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La cultura Sanxingdui: la otra antigüedad china

Sanxingdui

La arqueología es, entre otras cosas, el arte de completar puzles en los que faltan casi todas las piezas, las pocas que hay están incompletas, no encajan del todo bien entre sí y además no paran de cambiar de significado. Todo hallazgo requiere de un esfuerzo interpretativo para su correcta integración en el contexto; una integración que puede llegar a complicarse mucho si tenemos en cuenta que todos y cada uno de esos hallazgos modifican en mayor o menor medida ese contexto en el que deben ser integrados. Generalmente, las aportaciones de cada objeto se limitan a detalles. Otras veces facilitan grandes cantidades de información y transforman sustancialmente la visión que hasta entonces se tenía sobre una determinada cultura o sobre algún aspecto de la misma. Finalmente, en raras ocasiones se extraen de la tierra restos que revolucionan los fundamentos de la historia o de la protohistoria de toda una región y obligan a reescribir lo que de ella se creía saber.

Sanxingdul

De esta última categoría estamos hablando cuando nos referimos a lo que ocurrió en 1927, cuando un campesino chino dio con los restos de una civilización desconocida de la Edad de Bronce mientras hacía sus cosas de campesino. Hoy se la denomina cultura de Sanxingdui, y no sólo es que fuese ignorada por los registros históricos o incluso por los mitos ―que, a diferencia de lo que suele ocurrir en Europa, en China han demostrado ser sorprendentemente acordes con lo que se va descubriendo―, sino que no se parecía a nada que se conociese anteriormente en ninguna parte del mundo.

Sanxingdui

Como es bien sabido, el siglo XX no fue el más tranquilo de la historia de China, de modo que los arqueólogos no se pusieron a investigar el yacimiento hasta 1986. Mientras tanto, algunas piezas habían ido corriendo de mano en mano entre coleccionistas privados, pero sin llamar demasiado la atención, dado que su rareza hacía que muchas veces fuesen tomadas por falsificaciones o encontrasen difícil acomodo en las colecciones. Por si fuera poco, su excelente estado de conservación dificultó mucho su datación, que finalmente se fijó entre los siglos XII y XI antes de Cristo, algo que a primera vista parecería increíble.

Sanxingdui

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Se han propuesto teorías un tanto sorprendentes para explicar su esfumación repentina hacia el año 1000 a. C, como que un terremoto cambió el curso del río del que dependían; pero la realidad es que no se sabe qué acabó con esta civilización. Se ha querido encontrar cierta continuidad cultural en el enclave de Jinsha, relativamente cercano, pero las cosas no encajan del todo. No parece haber restos de una destrucción violenta, pero tampoco de una asimilación por parte de otros pueblos. Lo cierto es que no se conocen ―o no se han sabido identificar― referencias a este grupo humano en las fuentes de los demás reinos chinos de la época, algo que también constituye todo un misterio, porque eran gentes muy dadas a dejarlo todo por escrito ―en los primeros tiempos en soportes tan extraños como caparazones de tortuga, gracias a lo cual han llegado hasta nosotros textos inteligibles del siglo XIV a. C.―.

Sanxingdui

Sanxingdui
Sanxingdui significa algo parecido a «tres estrellas» ―que en realidad son los tres montículos que delimitan el lugar― y se encuentra en la provincia de Sichuan ―que, a pesar de llamarse «provincia», tiene una extensión de 485.000 kilómetros cuadrados, sólo un poco menos que la España peninsular―. Se da la circunstancia de que este territorio está alejado de donde surgieron las civilizaciones del Río Amarillo, que se consideran oficialmente el núcleo y el germen de la nación china, de modo que el descubrimiento despertó más que suspicacias entre los jerarcas de un régimen dogmático hasta extremos ridículos, que no podían admitir que alguna vez hubiesen existido chinos distintos a los chinos de toda la vida ―poco menos que anteriores al mundo―, ni mucho menos la duda de si realmente podían ser identificados como chinos. Una vez más, la política, en este caso la de tipo tiránico, interfirió en una investigación humanística para entorpecerla y reinterpretar sus resultados de acuerdo con sus intereses.

Sanxingdui

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La variedad de materiales no autóctonos que manejaban los habitantes de Sanxingdui, sobre todo seda, porcelana y gran cantidad de marfil, parece indicar que se trataba de una cultura muy abierta al comercio exterior de largo recorrido. Sin embargo, tampoco se ha hallado ni rastro de pistas de esas relaciones mercantiles en los vestigios de las culturas con las que se supone que tuvieron que comerciar, casi todas ellas situadas en la India e Indochina.

Sanxingdui

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Lo primero que encontraron los investigadores de los años ochenta fueron dos fosas que, según se cree de forma muy mayoritaria, habrían sido usadas para practicar unos sacrificios tremendamente civilizados para la época, puesto que consistían en el desprendimiento de objetos de alto valor a favor de los antepasados o de algún tipo de deidad muy espiritualizada. No han aparecido restos humanos ni de animales en las fosas; en cambio, sí que hay evidencias de que esos objetos fueron quemados o fracturados antes de ser enterrados con mucho cuidado, lo cual constituye un signo inequívoco de la existencia de un proceso ritual. Lo que aún no está claro es si ese rito era habitual o si lo que se ha encontrado es el resultado de una ocasión excepcional, quizá desesperada, al estilo de lo que se cree que también ocurrió en Göbekli Tepe, donde los templos o lugares de culto o reunión ―aún está por determinar qué eran realmente― fueron metódicamente sepultados; o en algunas ciudades mesoamericanas, abandonadas por completo tras una serie de ceremonias. El problema, una vez más, es que de momento se tiene una idea muy remota acerca de cuáles podrían haber sido las creencias de estos hombres.

Sanxingdui

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Los objetos hallados en Sanxingdui suelen clasificarse en tres categorías: máscaras y cabezas, que normalmente son de bronce y jade. aunque en ocasiones también de oro o marfil; árboles de bronce, que pueden llegar a rozar los cuatro metros de altura; y todos los demás objetos como miscelánea. Una característica común a los tres grupos es su naturaleza ornamental o simbólica: no parece que tengan funcionalidad práctica alguna, más que la de servir a sus supuestos fines sacrificiales. Son las cabezas las que más han llamado siempre la atención, sobre todo por sus peculiares ojos saltones, que en ocasiones llegan a convertirse en cilindros salientes. Lejos de tratarse de clarísimas representaciones de seres extraterrestres, como no tardaron en aseverar los seguidores de la «teoría» de los astronautas ancestrales ―que, al parecer, saben de sobra qué pinta tendrían éstos en caso de existir―, se supone que ese rasgo está relacionado de algún modo con un personaje legendario conocido en otras partes de China como «rey Cancong» y del que no se sabe mucho más, aparte de que su vista y su oído sobrenaturales le auparon al trono del reino de Shu y de que tradicionalmente se le atribuye el descubrimiento del ciclo de las estaciones y el modo de aprovechar la seda de los gusanos.

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Hasta el momento han sido extraídos alrededor de 13.000 objetos de los yacimientos de Sanxingdui, y aunque con frecuencia se repiten reproducciones de los animales representativos de la cosmología arcaica china ―pájaros, tigres, serpientes (o, a veces en su lugar, tortugas) y dragones, que simbolizan los cuatro cuadrantes celestes, los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones…―, la forma de representarlos es muy distinta a lo ya conocido, especialmente a la propia de la cultura de la dinastía Shang, la más poderosa de la época.

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Por si faltasen misterios por resolver, tampoco se ha podido identificar ninguna forma de escritura en la civilización de Sanxingdui, ni propia ni importada, algo que sorprende sobremanera a los estudiosos del asunto, dado que en China se escribe al menos desde el año 3.000 a. C. Otro motivo de desconcierto para unos arqueólogos que no paran de encontrar piezas y más piezas que, lejos de contribuir a aclararlo, cada vez complican más el conjunto. De lo que no cabe duda es de que nos hallamos ante un apasionante regalo de la historia. Quién sabe si el día menos pensado aflorará en alguna parte su particular piedra de Rosetta o algo que nos permita comprender un poco a estas personas que hoy nos resultan tan extrañas… Mientras tanto, no nos queda más que abandonarnos al placer de la especulación.
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