FOTOGRAFÍA

“Noire et blanche”, de Man Ray (1926).

Man Ray

Quizá nos hallemos ante una de las obras de arte más evocadoras de todo el siglo XX, sobre cuyos lomos la imaginación puede volar hasta el terreno de los sueños con sólo observarla detenidamente durante unos segundos. Se puede decir que Man Ray logró con esta instantánea una suerte de surrealismo a la inversa: no es la fotografía la que se integra en la esfera onírica para revelarle algo al espectador, sino que en este caso lo invita a que sea él el que inicie su propia expedición sin mostrarle más que el primer paso del camino. Ya en su momento, un periodista llamado Pierre Migennes —hoy muerto y olvidado— la definió como “El mismo sueño —sommeil, de dormir— y el mismo sueño —rêve, de soñar—, la misma magia misteriosa parece reunir a través del tiempo y el espacio estas dos máscaras femeninas de ojos cerrados: una de ellas creada en ébano en algún momento por un escultor africano, la otra, no menos perfecta, fabricada ayer en París”. Y lo cierto es que este francés difunto supo expresar con pocas palabras toda la sencilla grandeza de esta composición: la conexión entre ambos rostros está clara, y podemos creernos que realmente están soñando el mismo sueño, incluso elaborar todo tipo de historias fascinantes en un suspiro, porque, además de su innegable belleza, lo más genial de esta fotografía es su capacidad de estimular la fantasía del espectador menos romántico. No obstante, por culpa de algo tan imperdonable en un periodista como no preguntar, el bueno de Pierre se equivocó en una cosa: la máscara no era original, sino una copia barata fabricada en cualquier parte no hacía demasiado.

Aunque Man Ray publicó su propia autobiografía en 1963, tuvo el buen gusto de no explicar ninguna de sus innumerables obras, por lo que sabemos poquísimo de sus procesos creativos. Se cuenta que cuando, en 1921, en un movimiento prácticamente obligatorio para todos los artistas de la época, decidió abandonar Nueva York para mudarse a París dejó escrito: “Dadá no puede vivir en Nueva York”. Teniendo en cuenta que antes de que Dadá existiera, Dadá ya estaba allí, en principio no parece una frase demasiado coherente con la filosofía del absurdo; pero a continuación señala: “Toda Nueva York es Dadá, y Dadá no tolera rivales”, que ya encaja mejor. Dicho esto, está claro que las creaciones de Man Ray, al menos las de estos años, se explican únicamente mediante su comunión con el espíritu de Dadá. Sin embargo, yo no encuentro absolutamente nada de dadaísmo en esta imagen, sino más bien una perfecta fusión de surrealismo y art déco. Dado que su primera aparición pública, bajo el insulso título impuesto de “Rostro de nácar y máscara de ébano”, fue entre las páginas del número de mayo de 1926 de la revista Vogue, podemos pensar que se trató de un trabajo por encargo. No obstante, tan sólo dos meses más tarde, la fotografía comenzó a reproducirse en publicaciones artísticas de toda Europa, por lo que está claro que Man Ray conservó todos sus derechos de explotación. Además, aunque durante mucho tiempo permaneció oculta, hoy se sabe que la sesión “Kiki con la máscara” fue mucho más amplia, por lo que podemos descartar cualquier tipo de directriz externa a la hora de su creación; y si realmente medió un encargo por parte de Vogue, éste tuvo la condición de barra libre para el autor.

Lo que sí que sabemos de Man Ray sin ninguna necesidad de que nadie nos lo haya dicho, es que, al igual que otros creadores adscritos a la corriente surrealista, como Duchamp, Dalí o Magritte, consideraba el título como una parte muy importante de la obra, llegando a estimar que una leyenda equivocada podía ser la diferencia entre la mitificación y la vulgaridad. Así, llamó a esta obra “Negra y blanca”, cuando la lógica occidental —leemos de izquierda a derecha— y la tendencia natural en todas las lenguas latinas dictaría invertir los términos, por lo que a cualquier hablante romance, precisamente por su aparente irregularidad, le resulta un título fácil de recordar y que además estimula su reflexión. Es casi seguro que Man Ray lo tuvo en cuenta a la hora de bautizarla, porque tituló su obra en francés, si bien contó la ventaja de ser angloparlante, donde la fórmula natural es precisamente “black and white”.

La señorita en cuestión, Kiki de Montparnasse, merece una mención aparte. De nombre real Alice Prin y norteamericana de nacimiento, en 1929 ya se había ganado a pulso el título de Reina de Montparnasse, o dicho de otro modo, reina de la élite de la bohemia internacional ―eran otros tiempos, en los que si le preguntabas a una artista callejera de Montparnasse por el precio de uno de sus cuadros, no existía ninguna posibilidad de que te contestara que dos mil eurazos, como a mí me ha ocurrido―, y como tal fue literalmente coronada en una ceremonia en La Coupole. Posó para Modigliani, para Chagall, para Pascin, para Calder… Se dice que inspiró versos a Cocteau y a Apollinaire, y entre sus amistades se encontraban Eisenstein, Breton o Trotsky. Por hacer una pequeña comparación, en la que Kiki sale ganando con holgura, nos encontramos ante una Simonetta Vespucci del siglo XX. Posar desnuda nunca fue un problema para ella, porque abandonada por su familia con dieciséis años, comenzó a ganarse la vida con algo tan simple como enseñar los pechos a viejos impotentes en un callejón ―se dice que la tarifa era de tres francos, que no es que fuera una fortuna, pero en un mes da tiempo a enseñar los pechos a un montón de viejos impotentes―. Llegó a vivir años de gran prosperidad y dejó escritas sus memorias, que prologó Hemingway, ni más ni menos; pero la Segunda Guerra Mundial, y no tanto el alcohol, acabaron con ella y con la alegría de los parisinos, de la que realmente vivía. Tras haber regentado su propio cabaret, acabó viéndose obligada a hacer la calle como música ambulante, hasta que un día de 1953 su corazón se paró en medio de la acera y su cuerpo se desplomó sobre los adoquines sin que nadie la reconociera hasta que estuvo en la morgue.

Podríamos pensar que Kiki fue la principal musa de Man Ray, al menos durante esta etapa, pero podría no ser cierto. Parece que no se trataba de un artista demasiado necesitado de musas, y si contemplamos una visión conjunta de sus trabajos con Kiki, veremos que la empleaba como material más que como musa. Man Ray no pretendía exaltar la belleza de su modelo ―que, a mi juicio, no era precisamente espectacular, si bien estaba dotada de tal sensualidad que tampoco le hacía falta más―, sino que la amasaba y la moldeaba todo lo que resultara necesario para representar un determinado elemento de la composición, en muchas ocasiones incluso un objeto, como en “El violín de Ingres”. Es incluso posible que el verdadero “muso” de Kiki fuera Man Ray, porque a pesar de haber posado para multitud de artistas, nunca apareció tan mágica como en sus fotografías. Probablemente se debiera a que Man Ray fue el único hombre del que estuvo verdaderamente enamorada a lo largo de una vida de innumerables amantes ―si alguien es de lágrima fácil, le aconsejo que jamás trate de leer ninguna de las cartas que le envió al artista―.

A pesar de que las obras más populares de Man Ray son fotografías, ésta fue la última faceta artística que dominó. Aunque se cuenta que aprendió los primeros rudimentos técnicos de la mano del mismísimo Alfred Stieglitz, se empeñó en desarrollarlos de modo autodidacta y con el único objetivo, en principio, de obtener reproducciones fieles de sus pinturas y esculturas. Tardó varios años en lanzarse a aprovechar las posibilidades de la fotografía como fuente de arte, y de él siempre se ha dicho que lo hacía con cierta timidez, preparando escrupulosamente las composiciones antes de atreverse a disparar. Hay quien señala que nunca dejó de sentirse un aprendiz en esta disciplina, y quizá por eso, y por la bendición de haber nacido con una personalidad perseverante, fue la que más acabó practicando. A su muerte, tal y como fue su deseo, su viuda entregó sus negativos a “la Nación Francesa”. El legado estaba compuesto por más de doce mil ejemplares, la inmensa mayoría inéditos.

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