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Los dibujos de Victor Hugo

Pulpo, 1866-1869 victor hugo
Pulpo, 1866-1869

La admiración que sentía Van Gogh por Victor Hugo es bien conocida. Nunca llegó a calificarlo como su escritor favorito, aunque en su correspondencia abundan las referencias  y los calificativos elogiosos a su obra:

Hay algo de Rembrandt en Shakespeare, y de Corrège en Michelet, y de Delacroix en Victor Hugo, e incluso hay algo de Rembrandt en el Evangelio y algo del Evangelio en Rembrandt.

Le consideraba tan espléndido como Rembrandt, algo que para Van Gogh suponía estar a un paso de la divinidad, y decía de él que era capaz de crear cosas tan alucinantes como las ilustraciones de Daniel Vierge. 

He estudiado un poco algunas obras de Hugo durante este último invierno. «El último día de un condenado» es un libro bellísimo sobre Shakespeare. Hace ya mucho tiempo que estudio a este escritor, es tan espléndido como Rembrandt.

En principio, todo parecería indicar que, dado que era el arte que dominaba, Van Gogh buscaba referentes pictóricos para alabar cualquier otro tipo de creación; sin embargo, nunca ha estado del todo claro si en esos fragmentos hablaba de la obra literaria de Hugo o de su mucho menos conocida faceta de pintor. Es muy probable que de ambas, entre otros motivos porque en una ocasión se refiere inequívocamente a los dibujos de edificios góticos de Hugo, si bien lo hace para señalarlos como inferiores a los grabados de Charles Meryon; eso sí, con mucha elegancia:

He visto dibujos de arquitectura gótica de V. Hugo. Pues bien, sin tener la ejecución poderosa y magistral de Méryon, había en ellos algo del mismo sentimiento.

«Ecce Lex», 1854. Con el título de «He aquí la Ley» o «Aquí tenéis la Ley» y parafraseando el «ecce homo» de Pilatos al presentar a Jesucristo apaleado y ridiculizado, este dibujo formó parte de la campaña (fallida) de Hugo para salvar de la horca a un asesino llamado John Tapner. Su oposición activa a la pena de muerte fue constante durante toda su vida y, años más tarde, y por mediación de H. D. Thoreau, autorizó que esta imagen fuese empleada en los Estados Unidos para protestar contra la ejecución del antiesclavista John Brown. (Tampoco acabó bien la cosa.)
Hombre ahorcado, 1855-1860. Con el mismo motivo que en el caso anterior, aunque de forma despersonalizada, en pocos ejemplos resulta más palpable la influencia de Goya sobre Victor Hugo.
Planeta, 1850-1855

Vistos desde la perspectiva actual, los dibujos de Victor Hugo podrían parecernos tétricos o siniestros, muy propios de un verdadero romántico; pero la realidad es que para él y en su momento no tenían nada de extraños. El hecho de que reflejasen tanta arquitectura gótica no respondía más que a su acérrima defensa de los restos del París medieval ―y, en general, de todos los vestigios románicos y góticos de Europa―, que veía en serio peligro de desaparición ante los antecedentes de lo que hoy llamaríamos especulación inmobiliaria. Nada, en  cualquier caso, que no hubiese hecho ya y de una manera mucho más explícita en su “Notre Dame de París” (1831), donde la catedral acaba resultando tanto o más importante que los protagonistas ―no caigamos en el tópico absurdo de decir que es un personaje más, por favor―. Más de treinta años más tarde, el literato, haciendo gala de esa legendaria falsa modestia con la que forjó su personaje público, afirmaba:

Estas cosas que la gente insiste en llamar mis dibujos… Las hago en los márgenes o en las cubiertas de los manuscritos durante horas de ensoñación casi inconsciente, con lo que le quede de tinta a la pluma.

El legado narrativo de Hugo es tan grandioso que debería haber podido sostenerse por sí mismo durante toda la historia sin necesidad de crear ningún pilar en forma de bonhomme, pero es posible que no hubiese llegado hasta nosotros sin ese alter ego popular que su autor se fue fabricando ―aunque resulta imposible verificar los datos, ni siquiera calcularlos, se ha asentado la creencia de que su funeral reunió a la mayor aglomeración de la historia de Francia―. Un mero vistazo resulta más que bastante para descubrir la obviedad de que sus dibujos no estaban hechos con las gotas que le sobraban dentro del cálamo ―estratégica afirmación con la que, además de aparentar humildad, conseguía hacerles partícipes de las mismas sangres que habían dado a luz a sus letras―. Nadie se pone a dibujar distraídamente y le salen cosas así; ni mucho menos le aparecen encima carboncillos, gouaches de colores y hasta acuarelas por arte de magia. Los “dibujos” de Victor Hugo son mucho más que dibujos: muchos son auténticas pinturas o, como mínimo, ilustraciones potenciales de primer nivel. Y son más de cuatro mil… Demasiados como para ser fruto exclusivo de momentos de ensoñación.

«La ciudad y el castillo de Vianden a la luz de la luna», 1871
Hongo, 1850
«El rey de los auxcriniers», 1864. Un auxcrinier es un ser fantástico propio del folklore de Guernsey, donde Victor Hugo pasó quince años exiliado por su oposición a Napoleón III. Durante este periodo, entre otras obras notables, escribió «Los miserables» (1862), a mi juicio, una de las cimas de la literatura universal.

Aunque comparten su espíritu, los dibujos de Victor Hugo rara vez guardan relación con su producción literaria, de modo que no estamos hablando propiamente de ilustraciones. La realidad es Hugo nunca trató de exhibirlos y tan sólo vieron la luz que proyectasen los ojos de su círculo más íntimo de amistades, que tampoco es que fuese un círculo íntimo de andar por casa. Delacroix, por ejemplo, sentenció que, además de en la literatura, su amigo habría sido el más grande del siglo si se hubiese dedicado también a las artes plásticas. Hugo nunca negó su afición por la pintura, especialmente por el grabado, y se sabe que admiraba especialmente a Durero, Rembrandt y Goya. Parece ser que el papel y las diversas tinturas constituyeron su refugio anímico durante las etapas en las que el dolor le impidió escribir, como en 1843, cuando su hija Léopoldine murió ahogada en el Sena junto con su marido, con diecinueve años recién cumplidos y embarazada de tres meses ―por si fuera poco, Victor Hugo se enteró por la prensa durante unas vacaciones en Guipúzcoa―.

«El castillo alegre», 1847
«Ruinas en un paisaje», 1870
«Recuerdo de España», 1850. Siendo un niño, durante el reinado de José Bonaparte, Victor Hugo residió durante unos dos años en Madrid, en la calle de la Reina. Después realizó varias visitas a España a lo largo de su vida, sobre todo al País Vasco. No se sabe cuántas ni exactamente cuándo, dado que se trataba de escapadas con su amante.

Es prácticamente seguro que Van Gogh y Victor Hugo nunca se conocieron personalmente y, sabido lo que se sabe de sus respectivos caracteres, resulta más que posible que, tras un primer acercamiento presidido por la simpatía mutua, no hubiesen tardado en comenzar a lanzarse objetos contundentes. No obstante, por intereses personales, por los temas tratados, por el sentido de la estética y por su afinidad ideológica y social, a nadie debería extrañarle que Van Gogh se mostrase maravillado ante la literatura de Victor Hugo, ni tampoco ante su pintura.

«Encaje y espectros», 1855-1856. A pesar del gran número de dibujos de Hugo que se conservan, tan sólo unas pocas decenas pueden ser exhibidos. El resto se encuentran tan deteriorados que acabarían destruidos de ser expuestos a la luz.
«El castillo del ángel», 1863
«Vianden vista a través de la tela de una araña», 1871


Recomendaciones: actualmente hay editadas dos recopilaciones de los dibujos de Victor Hugo. El primero, el publicado en francés en 2020 por Paris Musees, la institución pública que organiza y coordina a los museos parisinos. Incluye los alrededor de setecientos dibujos que se encuentran depositados en las dos casas-museo del autor: la de París y la Guernsey.

Más reciente y más genérico es «Astonishing Things: The Drawings of Victor Hugo», que, tomando precisamente como título el elogio de Van Gogh al que antes se hacía referencia («cosas alucinantes»), fue editado hace pocos meses por la Royal Academy of Arts.



 

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