La lenta reparación de Renoir

Hace pocos años se puso de moda atacar la pintura de Renoir con los argumentos más descerebrados y las formas más ridículas que uno pueda imaginarse. Lo que, al parecer, comenzó como una simple broma en las redes sociales no tardó en prender entre quienes sólo entienden las bromas cuando las hacen ellos. A eso se sumó que muchos descubrieron entonces que Renoir había osado pintar mujeres desnudas, por lo que pronto se formaron cibermilicias de la decencia abogando por sacar su obra de los museos o incluso por destruirla. Salvo por algún incidente menor en los Estados Unidos y en Inglaterra, las pinturas acabaron salvándose de la quema, pero mucho me temo que fue únicamente gracias a que a ningún dedócrata le dio por ponerse a impartir lecciones de irreprochabilidad ―un peligro al que cada día estamos más expuestos―.

Aquellos ardores absurdos han quedado ya apagados, pero no puede negarse que lograron causar cierta mella en la fama de Renoir, por lo que debe ser bienvenida cualquier iniciativa para restaurarla. En este sentido, y con motivo del sesquicentenario del “Baile del moulin de la Galette”, el Museo de Orsay ha decidido organizar la exposición temporal “Renoir et l’amour. La modernité heureuse (1865-1885)” ―“Renoir y el amor. La feliz modernidad (1865-1885)”―, que se inauguró el 17 de marzo y se clausura el 19 de julio. La muestra se centra en resaltar el papel de Renoir como cronista de la cotidianidad parisina de finales del siglo XIX, una faceta en la que, hasta el momento, permanecía injustamente ensombrecido por Manet, Degas, Monet o Caillebotte.


Esta etapa de la historia de Francia vino marcada por la derrota humillante ante las fuerzas prusianas y por la subsiguiente masacre de la Comuna de París. No obstante, la resaca de ambos desastres generó un cierto espíritu de frivolidad divertida que acabó desembocando en una especie de reconciliación entre sexos y clases sociales, que comenzaron a solazarse juntos en espacios públicos que hasta entonces habían resultado más bien exclusivos, como teatros, restaurantes, jardines, bulevares o merenderos. La particularidad de Renoir es que, a diferencia de sus contemporáneos, refleja esa realidad desde un prisma de inocencia y hasta de ternura, en el que el galanteo más simpático deviene la cuestión principal de muchos de sus óleos ―en la mayoría de los cuales podemos ver retratada a Suzanne Valadon, por cierto―. No en vano, Renoir siempre sostuvo que la pintura debía ser agradable, alegre y bonita, algo que, por algún motivo, irritaba sobremanera a los seguidores de “Renoir Sucks” (“Renoir apesta”), como se autodenominó aquella ola antiintelectual.

La Torre Nakagin y el fracaso de una idea
Es muy improbable que Kisho Kurokawa, el arquitecto que ideó y diseñó la Torre Nakagin, imaginase que algún día una de las capsulas que componían su obra más conocida sería expuesta en el MoMA. Lo que alcanza la certeza es que, lejos de sentirse halagado, se lo habría tomado como el colmo de la constatación de su fracaso. De entre todas las que un día formaron el edificio, la cápsula A1305 ha sido exhibida durante un año en el museo neoyorquino. Restaurada y casi flamante, se hace difícil percatarse de que en realidad era un pedazo de ruina lo que los visitantes han podido contemplar. Una ruina que además evidenciaba una derrota: la del arquitecto que pretendió crear un edificio vivo, compuesto de células intercambiables y virtualmente eterno.
Kurokawa (1934-2007) fue uno de los fundadores del llamado “Movimiento Metabolista”, que aunaba arquitectura y urbanismo y que propugnaba que las construcciones debían poder adaptarse fácilmente a las demandas de la demografía, partiendo, eso sí, de una perspectiva fatalista en la que el crecimiento de la población mundial acababa provocando inexorablemente el colapso de la humanidad. Desde este enfoque, tan propio de la segunda mitad de la Guerra Fría, parecía estar claro que el problema nutricional se acabaría paliando con la invención de algo parecido al Soylent Green; pero el habitacional exigía un poco más de imaginación. Ciudades flotantes, ciudades torre, ciudades muro, ciudades helicoidales… La mayor parte de los proyectos del movimiento se quedaron en arquitectura especulativa, pero no la Torre Nakagin de Kurokawa, inaugurada en 1972 y compuesta de dos núcleos verticalñes de hormigón y 140 capsulas de acero encajables en ellos, intercambiables, reemplazables, mejorables… Y cada una de ellas con una superficie de menos de nueve metros cuadrados y un volumen de unos 27 metros cúbicos ―si bien era posible unirlas para crear espacios más grandes―. No por su tamaño, sino por su naturaleza, cada cápsula era vista como la célula de un organismo que, como cualquier ser vivo, iba evolucionando con el paso del tiempo. La idea que el edificio estuviese en constante cambio, adaptándose a la actualidad tal y como los cuerpos van renovando sus elementos ―cada vez de forma más deficiente, dicho sea de paso―.



Esa intención constituyó la fuente de su fracaso: ni una sola vez se actuó sobre ninguna de las cápsulas y el edificio permaneció inmutable desde su inauguración hasta su desmantelamiento en 2022, justo medio siglo después. Dicho de otro modo, los promotores vendieron los habitáculos y se desentendieron de cosas raritas. Como consecuencia, la decrepitud fue haciendo su labor y lo que un día fue un avance del futuro acabó siendo percibida como una grotesca masa amorfa de hormigón atestada de ojos de buey. Al igual que ocurrió con el ―grotesco desde su primer día― muro de Berlín, los fragmentos de la Torre Nakagin se convirtieron en delicatesen pop ―23 cápsulas, concretamente―, con la salvedad de que su precio y tamaño no permiten que sean regalados con revistas, sino que se mantienen en museos y colecciones privadas. La paradoja está servida: lo que fue concebido como algo temporal, casi efímero, en constante mutación, acaba convertido en el mismo tipo de fósil arquitectónico que el Monumento de las Nereidas del British Museum. De manera un tanto consoladora, el MoMA decidió titular su exhibición: “Las muchas vidas de la torre de cápsulas de Nakagin”, que viene a ser algo así como exponer un brazo incorrupto y llamarlo “Las muchas vidas de santa Teresa de Ávila”. A la literata, al menos, le cabía la fe en la vida eterna; a los restos de Nakagin supongo que no.

El ojo perdido de Victor Brauner
Victor Brauner fue un pintor y escultor rumano que se movió casi toda su carrera entre el surrealismo y el dadaísmo. Durante la década de 1930 se estableció en París y llegó a ser alguien importante en la escena artística, con André Breton escribiendo textos para sus exposiciones y con su compatriota Brancusi enseñándole a manejar con corrección una cámara fotográfica. No obstante, el río de su fama se interrumpió con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y ya no volvió a fluir del mismo modo, a pesar de que vivió hasta 1966.




Si hoy se le recuerda por algo ―tan sólo en Francia se le organiza alguna exposición de vez en cuando; en su país natal, curiosamente, es un completo desconocido―, no suele ser por su obra ―muy interesante y perturbadora, por otra parte―, sino porque protagonizó un hecho algo siniestro. En 1931, se autorretrató con un ojo arrancado, concretamente el derecho. En realidad, aquello no tenía nada de extraño en el ámbito surrealista, y mucho menos en su caso. Su padre era espírita, por lo que Brauner vivió desde pequeño familiarizado con todo tipo de magias y esoterismos: creía en fantasmas, en seres estelares, en la teosofía, en la alquimia, en energías extrañas… Aparte del obvio y manido simbolismo relacionado con la iluminación que salva al alma de su ceguera, para él los ojos funcionaban como una especie de puerta o de válvula que se interponía entre el mundo material y el espiritual. Siempre le había gustado jugar con ellos en sus obras, si bien nunca con la explicitud, quizá un poco repugnante, de esa ocasión.



La cuestión es que en 1938 trató de mediar en una pelea de bar entre otros dos pintores ―españoles ambos, cómo no: Óscar Domínguez y Esteban Francés―. En un momento dado, el impacto de un trozo de vidrio le dejó tuerto al instante. Según relataron algunos asistentes, la imagen resultó bastante más escalofriante que en el cuadro, pero sorprendentemente parecida. Existía, sin embargo, una diferencia importante: el ojo perdido fue el izquierdo, por lo que la “profecía” no acababa de encajar del todo. Resulta algo extraño que en un ambiente de artistas ―por mucho que se tratase de artistas borrachos y violentos― nadie reparase en que la práctica totalidad de los pintores se autorretrata mirándose en un espejo. Ése es el motivo por el que también Van Gogh aparece con la oreja derecha vendada, cuando realmente fue la izquierda la que se cercenó.



Marilyn Monroe no cumple cien años
No creo que quede nadie en este mundo ―y probablemente tampoco en otros― que no se haya enterado de que Marilyn Monroe habría cumplido cien años este pasado 1 de junio. Durante estos días, han podido encontrarse en cualquier parte con algunas de las escenas y actuaciones más famosas de su carrera, pero seguramente no con este dúo con Frankie Vaughan y apariciones de Yves Montand.
Pertenece al largometraje “El multimillonario” (“Let’s Make Love”), de George Cukor (1960) y con guión de Arthur Miller, por aquel entonces el marido de Marilyn. Fue la penúltima película de la carrera de la actriz y este número en concreto, titulado “Specialization”, suele ser injustamente olvidado por el público, a pesar de la gran influencia que ha tenido sobre el género de la comedia musical.
A veces conviene recordar que, aparte de para Cukor, Marilyn Monroe trabajó para John Huston, Billy Wilder, Laurence Olivier, Joshua Logan, Otto Preminger, Jean Negulesco, Howard Hawks, Henry Hathaway, Fritz Lang y Mankiewicz, y lo hizo con papeles de todo tipo en películas de todo tipo. Algo bueno tendría también como actriz…
Revista de prensa
ArtReview – What Really Defines a Schiaparelli Look?: la frontera entre arte y moda nunca ha estado demasiado clara ―ni siquiera la que separa la moda del diseño o el diseño del arte―, y en el caso de Elsa Schiaparelli esos límites se difuminaban más que con ningún otro modista que haya existido. Para Coco Chanel no había duda: “Ah, esa artista italiana que se dedica a hacer ropa…”, decía de ella con el tono más despectivo que uno pueda imaginarse. Lo cierto es que no le faltaban motivos para verla como su némesis. Eran opuestas en todo: en origen social, en idea del vestido, en educación, en personalidad… Si Chanel se inspiró en el deporte para crear ropa de calle, Schiaparelli realizó el viaje contrario, diseñando un uniforme con falda-pantalón para que Lilí Álvarez disputase Wimbledon y Roland Garros en su interior. Sólo en dos cosas coincidieron: en el éxito inicial y en su declive tras la Segunda Guerra Mundial.
De momento, la diosa Posteridad parece haberse decantado claramente por la francesa, pero en los últimos tiempos el nombre de la casa Schiaparelli está volviendo a sonar en las galas más importantes del mundo. Como ejemplo, el vestido diseñado por Daniel Roseberry e inspirado en una amapola que lució Margot Robbie durante una de las ―innumerables― presentaciones de “Cumbres Borrascosas” a las que se vio sometida a principios de este año.
Como parte de ese reverdecimiento del recuerdo de su fundadora, el Victoria & Albert Museum acaba de inaugurar la exposición “Schiaparelli: Fashion Becomes Art”, que estará abierta hasta el próximo 8 de noviembre. Con ello como causa y excusa, Rosalind Jana ha publicado un artículo en ArtReview que puede resultarle muy interesante a cualquiera que desee conocer las características básicas de un look Schiaparelli.
Artforum – Frank Ghery: Between Form and Ambition: el historiador del arte Julian Rose escribe para Artforum un extenso obituario dedicado a Frank Gehry en el que, partiendo de anécdotas personales, realiza un repaso completo a la relación que el arquitecto mantuvo con otras artes y artistas. “Nunca pensé que estuviese haciendo escultura. Es sólo mi forma de razonar”, respondía Gehry cuando se le enfrentaba al semitópico, a veces lanzado como crítica, otras como alabanza, de que sus edificios eran en realidad esculturas enormes.

ArtReview – So That’s Banksy, Anyway…: Una vez más, la identidad de Banksy parece haber sido definitivamente revelada. Aprovechando el memorable evento, el crítico J.J. Charlesworth firma un artículo en ArtReview en el que, a mi juicio con excesiva bondad, repasa la carrera hacia la banalidad de este ídolo de masas.
Daily Art Magazine – Fauvism in 10 Paintings: A pesar de su título, este artículo de Valeria Kumekina para DailyArt Magazine está lejos de ser la típica e irritante lista de la compra. En él se exponen con gran certeza las características principales del fauvismo, y la elección de los cuadros ―que bien podrían ser ocho, quince, veinte o los que fuesen― tan sólo tienen una intención ilustrativa: en ningún caso pretende la autora generar una lista de éxitos ni sentar una especie de canon reduccionista. Merece la pena su lectura.
Recomendaciones
«100 balas», de Brian Azzarello y Eduardo Risso (1999-2009).- Un increíble thriller de alta intensidad con grandes dosis de humor negro y erotismo, alguna que otra escena escalofriante y un amplio y variado conjunto de personajes complejos e inolvidables. A base de entregas semanales bajo el sello Vertigo de DC, Azzarello (guion) y Risso (dibujo) mantuvieron viva durante diez años la historia del Agente Graves, un siniestro personaje que aparece en la vida de personas en apuros para revelarles, con pruebas irrefutables, quién es el responsable de su desgracia y regalarles un maletín con un revólver y cien balas imposibles de rastrear, por si les apetece usarlas.

Puede ser uno de los mejores tebeos de toda la historia, aunque hay una circunstancia que le perjudica a la vez que puede disfrutarse: su extensión. La versión integral de «100 balas» está compuesta de cinco volúmenes de buen peso y, como suele ocurrir con los cómics, de precio desorbitado. Aquí le dejo los enlaces de compra en Amazon, por si está usted de humor: volumen 1, volumen 2, volumen 3, volumen 4 y volumen 5.
«Cuando el viento silba», de Bryan Forbes (1961).- Primera película dirigida por el también actor y guionista londinense, una figura muy relevante en la Inglaterra de los años sesenta y setenta y posteriormente casi olvidado de la historia del cine. Lo cierto es que la calidad de sus obras fue disminuyendo con el tiempo, pero la etapa inicial de su carrera está poblada por un puñado de obras maestras. «Cuando el viento silba» constituye la puerta de entrada ideal a su filmografía. Una película que no se arrepentirá de haber visto. Además, puede hacerlo gratuitamente en YouTube:
«Cuando los tontos mandan», de Javier Marías (2018).- Aunque reconozco que escribió pasajes narrativos magistrales ―y que me despertaba una simpatía personal extrema―, Javier Marías siempre me pareció un novelista algo fofo. Como articulista, en cambio, le considero el mejor que yo haya leído, al menos en español ―probablemente George Orwell le supere; o quizá no―. Este libro recopila los artículos que publicó en su sección «La zona fantasma» de «El País Semanal» entre febrero de 2015 y enero de 2017. Probablemente se trate de su etapa más amarga y desencantada ―y no es de extrañar, teniendo en cuenta como estaba el panorama―. Desde el ingenio y una capacidad fabulosa para dar en el clavo, el lector descubrirá o recordará que en aquel tiempo hubo que aguantarles cosas inconcebibles a nuestros políticos; así como que aquello se asemeja a la Edad de Oro si lo comparamos con la actualidad. Si lo desean, pueden comprarlo en Amazon pulsando en este enlace.
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