Raymond Carver y el minimalismo que no existía
«A Small, Good Thing» o, como se ha titulado en castellano, «Parece una tontería» es uno de esos relatos que se recuerdan toda la vida: cualquiera que lo haya leído puede atestiguarlo.
El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. Después de mirar las fotografías de pasteles pegadas en las páginas de una carpeta de anillas, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. El que escogió estaba adornado con una nave espacial y su plataforma de lanzamiento bajo unas cuantas estrellas blancas, y con un planeta escarchado de color rojo en el otro extremo. El nombre del niño, SCOTTY, iría escrito en letras verdes bajo el planeta. El pastelero, un hombre mayor con cuello de toro, escuchó sin rechistar mientras ella le decía que el niño cumpliría ocho años el lunes siguiente.
Scotty sufre un accidente volviendo del colegio y, aunque llega a casa por su propio pie, pronto pierde el sentido y ha de ser ingresado en un hospital. Es el único hijo del matrimonio cuya mujer ha encargado la tarta y, como suele ocurrir en estos casos, ambos padres se ven obligados a enfrentarse a la angustia y a la incertidumbre que les provoca el estado del niño, que parece estar cambiando cada cuarto de hora. Por supuesto, en semejantes circunstancias nadie se acuerda de avisar al confitero de que el pastel no va a poder ser recogido, por lo éste llama al número de teléfono que la madre de Scotty le había facilitado. Pero no es ella quien le contesta, sino su marido, que no sabe nada de ningún encargo y al que la llamada le parece de muy mal gusto. A partir de entonces, ignorando lo que le ha pasado al niño y sospechando haber sido víctima de una tomadura de pelo, el pastelero comenzará a revelar facetas de su personalidad un tanto desasosegantes.
La escena final resulta por completo inesperada y viene a confirmar que si el homo sapiens sigue comportándose a diario como un ser civilizado, no es sino gracias a grandes esfuerzos por mantenerse bien atado dentro de sí mismo. El lector que ya sepa todo eso se sorprenderá al comenzar a leer otro relato del mismo autor, «El baño», que comienza así:
El sábado por la tarde la madre fue en coche a la pastelería del centro comercial. Después de mirar un álbum con fotografías de pasteles pegadas en las hojas, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. Era una tarta adornada con una nave espacial y una plataforma de lanzamiento bajo una cascada de blancas estrellas. El nombre, SCOTTY, iría escarchado en verde como si fuera el nombre de la nave.
El pastelero le escuchó con circunspección cuando ella le contó que Scotty iba a cumplir ocho años. Era un hombre mayor, y llevaba un delantal harto curioso: una pesada prenda cuyas cintas le pasaban bajo los brazos y le rodeaban la espalda y volvían de nuevo al frente, donde acababan en un enorme nudo.
Al principio pensará que sencillamente le han cambiado el título al cuento, para poco después casi indignarse al no encontrar el desenlace recordado ni otros muchos detalles que seguramente se le hayan quedado grabaos. ¿Qué misterio es éste?, se preguntará. ¿Qué le han hecho a mi relato favorito? ¿Cuántas versiones hay? ¿Por qué lo han recortado de esta manera? ¿Ha sido otra vez cosa del traductor, ese maldito supervillano?… Aunque parezca difícil de creer, en esta ocasión no fue él quien se encargó de enmendar los obvios errores en los que, a su juicio superior, había incurrido el escritor original. Esta ver el traditore fue el editor.
Raymond Carver (1938-1988), que tenía la misma cara que uno le puede imaginar al pastelero de sus cuentos, alcanzó un éxito increíble en los Estados Unidos a principios de los años 80. A una crítica literaria, la norteamericana, que lleva como doscientos años esperando el advenimiento de «La Gran Novela Americana» ―yo creo que, por nombrar dos, con «Moby Dick» (Herman Melville, 1851) y «Al este del Edén» (John Steinbeck, 1952) ya tienen más de una, pero bueno…― le dio por ensalzar de repente a un escritor de cuentos, como si esperasen que esa promesa novelesca de signo mesiánico acabase encarnándose en un conjunto de pequeños fragmentos.
Su leyenda llegó muy atenuada a Europa, donde el relato suele ser ―injustamente― considerado un género menor y propio de principiantes. No obstante, el viaje transatlántico le dejó las fuerzas suficientes como para que cualquier interesado por la literatura se enterase de que Carver era un escritor del que se alababa su estilo minimalista y seco, que callaba mucho más de lo que decía y al que había que comprender en sus silencios casi más que en sus palabras. Se le asimiló al movimiento del realismo sucio, junto con Bukowski, Lucia Berlin y otros con los que, en mi opinión, tiene bastante poco que ver. No creo que la dipsomanía de sus miembros baste para forjar una generación cohesionada de narradores: lo que en Bukowski es cinismo y en Berlin claudicación, en Carver es disimulo. Quizá sea la amargura lo único que une sus letras; y con eso tampoco es suficiente.
Aunque sus cuentos llevaban desde los años 60 apareciendo en revistas menores, publicaciones universitarias y cosas así, Carver estaba muy lejos de alcanzar el éxito literario cuando conoció a Gordon Lish, que pronto se convertiría en su editor y gracias al cual lograría colocar uno de sus cuentos en Esquire, así como que su primer volumen compilatorio, «¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?», viese la luz en 1976 ―con un éxito más bien discreto―. Por desgracia, la salida del libro coincidió con el derrumbamiento personal de Graves tras muchos años de alcohol y drogas. En un puñado de meses tuvo que ser ingresado varias veces y, tras no tratarla lo que se dice muy bien, acabó hartando a la que llevaba siendo su esposa y madre de sus hijos desde los diecinueve años ―ella tenía dieciséis cuando se casaron; y parió al poco tiempo, claro―.
Según reveló el New Yorker en 1998, Lish decidió entonces tomar en solitario las riendas de la carrera de Carver y no dudo en corregir, mutilar, reescribir pasajes y cambiar finales de diez de los trece relatos que acabarían formando parte de «De qué hablamos cuando hablamos de amor» (1981) ―entre ellos, «El baño»―. El resultado acabó abultando menos de la mitad de lo que su representado había escrito. Sorprendido y casi apabullado, Carver trató de protestar tímidamente, pero tampoco estaba en condiciones físicas ni emocionales de hacer mucho al respecto. ¿Acaso tiene derecho a decir algo un borracho cirrótico en trámites de rehabilitación que se ha pasado años hiriendo a los que le rodean? Ya les aseguro yo que lo normal es que agachen la cabeza. Para terminar de redondear el panorama, el libro no sólo triunfó, sino que fue el que le catapultó a la fama. El literato cumplía su sueño, pero a cambio de saber que la mayor parte del mérito no era suya.
Gracias precisamente al dinero y al reconocimiento obtenido ―del que sólo podría disfrutar siete años más―, Carver fue recuperando el dominio sobre su propia obra y en 1983 publicó «Catedral», otra colección de cuentos en la que la intervención de Lish ya resultó mínima y dónde apareció la versión íntegra de «Parece una tontería». El resto de las redacciones originales de sus cuentos fueron haciéndose públicas tras su muerte gracias a los esfuerzos de su segunda esposa y viuda: Tess Gallagher. No obstante, la visión oficial que la crítica se había hecho de Carver sólo comenzó a cambiar cuando el New Yorker publicó la verdadera historia de su relación con Lish. Hasta entonces, y a pesar de tener delante de las narices los textos primigenios, siguieron sosteniendo el minimalismo de Carver como un dogma de fe. De hecho, no es extraño que muchos lo sigan haciendo hoy en día.
El extraño caso de la demanda a Peter Doig
Uno de los conceptos jurídicos más difíciles de objetivar cuando se refiere a la presentación de una demanda es el de temeridad. Casi siempre queda al criterio personal del juez decidir si un litigante ha alcanzado tal grado de negligencia, mala fe o desfachatez en la reclamación de sus pretensiones. En el caso que paso a exponer se alcanzó, se superó y se proyectó hacia el infinito.

Por si alguien no lo sabe, Peter Doig es un pintor escocés nacido en 1959. Aunque su obra no goza de una especial popularidad en España, se trata de uno de los artistas anglosajones más cotizados de su generación ―en 2021, su cuadro «Swamped» (1990) fue vendido en subasta por 39,86 millones de dólares―. Hace un par de meses, un juez de Illinois ha puesto fin a un pleito que comenzó en 2013 con una demanda interpuesta en su contra por un funcionario de prisiones canadiense, de nombre Robert Fletcher, y un galerista de Chicago, llamado Peter Bartlow. El objeto de la acción judicial era que el artista reconociese la autoría del siguiente paisaje desértico, fechado en 1976:

La principal prueba con la que contaba la parte actora era que el óleo estaba firmado por un tal Peter Doige. Según aseguraba Fletcher, le había comprado la obra a su autor por cien dólares mientras éste cumplía condena en un reformatorio de Ontario. Es más, se lo había visto pintar y hasta había ayudado al muchacho a buscar trabajo cuando iba a salir en libertad. Según él mismo relató, fue un amigo suyo el que un día le dijo que había visto por la tele que se pagaban millones por cuadros de ese tipo, así que le faltó tiempo para coger el suyo y llevárselo a Bartlow, que no tuvo la más mínima duda a la hora de confirmarle que era el propietario de una obra maestra de incalculable valor y se ofreció a gestionar su venta a cambio de una módica comisión. Lo primero que hizo ―y en este aspecto hay que reconocer que cumplió a rajatabla con las normas deontológicas― fue ponerse en contacto con el marchante de Doig para ofrecerle la recompra del cuadro. Y, como no podía haber sido de otra manera, éste negó categóricamente la autoría de su pupilo y hasta debió de tomárselo un poco a broma.

No obstante, las bromas se acabaron cuando, un par de meses más tarde, se encontró como codemandado por 10 millones de dólares por «interferencia en ventaja económica potencial» e «interferencia ilícita en ingresos lícitos». Se daba además la coincidencia de que Doig se había criado en Canada, hecho que el pintor nunca había ocultado y que los reclamantes conocían. Con ése y otros elementos bien trenzados, lo cierto es que la demanda tampoco daba la impresión de ser tan descabellada como acabó poniéndose de manifiesto.


A pesar de que los demandantes se quejaron públicamente de que los ricachones de Doig y su representante había aparecido «con más abogados que O. J. Simpson», parece que su defensa se limitó a aportar un certificado de ausencia de antecedentes penales de Doig y a citar a declarar a la hermana de Peter Doige, ya muerto por aquel entonces, que atestiguó que su hermano era la persona a la que se refería Fletcher y que, efectivamente, había pintado ese tipo de cuadros durante su reclusión. De hecho, identificó el paisaje en cuestión con un lugar de Arizona en el que ambos habían vivido de niños.


A base de recursos y maniobras dilatorias, los demandantes prolongaron el litigio hasta 2016 ―algo que en España no tendría nada de extraño ni aunque todas las partes se esforzasen en hacer las cosas lo más rápido posible― y, no contentos con la bochornosa sentencia, no tuvieron otra ocurrencia que acusar públicamente a Doig de estar ocultando su pasado criminal. Esto ya fue demasiado para la paciencia del artista escocés, que decidió contraatacar.


Este agosto, tras doce años de idas y venidas judiciales, Doig por fin logró que sus ex demandantes fueran condenados en firme a pagarle una indemnización de dos millones y medio de dólares, que él ha prometido destinar al fomento de la práctica artística entre la población reclusa. Cualquiera podría pensar que, como suele decirse por aquí, va a cobrar en chapas de chorizo, pero quizá esto último no esté tan claro.


Con resultará obvio, la pensión de un antiguo funcionario de prisiones canadiense tampoco da para demasiadas indemnizaciones millonarias; pero quizá Bartlow sí pueda hacer frente al pago y después arreglarse con su socio. Por lo que puede verse ―con horror y pavor― en la página web de su galería, maneja obras de Calder, Chagall, Jenkins, Matisse, Miró, Picasso, Vasarely y Wesselmann, entre otros. Por lo menos, ha tenido la decencia de eliminar a Doig de su catálogo.

Un Klimt por 236,4 millones de dólares

El pasado 17 de noviembre, tras veinte minutos de pujas en la sede neoyorquina de Sotheby’s, alguien aceptó pagar 236,4 millones de dólares por el «Retrato de Elisabeth Lederer», que Gustav Klimt pintó entre 1914 y 1916 y que se convertía así en el segundo cuadro más caro de la historia, tan sólo por detrás de los 450,3 millones de dólares que el siniestro Mohammed bin Salman pagó por el conocido como «Salvator mundi»: ese horror que unos cuantos expertos ―elegidos no se sabe cómo― atribuyeron por consenso a Da Vinci.
Si el caso de Salman y su Salvator resulta inexplicable aplicando únicamente criterios artísticos ―se supone que pretende usarlo como gancho para atraer turistas a Arabia Saudí; pero si algo se le puede agradecer es que de momento lo esté manteniendo fuera de la vista―, el de Klimt y su ―de momento― misterioso comprador tampoco parece tener mucho sentido a primera vista, pero por otros motivos.
Como resulta evidente con sólo verlo en foto, el óleo de Klimt sí que es la obra de un gran maestro, pero el precio comprometido por él está muy por encima del estándar actual para los cuadros de esa relevancia, que rara vez supera los cincuenta millones de lo que sea. Por poner algunos ejemplos, hace tan sólo dos años otro cuadro de Klimt, «Dama con abanico» (1917), alcanzó los 110 millones de dólares ―y ya supuso un hecho extraordinario―; el mes pasado el «Busto de Elvira» (1919), de Modigliani, apenas llegó a los 27 millones de euros, y hace una semana alguien exhibió el suficiente mal gusto como para pujar hasta los 54,7 millones de dólares por «El sueño (la cama)», de Frida Kahlo (1940).

El por qué se ha producido esta anomalía con el «Retrato de Elisabeth Lederer» constituye todo un misterio. Si hay alguien tentado a atribuir al ánimo especulativo todos estos movimientos estrambóticos, le aconsejo que este caso descarte esa teoría: es prácticamente seguro que el comprador jamás va a conseguir vender el cuadro por un precio superior al que ha pagado. Tampoco puede esperarse que haya sido adquirido para ser exhibido en algún museo importante: ya se habría anunciado y en esos casos no se manejan esas cifras ni de lejos.

Si eliminamos la hipótesis alcohólica o politóxica ―algo que nunca debe hacerse con demasiada ligereza―, quizá la teoría más lógica, que no sensata, consista en atribuir el lance del comprador al mero romanticismo. En realidad, sí que existen motivos para que un verdadero aficionado al arte con especial sensibilidad por Klimt ofrezca esa cantidad si está en condiciones de desprenderse de ella. Para empezar, era la primera vez que el cuadro se ponía a la venta y se trata de uno de los dos únicos retratos de cuerpo entero pintados por Klimt que permanecen en manos privadas. Además, el lienzo venía rodeado de un halo de leyenda que ha podido estimular el fetichismo de algún coleccionista.

Por un lado, el lienzo pertenecía a Leonard A. Lauder, hijo de Estée Lauder y fallecido en junio a los noventa y dos años de edad. A base de una gran labor de mecenazgo y de seguir el consejo de su madre: «sólo te arrepientes de lo que no compras», logró reunir una de las colecciones más importantes del mundo ―lo más divertido del asunto es que prácticamente toda ella la tenía colgada en su dúplex de la Quinta avenida―. Se da la circunstancia de que en vida prometió donar gran parte de su colección al Metropolitan Museum y al Whitney, a los que también benefició económicamente con mucha generosidad. Dicha donación no llegó a oficializarse y no parece que sus herederos estén muy por la labor de retomarla, aunque tampoco se sabe si el Klimt estaba entre las obras a ceder ―tan sólo se tiene la seguridad con 78 cuadros cubistas de Braque, Picasso y Gris, entre otros, y es muy probable que acaben siendo el objeto de un bonito proceso judicial―.

Por otro, el cuadro en sí fue el protagonista de una serie de historias que podrían servir para escribir una novela ―mala, seguramente―. La retratada, la baronesa Elisabeth Bachofen-Echt, era la hija del principal mecenas de Klimt, August Lederer, y el pintor tardó dos años en acabarlo. No está claro qué le llevó a acumular una demora tan inaudita, pero todo parece indicar que se debió a su mera inseguridad a la hora de considerarlo perfecto. Éste es el primer capítulo de la historia.
El segundo comienza en 1938, con el Anschulls. Los Lederer eran judíos, y cuando los nazis entraron en Viena y comenzaron su labor de expolio (ver: «Arte degenerado – Entartete Kunst«), les faltó tiempo para ir a hacerles una visita. Por aquel entonces, la baronesa vivía sola y tuvo la agilidad mental de inventarse que era la hija de Klimt, empleando el retrato como primer respaldo de su afirmación y después falsificando varios documentos ―gracias a que había custodiado el archivo familiar, disponía de un montón de firmas del pintor en cartas y recibos―. Tan sólo le quedaban seis años de vida, pero los consiguió pasar tranquilamente en su mansión en lugar de en Auschwitz. Podemos decir, por lo tanto, que el denuedo de Klimt a la hora de retratarla acabó salvándole la vida. Quizá eso haya pesado a la hora de pagar el doble de lo que esperaban las estimaciones más optimistas… Al fin y al cabo, la gente es muy rara.
Revista de prensa
Artnet – The 8 Most Embarrassing Art Heist Fails of All Time, Including a Getaway Van That Wouldn’t Gogh: cuando todavía no se han difuminado del todo los ecos del robo de joyas en el Louvre, Artnet compila ocho casos reales para demostrar que los ladrones de arte muchas veces tienen más que ver con «Rufufú» (Mario Monicelli, 1958) que con «El caso Thomas Crown» (Norman Jewison, 1968). Desde los funcionarios de prisiones ―parece que hoy es su día― que pretendieron cambiar un dibujo de Dalí por una copia ridícula hasta los que descubrieron con horror que el cuadro afanado no les cabía en el coche, pasando por los que fueron atrapados por tres estudiantes medio borrachos.
Finestre sull’Arte – Il piacere segreto dello sguardo: voyeurismo, tra arte e libri proibiti: Francesca Anita Gigli desarrolla una serie de interesantes reflexiones acerca del papel que han jugado en el arte el voyeurismo y sus derivados más refinados, trazando además un interesante paralelismo con la fiebre por la lectura de libros prohibidos que se extendió durante el siglo XVIII. Las obras elegidas para ilustrar el artículo, obviamente eróticas, son en general muy poco conocidas y de lo más interesantes.

ArtAsiaPacific – Cai Guo-Qiang’s Firework Performance in Himalayas Sparks Environmental Controversy: la revista especializada en arte actual asiático informa de la polémica suscitada tras la intervención de Cai Guo-Qiang en el Tíbet. Con el título aproximado de «Dragón escalador», el artista chino hizo detonar 1.050 fuegos artificiales multicolores en menos de un minuto para crear la ilusión de una especie de ofidio subiendo por una montaña. No sé si más de mil detonaciones son muchas o pocas para un habitante del Levante español, que creo que esas cosas las miden más bien en kilos de pólvora, pero tanto en China ―y, con razón o no en las quejas, esto es una gran noticia― como en el resto del mundo se han formulado protestas fundamentadas en el impacto sobre la fauna, sobre el suelo y sobre la moral de los tibetanos, que conceden un cierto grado de sacralidad a ese paraje. Lo cierto es que el espectáculo ―porque, a pesar de mi general admiración hacia su autor, no debería tener otro nombre― debió de resultar bonito de ver, pero podría haberse hecho en otra parte. A los motivos de discusión se suma además que recibió el patrocinio o algo más ―hay quien lo califica directamente de anuncio publicitario― de una marca de ropa «de aventura», originalmente canadiense y ahora china.

The Guardian – ‘A cottage of one’s own’: Newly unearthed Virginia Woolf stories to be published: el que hasta no hace tantos años podría haber sido considerado el mejor periódico del mundo ―tampoco es que ahora sea malo― informa acerca de la publicación de tres relatos tempranos e inéditos de Virginia Woolf, que debió de escribirlos cuando contaba unos veinte años: diez antes de conseguir publicar su primer libro. Como suele ocurrir en estos casos, es muy probable que su valor académico supere con mucho al literario, pero nunca es una mala noticia que el corpus de una gran escritora se vea incrementado. El artículo señala como un rasgo llamativo que los cuentos están repletos de sentido del humor, algo que, en mi opinió, es de hecho uno de los rasgos más distintivos de la obra de Woolf ―si acaso, lo sorprendente sería que resultase comprensible―. 
Recomendaciones
«Asesino implacable», de Mike Hodges (1971).- Resulta difícil decir cuál es la mejor interpretación de un actor que nunca ha bajado del sobresaliente, pero yo diría que no se puede actuar mejor que Michael Caine en este «euronoir» que le debe mucho a «El silencio de un hombre», de Jean-Pierre Melville (1968) y a Alain Delon. Al igual que ocurrió con su inspiradora francesa ―en la calle llámenla «El samurái», por favor―, el título español desnaturaliza el largometraje ―el original es «Get Carter»― y le hace parecer una mera cinta de acción. Es muchísimo más.
«Magical Mystery Tour», de The Beatles (1967).- Ahora que acaba de publicarse «Anthology 4», que parece imposible pasar unas navidades sin que aparezca material inédito y decepcionante de los Fab Four ―es como el petróleo: siempre acaban apareciendo nuevos yacimientos― y que comprar discos se ha convertido en un lujo prescindible, no me parece mala idea hacerlo con uno de los mejores de la historia del rock; para recordar lo que se siente, sobre todo.
«El affaire Arnolfini», de Jean-Philippe Postel (2023).- Postel es un médico jubilado fascinado por la obra de Van Eyck y, en particular, por «El matrimonio Arnolfini» (1434). Ha pasado muchos años estudiando e investigando sobre la tabla, a la que siempre le ha rodeado un gran misterio. En este pequeño volumen reúne sus conclusiones al respecto y enuncia su hipótesis acerca del significado de la obra, y prometo que es lo suficientemente sorprendente como para no desvelarla. Un libro tan interesante como delicioso de leer.
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