PINTURA

“La Venus del espejo”, de Diego Velázquez (entre 1647 y 1651).

venus del espejo

A pesar de que a mi generación nos enseñaron que Velázquez era el mejor pintor de la historia ―como si eso se pudiera medir de alguna manera― y de que los estudios sobre su obra probablemente puedan contabilizarse en unidades de millón, creo que hasta el momento nadie ha sabido responder a la siguiente pregunta: “¿Quién era Velázquez?”. Un genio con todas las letras, de eso no cabe duda: ahí están sus cuadros para probarlo; ¿pero qué personalidad se escondía detrás de esas manos? A mi modo de ver, la de alguien profundamente contradictorio. Por ejemplo, tenía la molesta manía de no firmar sus telas ―lo que ha motivado que tan sólo cuente con un catálogo de alrededor de un centenar de obras indubitadas, varias de ellas perdidas en el incendio del Alcázar Real durante la Nochebuena de 1734―, y aunque no se trataba de una actitud demasiado extraña en su época, puede constituir un síntoma tanto de humildad ―no son lo suficientemente buenas como para sentirme orgulloso de ellas― como de soberbia ―¡¿quién, si no yo, podría haber creado semejante maravilla?! ―. La soberbia no casa con el hecho de que su gusto por el anonimato formal ya se diera en sus primeros cuadros, repletos de imperfecciones; y la humildad se da de tortas con la osada ―e increíblemente genial― composición de “Las meninas”. Y lo cierto es que mientras su vida profesional se conoce al dedillo, ni siquiera se sabe con certeza cuántas hijas tuvo ni qué relación le unía a muchos de sus modelos habituales.

Sus cuadros fueron objeto de estudio incluso durante su vida; pero por aquel entonces los escritos sobre arte se limitaban a una mera descripción objetiva y técnica que en muy pocas ocasiones dejaba lugar a la crítica. Pensemos que hasta que no se perfeccionó la fotografía en color, la única manera de conocer la obra de un pintor era desplazarse hasta donde ésta estuviera colgada, por lo que cualquier ejercicio valorativo constituía un lujo innecesario. Tan sólo a principios del siglo XX los estudiosos comienzan a preguntarse seriamente dónde reside la magia hipnótica que desprenden lienzos como “La Venus del espejo”, y todavía tenemos que esperar a la publicación de los ensayos de otro genio como Ortega y Gasset para enterarnos de que Velázquez era una persona de temperamento profundamente melancólico que daba la impresión de vivir atormentado. Resulta curioso que, casi trescientos años más tarde de su ejecución, Ortega fuera el primero en captar detalles de este cuadro que hasta entonces habían pasado desapercibidos, como el hecho de que Cupido no se encuentre realmente sosteniendo el espejo ―como todos hubiésemos afirmado sin dudarlo―, sino maniatado a él como si se tratara de una columna para la flagelación, prisionero de la pasión física. Igualmente, se percata de que el rostro que aparece reflejado es demasiado vulgar como para pertenecer a la diosa de la belleza, y lo cierto es que Velázquez jamás tituló su obra de ninguna manera y no existe elemento iconográfico alguno que sirva para identificar a Afrodita.

Velázquez siempre trabajaba con modelos vivos, nunca pintaba de memoria, y se halla extendida la creencia de que en este caso la retratada es su esposa, Juana Pacheco, y aunque por aquel entonces rondaba los treinta años de edad, el resto de sus retratos reflejan a una mujer de apariencia mucho más robusta y de rasgos más marcados. Además, se trata del único desnudo femenino atribuido al pintor, y el profundo respeto que Velázquez profesaba a su suegro y maestro hacen difícil de imaginar que se atreviera a mostrarle al mundo el culo de su hija. Por todo ello, Ortega da a entender entre sus conclusiones que probablemente se trate del homenaje a una pasión incómoda e irrefrenable que atacara al pintor sevillano al final de su vida, quizá la que sintiera por la también pintora Flaminia Triva, a la que conoció durante su segundo viaje a Italia. En cualquier caso, el cuerpo reflejado parece calcado de las representaciones helenísticas de Hermafrodito ―la más célebre de las cuales puede admirarse en el Louvre―, en las que mientras por la espalda contemplamos a una joven preciosa, de frente nos topamos con caracteres igualmente preciosos, pero masculinos, lo cual dispara las posibles interpretaciones de “La Venus” hasta donde desee nuestra imaginación.

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