayor reconocimiento y popularidad. Su mirada inquietante y sombría, pero a la vez delicada y hasta poética, tendría que casar a la perfección con los gustos actuales; quizá no con los predominantes, pero sí con los de una buena parte de la población aficionada al arte.

«Autorretrato con máscaras», 1903
Autorretrato, 1907
«La bebedora de absenta», 1907

Nacido en Ostende el 28 de julio de 1881 y fallecido en Bruselas el 23 de noviembre de 1946, Spilliaert fue pintor, grabador e ilustrador. No resulta extraño que en los libros de arte se le clasifique como simbolista, categoría que se ha ido convirtiendo en el cajón de sastre de la pintura europea desde mediados del XIX hasta los años veinte del siglo pasado. En su caso, además, se da la circunstancia de que ilustró varios libros de poetas del círculo simbolista belga, lo que también ha ayudado a que se le identifique con el movimiento ―si bien en la literatura el simbolismo cuenta hasta con su propio manifiesto, en otras artes, especialmente en la pintura, se trata de un constructo historiográfico creado en la segunda mitad del siglo XX―. No obstante, basta una pequeña mirada atenta a su obra para concluir que tiende mucho más hacia el expresionismo, o incluso al surrealismo en algunos aspectos.

«Autorretrato en el espejo», 1908
«Dique de noche», 1908
«Vértigo», 1908

El grueso de su producción lo conforman retratos, autorretratos y paisajes naturales y urbanos, todo ello impregnado por un gusto declarado hacia lo tenebroso y lo siniestro; con tendencia a la simplicidad en las formas, los colores y la composición e imbuido en una atmósfera crepuscular que en ocasiones actúa como bálsamo y en otras como vehículo de desasosiego. Su principal peculiaridad en el plano técnico es que nunca optó por el clásico óleo sobre lienzo, sino que realizó la mayor parte de su trabajo sobre papel, empleando sobre todo acuarelas, pasteles y diversos tipos de tinta; pero también medios que entonces eran considerados menos nobles, como la tiza, los lápices de colores o el gouache ―el antepasado inmediato de las témperas infantiles―, lo que llevó a que ni la crítica ni la mayor parte de sus colegas llegasen a reconocerlo nunca como a un pintor “serio”, sino más bien como ilustrador de oficio.

«Joven de la bufanda roja», 1909
«La bañista», 1910
«Mujer desnuda tendiendo una copa», 1910

A ello también contribuyó su notoria condición de autodidacta, de la que él se enorgullecía. A pesar de que recibió cierta formación en la Academia de Brujas ―que por aquel entonces era gratuita―, abandonó la institución tras una especie de trifulca con la dirección que nunca quedó demasiado clara. A partir de ahí tuvo que empezar a buscarse la vida entre Bruselas y París, ilustrando libros o realizando reproducciones en miniatura de obras clásicas. Mientras tanto, iba tratando de exponer su propia obra en cada salón que se convocaba; a veces con éxito, a veces sin él. Tan sólo en Bruselas consiguió que las galerías más importantes expusiesen y vendiesen algunos de sus cuadros.

«Claro de luna y luces», 1913
«La travesía», 1913
«Búho», 1918

No obstante, nunca sufrió penurias económicas, ni mucho menos. De hecho, puede decirse que triunfó profesionalmente; no así por lo que se refiere a conquistar la fama artística. El que, ya en su posteridad avanzada, tal fama se le siga negando es para mí algo tan chocante como misterioso.

Marina, 1924
«La puerta abierta», 1945

Levine, el genio de la música que murió cancelado

James Levine nació en Cincinatti el 23 de junio de 1943 y no tardó en convertirse en un virtuoso del piano a la antigua usanza, de los que con catorce años se permitían darles lecciones a los veteranos. Según Jay Nordlinger, crítico de música de The New Criterion, fue uno de los mejores directores de orquesta “que hayamos conocido”, y en su caso eso es como decir: “uno de los mejores de la historia”.

En 1971, Levine fue contratado por la Metropolitan Opera House de Nueva York y cinco años más tarde ya era su director artístico. Ya sea como titular o como invitado, condujo a las orquestas más importantes del mundo; pero, tras superar diversas enfermedades y recibir numerosos reconocimientos, su carrera concluyó de un día para otro en diciembre de 2017, cuando salió a la luz que había sido acusado de “depredador sexual” por cuatro varones que refirieron haber sufrido abusos por su parte en las décadas de 1960 y 1980. Aunque nunca llegó a ser juzgado, al menos una de las denuncias le resultó bastante verosímil a la policía de Nueva York. Al menos, eso ha declaro en varias ocasiones Peter Gelb, actual director artístico del Met, que fue quien tomó la decisión, “dolorosa, pero nada difícil”, de suspender de empleo a Levine, que murió en la más absoluta infamia tres años y medio más tarde.

Independientemente de si él fue o no el único responsable de que las cosas acabasen así, su final no deja de resultar triste ni tampoco le resta ningún mérito a su legado artístico, tanto material como en forma de influencia en otros músicos. En el campo fonográfico, se suele destacar su “Aida” (Giuseppe Verdi, 1871), grabada en 1985 con Leontyne Price, en la que fue la última ópera en la que actuó la soprano, así como el ciclo completo de “El anillo del nibelungo” (Richard Wagner, 1874), que dirigió para la Deutsche Grammophon entre 1987 y 1989, y docenas de excelentes interpretaciones como pianista. Dirigió también a la Orquesta Sinfónica de Chicago en la película “Fantasía 2000” (Varios directores, 1999) y presentó ante las cámaras el número estrella del largometraje: “Pompa y circunstancia” (Edward Elgar, 1904), tras recibir de manos de Mickey Mouse, en una preciosa escena que unía en el tiempo ambas películas, el relevo de Leopold Stokowski, director en “Fantasía” (Walt Disney, 1940). En cuanto a sus actuaciones en directo, la crítica suele recordar con especial admiración su “Fidelio” (Beethoven, 1805) y su “Requiem” de Verdi (1874), del que a continuación escuchamos su célebre “Dies Irae” en un ensayo general filmado diez días antes de que estallase el escándalo:

 

La ensalada renacentista

Uno de los géneros más curiosos de la historia de la música europea es la ensalada. A veces apellidada “renacentista” o directamente musical, se trata de un tipo de composición polifónica que se basaba en aprovechar y mezclar todo tipo de ingredientes, por lo que ya en su momento, desde finales del siglo XV a principios del XVII, fue denominada así —sí, sorprendentemente, ese sentido del término “ensalada” es tan antiguo; y aún más: parece que fue heredado del latín—. Los ritmos (binarios y ternarios, sobre todo), los estilos (madrigales, villancicos, romances, danzas, motetes…), los instrumentos, las métricas, las texturas, los temas, las estructuras y hasta los idiomas se combinan con una libertad y una imaginación extraordinarias. Se trataba de piezas destinadas, sobre todo, a amenizar las fiestas de la nobleza, por lo que no resulta nada extraño que también incluyan elementos cómicos, desde ironías cercanas a lo que hoy llamaríamos chiste, hasta onomatopeyas de todo tipo. Según escribió Juan Díaz Rengifo en su “Arte poética” (1644), la ensalada es:

Una composición de coplas redondillas, entre las cuales se mezclan todas las diferencias de metros, no solo españoles pero de otras lenguas, sin orden de unos a otros, al albedrío del poeta; y según la variedad de las letras se va mudando la música. Y por eso se llama ensalada, por la mezcla de metros y sonadas que lleva.

Aunque terminó triunfando en toda Europa y posteriormente en la América española —o España americana, como prefieran—, parece claro que su origen se halla en el ámbito ibérico, por lo que los idiomas más empleados son el castellano, el catalán, el occitano, el dialecto vizcaíno del euskera, el portugués, el italiano y el latín, con algunas aportaciones anecdóticas de otras lenguas.

El máximo exponente de estas composiciones fue Mateo Flecha el Viejo, llamado así para distinguirlo de su sobrino, el Joven, también músico. Gracias a éste último, que en 1581 publicó en Praga una colección de las obras de su tío, conocemos catorce de las únicas diecinueve ensaladas puras que han llegado hasta nuestros días, y ello a pesar de que tan sólo se conserva un ejemplar algo mutilado.

Como suele ocurrir con los artistas secundarios del siglo XVI español, no se sabe mucho de la vida de Flecha: que nació en 1481 en la localidad tarraconense de Prades, que ya en su madurez fue maestro de capilla de las catedrales de Lérida y Sigüenza y que, probablemente, también estuvo al servicio del duque del Infantado, en Guadalajara, del duque de Calabria, en Valencia, y al de la Casa de Austria, en Arévalo. Lo que es seguro es que terminó sus días como monje cisterciense en el Monasterio de Poblet, aunque se ignora cuándo tomó los hábitos. En ocasiones se le ha señalado como el inventor de la ensalada, pero lo cierto es que pueden hallarse precedentes en el Cancionero de Palacio, por lo que al menos habría que poner en duda esa creación. En cualquier caso, todo indica que llegó a ser un compositor muy afamado.

Por lo general, cuanto más antigua es una pieza musical, más difícil resulta su interpretación certera, de modo que es posible que en su tiempo sonasen de una manera algo distinta; pero las grabaciones actuales reflejan composiciones de gran delicadeza que invitan a la relajación, al contrario de lo que podría esperarse de una obra con las características de la ensalada. Cuando se trata de música antigua, la dirección de Jordi Savall probablemente constituya la mayor garantía de fidelidad y calidad que podamos encontrar en el mundo. a continuación podemos escuchar la grabación de “El fuego” que realizó al frente de su grupo habitual: Hespèrion XXI ―entonces todavía Hespêrion XX―:

 

Revista de prensa

Hi-Fructose – Chaotic Good: an interview with Laura Laine: Laura Laine es una ilustradora finesa con un estilo muy peculiar influenciado por el art déco, el grabado japones y el simbolismo decimonónico. Sus chicas espaguetizadas o vestidas con pieles que recuerdan al test de Rorschach han aparecido en las páginas de las principales publicaciones sobre moda del mundo. La revista digital independiente Hi-Fructose publica una entrevista con ella y la acompaña con una buena muestra de su trabajo.

Art Asia Pacific – New Currents, Xingzi Gu:La revista Art Asia Pacific ofrece una ventana a la escena artística oriental, tanto contemporánea como no tanto. Entre sus secciones, tiene una dedicada a presentar nuevos talentos en la que, de vez en cuando, es posible llevarse alguna sorpresa agradable. En esta ocasión, dedican un pequeño artículo a Xingzi Gu, una pintora china de 30 años (aunque educada en importantes universidades de los Estados Unidos) que, con un estilo definido muy interesante, combina el óleo y el acrílico para sumergir lo cotidiano en lo onírico. Es posible que pronto empecemos a verla más a menudo en la prensa especializada.

Sin título (luna y cereza). 2025

The Guardian – National Gallery to build £375m new wing and lift ban on post-1900 art: informa The Guardian de que la National Gallery de Londres va a acometer una ampliación muy importante, que tardará entre cinco y diez años en estar terminada y que se ha presupuestado en 375 millones de libras esterlinas. La obra forma parte del plan de modernización de la pinacoteca inglesa, que en los últimos tiempos ha perdido mucho terreno frente a otros museos nacionales europeos como el Prado o el Louvre, si bien su director, Gabriele Finaldi, cree que ese tipo de institución desmesurada no debe ser su modelo. Para Finaldi, parte del encanto de la National reside en que puede recorrerse tranquilamente en un día, y así debe seguir siendo. No obstante, parece que tiene pensado ampliar la colección, porque su segundo anuncio ha sido que el museo empezará a albergar arte creado a partir de 1900, un territorio que hasta ahora tenía vedado en virtud de un acuerdo con la Tate Gallery.

 

Recomendaciones

«Adaptation (El ladrón de orquídeas)», de Spike Jonze (2002).- Segunda colaboración, y última hasta la fecha, entre Jonze y el guionista Charlie Kaufman, que anteriormente ya habían alcanzado el éxito con «Cómo ser John Malkovich (1999). En esta ocasión, el peso del guion resulta incluso superior. Kaufman se presenta como el protagonista de su propia historia, sólo que como un personaje lleno de complejos y desquiciado ante el encargo de guionizar un libro que acaba de entender. Por si fuera poco, se ve obligado a aguantar día y noche al descerebrado de su hermano gemelo, Donald, que también quiere ser guionista y, a pesar de ser físicamente idéntico a Charlie, no sabe lo que es un complejo. Una comedia llena de ingenio y con grandes interpretaciones por parte de Nicholas Cage ―por raro que parezca―, Meryl Streep y Chris Cooper, que ganó el Oscar al mejor actor secundario. Un dato curioso es que Kaufman gastó la broma de firmar el guion como si lo hubiese escrito junto con su hermano en la película, de modo que ambos fueron nominados por la Academia: el Kaufman real y el inexistente.

«Strangeland», de Tracey Emin (2005).- Breves memorias de la artista más polémica de la ―ya de por sí polémica― generación de los Young British Artists. Quien, como yo hice, tome el libro con las lógicas cautelas que despiertan las últimas actuaciones de su autora descubrirá en seguida que está ante una gran obra literaria. No aprenderá casi nada sobre los entresijos del mundo del arte ni sobre los procesos creativos de Emin, pero disfrutará mucho de una prosa sorprendentemente buena y dotada de grandes dosis de inteligencia y sensibilidad, algo que no acaba de casar del todo bien con ese personaje público, a veces insoportable, en el que Emin parece sentirse tan a gusto. (El enlace que he incluido corresponde a la edición en inglés porque Amazon cree que la castellana está agotada; pero si la pide en su librería habitual, podrán encontrársela sin demasiados problemas).

«Japanese Woodblock Prints», de Andreas Marks (2021).- Quizá la mejor recopilación editorial de xilografías japonesas que jamás se haya llevado a cabo. Desde luego, la más amplia. Con alrededor de mil ilustraciones, recorre toda la historia de este arte, desde los inicios del ukiyo-e hasta la actualidad. Todo ello con la gran calidad fotográfica de la editorial Taschen y acompañado de un texto de Andreas Marks, experto en grabado japones del Instituto de Arte de Minneapolis.

 

 

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