PINTURA

“Cine en Nueva York”, de Edward Hopper (1939).

cine hopper

Conozco a muy pocos artistas que hayan sabido captar la soledad de una manera tan magistral como Hopper y, desde luego, a casi ningún pintor. Creo que es evidente que, a la hora de plasmar un sentimiento en toda su complejidad, las artes dinámicas ―música, danza, teatro, literatura, cine, etcétera― parten con una gran ventaja sobre las estáticas ―como pueden ser la fotografía, la escultura o la pintura―. Su propia naturaleza les facilita la tarea de englobar en una sola obra las causas, las consecuencias y los incidentes que acontecen durante el desarrollo de una emoción humana. Así, creadores como Fassbinder, Céline, Beckett, los Beatles o Tchaikovsky nos han brindado excelentes y profundos retratos de seres humanos revolcándose en su propia soledad. Sin embargo, resulta difícil encontrar ejemplos similares en cuadros o fotografías sin que éstos, para su plena realización, precisen de una importante labor de interpretación integradora por parte del espectador.

En “Cine en Nueva York”, sin necesidad de buscar un posible doble sentido en el título del cuadro, se nos presenta una imagen partida en dos mitades, una de las cuales abarca a la sociedad ociosa, inmersa en una oscuridad que la despersonaliza y atenta únicamente a la ficción que les ofrece la pantalla. En el otro extremo del lienzo, por el contrario, nos encontramos con el individuo en su forma más aislada, perfectamente definido por una luz más potente y sumergido en su propia película interior. Es obvio que el personaje desamparado es una acomodadora, por lo que la distancia con el resto de los asistentes no se limita al plano meramente físico, sino que conlleva otro tipo de implicaciones sociales, manifestadas en el hecho de que se trate de la única figura para la que no se ha reservado asiento.

Hopper es un pintor icónico como pocos y casi siempre “de moda”; aunque más “de moda” suele estar el criticar su técnica, su supuesto inmovilismo estilístico y hasta su forma de vida demasiado poco bohemia para lo que se espera de un artista. Al igual que Klimt, Warhol o “los impresionistas” ―generalmente citados como si se tratase de un equipo deportivo―, suele ser reconocido y alabado por parte del gran público, lo cual es más que suficiente para despertar las iras de los críticos más insoportables ―normalmente, aspirantes a pintor dominadores de una técnica impecable y carentes, por lo demás, de todo atisbo de talento―. Por encima de ese maremágnum de loas irreflexivas y de ataques provocados por la frustración, caben señalar dos frases que, en mi opinión, resumen su estilo con la precisión de un buen titular periodístico ―y que, por falta de tiempo, me veo obligado a citar de memoria y sin recordar a sus autores; espero que sus almas me perdonen…―: “Hopper era un pintor mediocre, pero un artista inigualable” y “Hopper era un fotógrafo sin cámara”. Sólo a alguien así se le ocurre no sólo distraerse de la película para fijarse en la acomodadora ―que eso, dependiendo de cómo esté la señorita, nos puede pasar a muchos con relativa frecuencia―, sino también apropiársela, regalársela a la posteridad sin que la buena mujer jamás se haya enterado de nada y, además, hacerlo bien. Eso significa para mí la genialidad.

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