PINTURA

“Una Bella Adagio” (2012) y “Luces de Times Square” (2012), de Jeremy Mann.

una bella jeremy mann

Jeremy Mann participa de la tendencia hiperrealista que viene dominando las artes plásticas en los últimos lustros; sin embargo, parece haber dado un paso adelante en la evolución del estilo, internándose en una suerte de hiperrealidad onírica poco estudiada que, en mi opinión, concuerda a la perfección con el estado de conmoción y búsqueda de otras realidades que quizá esté atenazando a la sociedad occidental desde el comienzo de la crisis financiera. De momento ―estamos hablando de un artista de treinta y cuatro años―, su obra se ha articulado en dos grandes líneas: paisajes urbanos y retratos femeninos, y aunque también ha experimentado con naturalezas muertas, paisajes tradicionales, marinas y composiciones cercanas a la abstracción, creo que sus creaciones en estos ámbitos son de inferior calidad a las de los dos primeros. Por eso, con el fin de ofrecer una visión algo más amplia sobre un artista que, aunque plenamente consagrado entre la crítica, aún carece de una adecuada difusión popular ―ni siquiera ha aparecido en ninguna compilación de Taschen―, en esta ocasión he elegido dos imágenes en vez de una.

No obstante, y como la coherencia nunca ha sido una de mis virtudes más celebradas, como muestra de su serie de figuras femeninas he escogido una que, aunque reúne la mayor parte de las características comunes de su obra, quizá no resulte la más representativa del estilo inconfundible que sin duda Jeremy Mann ya posee. Evidentemente, ha sido el uso del juego de reflejos lo que me ha cautivado, supongo que de una manera mucho menos intensa de la que la modelo cautivó al artista, que poco menos que ha acabado realizando un estudio diédrico de su físico. Como ya he adelantado, las notas biográficas sobre Mann son muy escasas y, en general, de apariencia poco fiable. Revisando algunas de sus creaciones he llegado a la conclusión de que probablemente haya disfrutado de alguna que otra buena temporada en Italia, lo cual encajaría con su formación academicista tradicional. Las mujeres que aparecen con referencias italianas en sus tablas ―que no lienzos― no son sus modelos habituales y se nota que siente hacia ellas bastante más admiración que cariño. No es común encontrar en el resto de sus pinturas un despliegue de sensualidad tan intenso como en “Una Bella Adagio”, sino que suele conformase con un erotismo cotidiano y bastante más emocional. En el presente caso, el centro de la composición se rinde a la belleza humana sin más; mientras que es en el contorno difuminado donde realmente encontramos la esencia de la obra de Mann, uno de esos genios capaces de apreciar la nostalgia desde su fase de semilla. El pintor asume que algún día recordará con melancolía el momento exacto que está presenciando, y por eso lo envuelve desde un principio con los velos del tiempo: no va a recordar con claridad cómo era aquella habitación tan bonita, tan sólo a ella desnudándose lentamente ante el espejo.

luces jeremy mann

Por lo que respecta a sus “cityscapes”, también he optado por una pequeña rareza neoyorquina, cuando Mann es sobre todo famoso por las representaciones de su San Francisco natal. De todos modos, la peculiaridad locativa no reviste demasiada importancia: al fin y al cabo, las luces y el cemento suelen acabar resultando bastante parecidas en cualquier megalópolis contemporánea. Lo realmente impresionante de este pintor es su facilidad para dotar de calma placentera a un escenario bullicioso sin por ello desfigurarlo. Hay pocos iconos que reflejen el estrés de la vida urbana actual tan bien como Times Square, probablemente el centro neurálgico de la capital del mundo: el foro romano de nuestros días. Jeremy Mann consigue hacernos flotar sobre su suelo mojado en vez de abandonarnos a las garras de esa tortícolis frenética que asalta a todo visitante. La perspectiva parece tomada desde un automóvil que avanza por el centro de la calzada, pero nosotros sentimos que en realidad estamos poseídos por una sensación de ingravidez bastante relajante. La ciudad ya no se muestra como un crisol abrasivo repleto de miedos y frustraciones, sino como un escenario casi feérico por cuyo aliento podemos dejarnos abrazar sin temor alguno. Mann abandona el hiperrealismo de sus estampas humanas para reanimar la tradición realista norteamericana aportando colores vivos ―e incluso chillones― como firma de su tiempo, unos tonos que horrorizarían al espectador mediano tan sólo hace tres o cuatro décadas, pero que nosotros ya hemos interiorizado como parte de nuestra cultura. No es cuestión de explicarle a las generaciones futuras cómo fue la Times Square del siglo XXI ―ya cuentan con la fotografía y el cine para ello―, sino de reflejar la sensación efímera que estalla en el interior del pecho al absorber un momento preciso con todos sus matices y mezclarlos con un estado de ánimo determinado. Se trata del mismo escenario lluvioso por el que James Dean paseaba al atardecer en la instantánea de Dennis Stock, sólo que aquí ya ha caído la noche, en todos los sentidos.

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