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Antonio Palacios y su Madrid granítico

Antonio Palacios dirigiendo las obras del Círculo de Bellas Artes
Antonio Palacios dirigiendo las obras del Círculo de Bellas Artes.

Aunque hoy resulte difícil de creer, Madrid no comenzó a convertirse en una verdadera gran capital europea hasta bien entrado el siglo XX, y no se trató precisamente de un camino de rosas. La historia de su desarrollo urbanístico está repleta de sorpresas, errores, demoras y datos estupefacientes. Por poner un ejemplo, no fue hasta el 4 de abril de 1910 cuando Alfonso XIII, llevando a cabo el que probablemente fuera el trabajo físico más duro de su vida, asestó el piquetazo de honor con el que se inauguraban las obras de construcción de la Gran Vía. Lo verdaderamente llamativo es que todo aquel complejo viario llevaba proyectado desde el reinado de su abuela, Isabel II, sin que hasta entonces se hubiesen llevado a cabo progresos significativos. Los motivos de que la ejecución se retrasase más de medio siglo no resultan fáciles de determinar. Factores tan impropios de este país como el exceso de burocracia, la dejadez, la corrupción, las penurias económicas, los individuos incompetentes en puestos clave, el sobreendeudamiento, las redes clientelares, la picaresca, el dogmatismo, los intereses electorales, los tributos caprichosos, los enchufes, el nepotismo, la demagogia, la cabezonería, las absurdeces, las falsas creencias… Todos ellos, en mayor o menor medida, coadyuvaron a que el cierre del ensanche madrileño llegase a percibirse como el destino inalcanzable de un camino ruinoso.

S. M. Alfonso XIII, acompañado de la recientemente popular reina Victoria Eugenia, firma el acta de la inauguración de las obras. Nótese la acusada doblez del espinazo tras el esfuerzo realizado.

Lo que sí que parece estar claro es que fue el propio rey el que le dio el impulso final a la obra, y, según varios historiadores, debido a un cierto sentimiento de inferioridad personal ante las suntuosas y modernas capitales que solía encontrarse en sus viajes de Estado, de los que en cierto modo fue inventor —entre los méritos de un monarca tan denostado puede apuntarse el que comprendiese antes que nadie las necesidades de la diplomacia contemporánea, así como sus esfuerzos conciliadores y humanitarios durante la Primera Guerra Mundial, que estuvieron cerca de ser premiados con el Premio Nobel de la Paz—. Esas comparaciones odiosas, que el monarca no podía evitar cuando salía del país, también influyeron en el desarrollo acelerado del Metro de Madrid, que ya contaba con una extensión respetable en 1919, cuando las dimensiones de la ciudad aún permitían que, prácticamente desde cualquier parte, se pudiese llegar andando al centro en menos de media hora.

Templete de la estación de metro de la Gran Vía (1919), pocos meses después del final de la Guerra Civil.

Fue en ese contexto de arrebato constructor cuando Antonio Palacios llegó a Madrid, como muchos otros chicos de pueblo lo hacían todos los días. Lejos estaba de imaginar entonces que acabaría encarnando el espíritu de una ciudad de apariencia y carácter casi provincianos, a la altura de Turín en cuanto a número de habitantes y muy por debajo de París, Londres o Berlín, pero que deseaba crecer hasta poder codearse con ellas. Todo ello había ido conformando un municipio acomplejado en muchos aspectos, pero tampoco exento de unos delirios de grandeza que hacían urgente la construcción de edificios modernos y señeros que proclamasen su condición capitalina tanto dentro como fuera de España. Debido a lo precario de los censos de la época, ni siquiera se sabía si por aquel entonces estaba más poblada que Barcelona, aunque solía darse por hecho que no, y realmente no llegaría a estarlo con claridad hasta después de la Guerra Civil.

Casa Consistorial de Porriño (1924)

Antonio Palacios había nacido el 8 de enero de 1874 en Porriño, donde sigue siendo considerado su hijo más ilustre y donde podemos encontrar muestras destacadas de su producción, como la propia casa consistorial. Cuando se estableció en Madrid, siendo poco más que un adolescente crecido, la capital de España contaba con una colonia gallega muy nutrida y muy unida donde las diferencias de clase, todavía algo parecido a un sistema de castas, quedaban bastante desdibujadas. En su seno buscó cobijo Palacios, y muy pronto se granjeó un buen círculo de amistades entre las que se encontraba Valle-Inclán, ocho años mayor que él. No obstante, quizá las cosas no acabasen del todo bien entre ellos, porque casi treinta y cinco años más tarde, en 1934, nuestro literato más peculiar ―a mi juicio― publicó un artículo en el que, entre otros firmes llamamientos a la paz y a la concordia entre los españoles, destacamos el siguiente:

Es una vergüenza. Hay que derribar inmediatamente ese Círculo de Bellas Artes, y ese Ministerio de Instrucción Pública, y ese Palacio de Comunicaciones, y medio Madrid… Lo bonito de las revoluciones es lo que tienen de destructor. Se ha dicho mucho sobre la quema de conventos, pero la verdad es que en Madrid no se quemaron más que cuatro birrias que no tenían ningún valor. Lo que faltó ese 14 de abril, y yo lo dije desde el primer día, es coraje en el pueblo, que no debió dejar ningún monumento.

Palacios estudió primero ingeniería en la Universidad Politécnica y después obtuvo el título de arquitecto con una calificación global de notable, algo que en aquellos tiempos no era nada sencillo. Además, se hizo amigo de su compañero de estudios Joaquín Otamendi, con quien formaría un tándem profesional al comienzo de su andadura y con cuyos hermanos, los ingenieros José María y Miguel, diseñadores y desarrolladores del Metro, colaboraron en diversos trabajos.

Casa palacio de Demetrio Palazuelo (1911)

Con Otamendi firmó proyectos de enorme envergadura, como el Palacio de Comunicaciones, más conocido hoy como “de Cibeles”, sede del Ayuntamiento desde noviembre de 2007 y primera obra cuya dirección asumieron en la capital tras ganar el concurso público correspondiente. La encomienda consistía en levantar la que sería la sede central de Correos y Telégrafos, que además tenía que ser, porque sí, la más grande del mundo. Lo acabaron logrando, pero su construcción se convirtió en una verdadera pista abrasiva para su educación práctica y la confianza en sí mismos. La desproporción faraónica del edificio, más grande que la sede postal de Nueva York para menos de la quinta parte de población, no sólo implicaba dificultades técnicas, sino que constituía un campo de cultivo ideal para la proliferación de todos los males endémicos antes enunciados, especialmente para todo lo que significase distraer dinero público con cualquier excusa. Todo ello, unido a una burocracia tan intrincada como terca, y compuesta casi exclusivamente por recomendados, provocó que el palacio tardase doce gravosos años en ser levantado. Mientras tanto, Palacios y Otamendi tuvieron tiempo de ir diseñando y terminando el edificio de las Cariátides ―que en la actualidad alberga al Instituto Cervantes―, el Círculo de Bellas Artes y muchos otros hoy ya desaparecidos, como el Hotel Florida, derribado en 1964 y en cuyo solar se yergue hoy El Corte Inglés de Preciados-Callao. A veces sorprende comprobar cómo el arte plástica con más apariencia de solidez deviene también en la más efímera en la mayoría de los casos.

El Palacio de Comunicaciones recién inaugurado. La ostentosidad del edificio resultaba tan evidente ya entonces que, incluso antes de estar concluido, se extendió por Madrid la costumbre burlesca de denominarlo «Nuestra Señora de las Comunicaciones».

El estilo de Antonio Palacios es tan difícil de confundir como de calificar. Él se declaró varias veces seguidor de la Escuela de Chicago, pero parece que se refería más bien a sus gustos como observador que a sus influencias como artista, es decir: a que le gustaba estar al tanto de lo que iban haciendo; no a que asumiese sus postulados como propios. La realidad es que nunca construyó ningún edificio que pueda identificarse plenamente con esa corriente, quizá porque entendía que a España le correspondía otro tipo de grandeza arquitectónica, más acorde con la tradición europea y con sus peculiaridades nacionales o incluso regionales. Un principio indudable de su arquitectura, si bien nunca enunciado expresamente, era que en cada lugar había que construir con lo que se tuviese más a mano, por motivos de economía y también de identidad. De hecho, no falta quien ha propuesto que su obra se estudie como si se tratase de la de dos arquitectos distintos: el Palacios madrileño y el Palacios gallego, con un estilo más uniforme éste último, marcado por la rudeza de los materiales y frecuentes referencias a las construcciones medievales.

Templo Votivo del Mar (1937), en Nigrán (Pontevedra). Este edificio constituye una buena muestra del profundo respeto que Palacios sentía por el arte de la arquitectura: a punto estuvo de quedarse sin el proyecto porque el encargo inicial incluía el derribo de unas ruinas visigodas, a lo que él se negó en rotundo. Los restos arqueológicos no sólo acabaron siendo conservados con su asesoramiento, sino que los tomó como inspiración para erigir el nuevo templo, que puede considerarse una mezcla de estilos medievales, desde el musulmán hasta el bizantino.

Uno de los pocos elementos que unía ambos estilos era la utilización del granito, un material que conocía muy bien, dado que la familia de su madre llevaba varias generaciones explotando diversas canteras. El matiz es que mientras que esta roca formaba parte de la tradición gallega desde tiempos inmemoriales, en el ámbito general de la arquitectura se consideraba un material pobre y hasta indigno. Es tan duro que nadie se planteaba decorar con él, pero Palacios se dio cuenta de que tan sólo resultaba preciso fabricar máquinas pulidoras de mayor potencia. Fue él quien consiguió dignificarlo incorporándolo a sus edificios madrileños: las columnas del actual Instituto Cervantes, edificado en su origen como sede para el Banco Español del Río de la Plata, constituyen el primer ejemplo documentado, al menos en España, del empleo del granito en un elemento decorativo. Por un lado, lo consideraba cómodo y versátil; por otro, siempre lo relacionó con una suerte de homenaje a su tierra natal. A medida que iba ganando experiencia, se iba reafirmando en su convencimiento de que emplear los materiales naturales de cada zona, principalmente las rocas, resultaba tan necesario como astuto, y además servía para crear una especie de ligazón paternofilial entre los edificios de un país y el suelo sobre el que se asientan —aunque la roca más abundante bajo Madrid es la caliza, la sierra de Guadarrama es granítica—. Es como si la propia tierra se elevase para crear las construcciones, tal y como en tiempos primordiales se había alzado para formar las montañas. De este modo, no sólo el granito, sino diversas piedras autóctonas forman parte de su paleta. En algunas ocasiones, Palacios lo denominó “arquitectura regional”, reconociendo que su fuente principal de inspiración eran las construcciones rústicas.

Edificio de las Cariátides (1918)

En la escena internacional se le suele encuadrar dentro del Movimiento Moderno por simple comodidad cronológica, porque estilísticamente su obra tiene muy poco que ver con la arquitectura racionalista. De hecho, se refirió al clasicismo como: “el canon de la belleza permanente e inmortal” cuando fue criticado por el resultado del Círculo de Bellas Artes, dotado de tantos brindis a la Antigüedad y al ornato que si Ayn Rand se hubiese topado con él, es muy probable que le hubiese dado un soponcio. El edificio ya estuvo marcado por la gresca desde el primer momento, dado que ganó un concurso con cuyas bases no cumplía —se pasaba un poco de altura—. No obstante, hoy se ha consolidado como una de las construcciones que más miradas atrae en Madrid, beneficiado, claro está, por su privilegiada ubicación, presidiendo la confluencia entre la Gran Vía y la calle de Alcalá y casi enfrente de su hermano: la actual sede del Instituto Cervantes.

Edificio del Círculo de Bellas Artes (1926)

Una de las virtudes más valiosas en cualquier buen profesional es la sensatez, y en el caso de un arquitecto pasa a convertirse en algo muy conveniente para la integridad física de las personas. Lo sensato dicta, por ejemplo, que un hospital debe ser un lugar amplio y muy bien ventilado e iluminado, pero esos dictados rara vez eran seguidos. Pensando en la mejor manera de lograr esas condiciones de salubridad, Palacios diseñó una planta sorprendente para el Hospital de Maudes o de San Francisco de Paula: partiendo de un centro de planta octogonal irregular, diáfano e iluminado cenitalmente, los cuatro pabellones destinados a albergar a los pacientes se extendían formando un aspa, mientras que de los cuatro lados restantes del octógono partían el resto de las dependencias del complejo. A pesar de que nunca fue concebido como nada que no fuese servir como centro sanitario y asistencial, hoy nadie exhibe el más mínimo complejo al llamarlo Palacio de Maudes; y lo cierto es que un palacio parece.

El Hospital de Maudes en dos instantáneas tomadas poco después de su inauguración.

En su origen, se trataba de un hospital para jornaleros promovido por Dolores Romero —doña María de los Dolores Romero y Arano, mejor dicho—. Viuda de uno de los fundadores del Banco de España, esta mujer decidió dedicar su fortuna a la filantropía, canalizándola principalmente a través de dos fundaciones: el internado de San Nicolás de Bari, en Teruel, y el hospital que aquí nos interesa en términos arquitectónicos y en cuya cripta reposan sus huesos. La idea de levantarlo le surgió tres años antes, cuando un accidente en las obras de construcción del Canal de Isabel II sepultó a cientos de obreros, matando al menos a treinta de ellos e hiriendo o mutilando al resto. El suceso horrorizó a todo el país, en gran parte porque el hospital más cercano se hallaba en Atocha, a unos seis kilómetros de distancia, y varios de los trabajadores perdieron la vida durante el traslado. Resultaba por lo tanto precisa la existencia de un hospital en la zona, y además debía ser gratuito ―aunque ya se habían comenzado a esbozar las primeras líneas de un sistema de seguridad social, su aplicación práctica seguía siendo casi inexistente―.

Planta del Hospital de Maudes.

Una vez levantado, su administración se cedió a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y fue inaugurado el 23 de junio de 1923. No obstante, no fue honrado con su primer ingresado hasta el 4 de julio. Lo curioso del asunto —o no tanto— es que el hospital no recibió su licencia de funcionamiento hasta casi un año más tarde, de modo que puede decirse que se dedicó a las curaciones en la clandestinidad, al menos desde el punto de vista oficial. En 1964 quedó abandonado y fue pasto de todas las inclemencias, incluidas las humanas y las animales. Su deterioro llegó a hacerse tan acusado que pasó a ser conocido como “la casa de los gatos”, y si hoy sigue en pie no es sino gracias a su compra en 1984 por la Comunidad de Madrid, entonces presidida por Joaquín Leguina, para albergar una consejería.

El Hotel Florida (1920) pocos años después de su inauguración. La influencia estética de la Escuela de Chicago parece obvia, si bien se trata de un edificio de características muy distintas a las de los principales ejemplos de ese estilo. Durante la Guerra Civil sirvió de alojamiento a los corresponsales extranjeros, y anteriormente había sido un centro de reunión de la intelectualidad. En sus habitaciones se hospedaron Hemingway, Dos Passos, Malraux, Unamuno, Chaplin, Lorca, Saint-Exupery, Robert Capa y Gerda Taro, Lillian Hellman…

Colaborando con los Otamendi, Palacios también fue el encargado de diseñar muchas de las primeras estaciones del Metro y sus bocas, pero de todo eso tan sólo quedan vestigios aislados, como el vestíbulo de la estación de Pacífico ―hoy museizado y fuera de uso―, algunas filigranas de hierro o una réplica del templete que había en la esquina entre la Gran Vía y Montera, cuyo original fue parcialmente trasladado a Porriño en 1970 como monumento a su autor. La relación de Palacios con el Metro siempre fue muy estrecha, y aunque, como vemos, casi todo lo que creó para la empresa ha sido destruido o remodelado hasta la desfiguración, hay algo intangible que ha permanecido prácticamente inalterado hasta nuestros días: el logotipo, convertido ya prácticamente en otro icono de la capital de España.

Vestigios de la estación de Pacífico (1923). El desarrollo de las obras del metro coincidió con la epidemia de la gripe española. En un momento dado, se extendió sospecha de que ambos hechos estaban relacionados, seguramente por haberse metido a remover algo del subsuelo que estaba bien donde siempre había estado. La idea cobró tanta fuerza que Gregorio Marañón, nombrado ex profeso consejero de Sanidad, tuvo que salir a desmentirlo. Era tal el respeto y la admiración que se había ido ganando entre el pueblo que la patraña quedó olvidada en pocos días.

Lo cierto es que Palacios alcanzó una gran popularidad en todo el país durante una buena temporada, y en especial en Madrid, donde cada uno de sus actos creativos era celebrado como todo un acontecimiento cultural, o bien criticado con una visceralidad muy rara vez vista hacia una obra arquitectónica. Su celebridad trascendió fronteras y llegó a ser considerado el heredero de Gaudí como el arquitecto español más conocido en el extranjero y, no en vano, podemos sostener que en su momento su huella supuso para Madrid mucho más que la gaudiniana para Barcelona. Es muy probable que ese favor mayoritario del público y esa simpatía prácticamente unánime que inspiraba jugasen muy a su favor cuando, tras la caída de Madrid en manos nacionales, no fue represaliado de forma alguna, a pesar de que había permanecido allí durante toda la defensa. Eso sí, tuvo que renunciar a la mayor parte de los proyectos urbanísticos que había ido acumulando durante la conflagración y dar su beneplácito expreso y público a la estética arquitectónica que traía el régimen de Franco ―que a Palacios le debía de parecer de todo menos estética―.

Antigua Casa Comercial Palazuelo (1921)

Aún se levantó algún proyecto importante suyo hoy desaparecido, como la sede del Banco Mercantil e Industrial en la calle de Alcalá, 31; pero que había sido proyectado en 1935. Todo parece indicar que la guerra y sus consecuencias terminaron por desanimarle y se retiró de la arquitectura real para pasarse a la especulativa, con proyectos que en ocasiones parecen sacados de un tebeo de ciencia-ficción, como una “Gran Vía aérea” sostenida por dieciséis enormes pilares en cuyo interior podrían albergarse tiendas y restaurantes con un aforo total de cien mil personas.

Diseño de Antonio Palacios para la Gran Vía aérea.

Así, entre proyectos etéreos y auténticas ensoñaciones ―técnicamente edificables, pero imposibles desde un punto de vista económico―, transcurrieron los últimos seis años de la vida de Antonino Palacios. No deja de resultar irónico que un hombre que hoy es recordado por la monumentalidad de su obra acabase disfrutando de la pasión de su vida en lo que él llamaba su cuarto de no estar: un estudio de poco más de cuatro metros cuadrados diseñado por él mismo en un rincón de la vivienda. Algo que a veces se olvida es que fue, ante todo, un erudito en múltiples disciplinas, pero sobre todo un fanático de la primera de las artes y una de las personas que más han sabido jamás sobre materiales y estilos: era capaz de disertar durante horas de cualquier forma de arquitectura, desde la Antigüedad clásica hasta los últimos estilos, como el brutalismo, que estudió con mucha curiosidad.

Casa Matesanz, 1923

No podemos caer en la superficialidad de traducir esa amalgama estilística como un intento de exhibición. En realidad, Palacios empleaba sus conocimientos en la búsqueda de soluciones arquitectónicas a los problemas que se le iban presentando. Buena muestra de ello era que no desdeñaba ningún material, por muy mala prensa que tuviese en la época. No obstante, esa admiración por épocas pasadas y ese personalismo resultante no le vinieron nada bien a la hora de ser juzgado por las generaciones posteriores de arquitectos, entre las que denostarlo pasó pronto a convertirse en un lugar común. No ha sido hasta hace relativamente poco, ya en democracia, cuando su obra volvió a ser respetada y posteriormente reivindicada. Por el camino, varios de sus edificios han sido destruidos o dramáticamente modificados.

Anuncio aparecido en la prensa argentina en 1934 que reproduce el edificio del Banco Español del Río de la Plata, actual sede del Instituto Cervantes. Se trató de una poderosa institución financiera de capital mayoritariamente argentino, de cuando Argentina era poderosa y disponía de capital ―del suficiente como para establecer bancos por medio mundo―. En 1947 se transformó en el Banco Central, ya con un accionariado completamente español.
Réplica del monolito original de la estación de Cuatro Caminos. Cuando Palacios dejó de trabajar para la compañía, el Metro de Madrid apenas contaba con 20 km de vía, aproximadamente la quinceava parte de su longitud actual; sin embargo, en aquel momento era percibido como una infraestructura colosal. De hecho, en proporción era bastante más usado que ahora: 180 millones de pasajeros anuales entonces por 737 en la actualidad.

Muy recientemente, se ha querido achacar su progresivo olvido más a las rancias formas de la época que a la estupidez de sus sucesores, cargando las tintas en el hecho de que, con cincuenta años cumplidos, se casase con su ama de llaves. El problema es que eso ocurrió en 1924 y su carrera no se paralizó hasta el comienzo de la Guerra Civil, doce años más tarde.

El logotipo del Metro de Madrid no ha sufrido apenas cambios desde que fue diseñado por Palacios.
Como arquitecto de la entonces llamada Compañía del Ferrocarril Metropolitano Alfonso XIII, cargo que ocupó más de un cuarto de siglo, Palacios diseñó todo tipo de elementos en las cuatro primeras líneas del metro, incluidas las subestaciones eléctricas, de una sencillez que demuestra bien a las claras que no seguía dogma alguno a la hora de proyectar, sino que siempre buscaba la solución más adecuada al caso. Aquí la belleza no resultaba en absoluto necesaria.

Murió en su Madrid de adopción la noche de Reyes de 1945; no olvidado, pero sí un poco ninguneado. Sospechoso de leal a la República para los franquistas y sospechoso de franquismo para los que no vivieron la guerra, su nombre no volvió a la primera fila de la actualidad hasta 1987, cuando el Museo Municipal de Madrid organizó una exposición sobre la arquitectura madrileña de la primera mitad del siglo XX. Aquella ocasión fue tomada como excusa para recolocar a Palacios dentro de la historiografía mediante la publicación de diversos estudios sobre su obra. Hasta entonces, prácticamente lo único con lo que se contaba era con el número 106 de la revista Arquitectura, editada por el Colegio de Arquitectos en octubre de 1967 como un ensayo monográfico escrito por el también arquitecto Adolfo González Amézqueta, que comienza su trabajo con una breve introducción que casi suena a disculpa y que ilustra a la perfección la imagen que se tenía de Palacios en aquel tiempo:

Cuando hace un par de años comencé a preparar un estudio sobre la obra de Antonio Palacios lo hice más que nada animado por el deseo de profundizar en el mito de un arquitecto conocido superficialmente, pero catalogado casi unánimemente como el prototipo del arquitecto monumentalista, de grandes facultades, pero vuelto de espaldas a los problemas que estaban por entonces condicionando la evolución de la arquitectura hacia la modernidad. La calidad innegable y atrayente de los detalles más visibles en algunas obras de Palacios me inclinaron a desbrozar y analizar una obra que se presentaba, en principio, como un paradigma de los escapismos grandilocuentes y megalómanos, fruto de los últimos estertores de la cultura del ochocientos. […] Analizar el más monumentalista y desaforado […] podía presentar casi caricaturizadas las razones y las sinrazones de esta modalidad arquitectónica […]. Podía ser clarificador conocer la obra del más ególatra y grandilocuente —según los juicios precedentes— de los arquitectos españoles del último siglo.

A continuación, el autor pasa a detallar cómo, a medida que iba sumergiéndose en el estudio, iba cambiando la imagen que tenía de Palacios, sobre todo a raíz de entrevistarse con profesionales que trabajaron con él y de conocer los porqués de cada aparente excentricidad de su compañero difunto. Su obra se le reveló entonces como mucho más compleja de lo que había prejuzgado y, sobre todo, con cimientos muy sólidos en su entorno, tanto en el físico como en el cultural. Por supuesto, tampoco aboga por endiosarlo ni por aceptar sin reservas cada una de sus decisiones, pero sí por despojarlo de etiquetas vacuas, estudiarlo con la misma atención y respeto que merecen el resto de los grandes arquitectos de la historia y, sobre todo, aprender de las soluciones que encontró a los múltiples problemas técnicos con que se topó a lo largo de su carrera, porque si algo destacaban de Palacios sus colaboradores, aparte de su amabilidad y simpatía, era su facilidad para encontrar salidas originales donde la ortodoxia sólo veía muros insalvables.

Interior del Círculo de Bellas Artes.

El legado de Palacios podrá gustar más o menos, pero no cabe duda de que aúna la suficiente calidad como para merecer su conservación, algo que rara vez hay que justificar en cualquier otro arte que no sea la arquitectura. Dejando a un lado que la grandiosidad no tiene por qué ser necesariamente mala ni fea —o podemos ir demoliendo las pirámides—, las pocas investigaciones efectuadas indican que las manifestaciones de ese rasgo en algunos de sus edificios responden a condicionantes impuestos y no a su propio gusto, como lo demuestra la humildad de su propia residencia y hasta de su tumba. Sus restos se trasladaron en 1976 a su querido Porriño, donde hoy siguen descansando bajo un sencillo epitafio: “Antonio Palacios. Arquitecto”.

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